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lunes, 11 de octubre de 2021

El cadaver mordaz de Armando Joy Capitulo 6


 

Cristina también tenía una historia con Armando Joy. Tanto ella como su esposo tenían una historia con Armando Joy. Cristina Joy estaba felizmente casada con Alberto Manzanero, quien hacía alusión a su apellido siendo el hombre más dulce con el que había estado en su vida. Cosa rara porque su anterior relación era con un sujeto tan amargo que contagiaba a cualquiera con su áspera visión del mundo. Se llamaba John Coffe.

Cristina y su esposo Vivian en una casita en un barrio de clase media. Ella trabajaba como cirujana y su esposo, como contador. Eran felices hasta que uno de ellos enfermó. Cristina sufrió unas complicaciones en los riñones. Quedaron inservibles. Necesitaba un trasplante urgentemente.

Armando Joy vino un día a visitarla. Tenía un ramo de flores en una mano y una caja de chocolates en la otra. Ella estaba en una cama de hospital, conectada a una máquina de diálisis. Cristina estaba leyendo una revista de Selecciones, que contenía varias historias de personas que consiguieron superar todo tipo de adversidades (entre ellas, enfermedades que habrían matado a cualquiera). Esto la calmaba. Era como un delicioso caramelo que la hacía olvidar lo que estaba padeciendo, momentáneamente.

Ella levantó la cabeza y vio a su hermano muy feliz, con los brazos abiertos.

- ¿Qué haces aquí?- preguntó Cristina. Ella prefería que fuera su esposo el que la visitara. Tenía que trabajar horas extra para costear los gastos del hospital. Aun así, cada vez que venía le traía un poema nuevo que había escrito. Cristina amaba a su esposo, era tan sensible.

La sonrisa de Armando Joy se esfumó. Se dejó la silla más cercana y dejó los regalos encima de la cama con poca suavidad. Como su fueran un par de trapos sucios.

- Vine a visitarte. Es mi deber como hermano. ¿Tomas vino a visitarte? ¿Agustín? ¿Mamá, papá? Nadie. Solo tu buen hermano Armando.  

Los ojos de cristina se pusieron aguados.

- Lo siento tanto, Armando. Es que ahora mismo tengo los ánimos por los suelos. Los doctores dicen que si no encuentro un donante pronto voy a morir. La estancia aquí nos está costando un dineral. Se nos están acabando los ahorros y…- Cristina quería seguir continuando, pero se calló. Armando Joy mantenía una expresión carente de emoción. Solo se limitó a asentir.

Volvió a sonreír.

- No te preocupes por eso hermanita. Yo voy a pagar todos tus gastos.

La sonrisa de Armando Joy le recordaba al gato de Alicia en el país de las Maravillas.

- ¿En serio?- la expresión de Cristina se iluminó por completo. Parecía un foco. Un problema menos-. Esto es extraño- comentó.

- ¿Qué quieres decir?- comentó Armando Joy. Abrió la caja de chocolates y comenzó a comer. Cristina lo miraba con la boca hecha agua, como engullía los chocolates, apenas los masticaba. Debido a su estado ella no podía comer dulces, mucho menos chocolates.

- Te he llamado cientos de veces para pedirte ayuda y nunca contestaste nuestras llamadas.

- Nunca escuchó el teléfono cuando estoy trabajando.

Armando Joy escuchó cada mensaje de Cristina.

- Gracias hermano. No tienes idea de lo mucho que me ayuda. Me has sacado un peso de encima.

 “Por unos cuentos meses”, pensó amargamente.

Cristina se mordió la lengua para pedirle que le diera unos chocolates. Si iba a morir, que sea comiendo esos deliciosos chocolates rellenos con crema de fresa.

- Las buenas noticias no terminan ahí- informó Armando Joy-. He hablado con tu doctor. El doctor Herman es muy guapo, ¿No es así? Perdona, me estoy desviando. He hablado con él y me hice todos los exámenes requeridos. ¿Adivina qué?

Cristina odiaba las adivinanzas, pero decidió seguirle el juego.

- ¿Qué?

- Somos compatible.

Esas dos palabras llegaron a Cristina como si le hubieran tirado un balde de agua fría con cubitos de hielo. Sus pupilas se dilataron hasta formar unos círculos negros enormes en sus ojos. Su boca formó un cero perfecto. Sus fosas nasales se abrieron de tal forma que daba la impresión que el aire se había hecho más pesado, solo para ella.

- ¿Qué quieres decir con eso?- preguntó Cristina con una mezcla de alegría y precaución. Temía que su hermano le fuera a abrirle una puerta de esperanza solo para cerrársela en la cara unos segundos después.

- Te voy a donar un riñón.- dijo su hermano.

Cristina estaba demasiado débil como para levantarse encima de su hermano y llenarlo de besos y abrazos, que era lo que se merecía por ser un maravilloso ser humano. Solo se limitó a darle las gracias con lágrimas en los ojos y una sonrisa cargada de esperanza.

Cristina recibió el trasplante y fue dada de alta unas semanas después. Estando afuera lo primero que hizo fue hacer el amor con su esposo durante una hora e invitar a su hermano a una cena especial. Sirvieron dos comidas: un delicioso jamón al horno y una dieta especial que Cristina debía comer mientras se recuperaba. Mientras comían, reían y hablaban Cristina no se percató de lo mucho que Alberto miraba a Armando Joy.

Las visitas se hicieron más frecuentes las semanas siguientes. Cristina se sentía mejor, su nuevo riño se estaba acostumbrado a su sistema. Podía beber, pero no mucho. Alberto la enviaba a comprar vino, bocadillos y cualquier capricho que la mantuviera lejos entre quince a veinte minutos.

Esa era la rutina. Armando los visitaba, comían, conversaban (Armando Joy solo hablaba de sus novelas y de su éxito como escritor) hasta que Alberto se levantaba e iba por su billetera.

- Cristina, ¿Podrías hacerme un favor? Ve a la tienda y compra un buen vino. Escoge tú y asegúrate que sea bueno.- le pidió su esposo con un tono tan amable que hizo que el corazón de Cristina se derritiera.

Su hermano sugirió una marca de nombre impronunciable (nada que ver con los vinos fabricados por su hermano Tomas). También le entregó dinero y le pidió que comprara papas fritas.

Cristina obedeció. Estaba cansada así que, en lugar de ir al supermercado que estaba a medio kilómetro de su casa, fue a la tienda de licores que estaba en la esquina. Compró la primera botella que vio, una bolsa de doritos y regresó a casa. Las luces seguían encendidas. Miró por la ventana. No había nadie. Se quitó los zapatos y entró de puntillas a la casa.

La sala estaba vacía. Dejó las cosas en el suelo suavemente. Se movió con sigilo por toda la casa hasta llegar a su dormitorio, que tenía la puerta entreabierta. Al abrirla Cristina se convenció que también iba a necesitar un marcapasos.

Su esposo estaba desnudo y le estaba dando un beso de lengua a Armando Joy. Este último se dio cuenta de la presencia de Cristina. Agarró la cabeza de Alberto y la alejó de sus labios dejando un puente de saliva que se disolvió al instante. Miró a su hermana y sonrió con malicia.

- Pensé que te ibas a demorar más. Recién estábamos comenzando. Si quieres…- señaló la cama.

Cristina miraba a la pareja de infieles con unos ojos asesinos. Deseó no haber dejado la botella de vino en sala, le hubiera servido muy bien como reemplazo del clásico rodillo. Su esposo estaba asustado. Su corazón latía a mil por hora, quizá demasiado para su salud.

- Cristina… Cristina.

Fue lo último que dijo Alberto Manzanero antes de desmayarse… y morir. Sufrió un ataque cardiaco. Cristina se olvidó de su enojo, aunque su mentalidad pragmática seguía trabajando: “La casa es mía, el auto es mío, el perro es mío”, y corrió a auxiliar a su esposo.

- Alberto, Alberto.- exclamó Cristina agitando sus hombros para despertarlo. Ni ella, ni ninguno de los miembros de su familia, sabían nada de primeros auxilios.

- A ese no pienso donarle mi corazón.- dijo Armando Joy.

Al escuchar esas palabras Cristina se transformó en un amasijo de rabia, sumado con unos fuertes deseos de venganza.

- No sabía que tenía problemas cardiacos. Lo juro- se defendió Armando Joy levantando las manos, como si fuera un criminal arrestado por la policía. Armando Joy se dio cuenta de algo que le hizo chasquear los dedos-. Con razón jamás me hizo llegar al orgasmo.

Las piernas de Cristina temblaban, sentía que su mundo se derrumbaba. No era homófoba, pero…

- ¿Desde cuando eres gay?- preguntó Cristina abriendo y cerrando el puño, deseando estamparlo en la cara de su hermano. Ella recordó varias anécdotas de su hermano acerca de su activa vida sexual (varias muy detalladas y desagradables). Cristina se preguntó de donde conseguía a varias mujeres, hasta que se acordó que varias de ellas eran aspirantes a escritoras haciendo lo que sea para entrar al mundo editorial.

Armando Joy se rio a carcajadas. Cristina se preguntó si había contado un chiste divertido. Apretó su mano con más fuerzas.

- Yo no soy gay, ¿De que diablos estas hablando? Tu marido definitivamente lo es. Sin ninguna duda- pasó sus dedos por el cabello de Cristina-. Eso explica el cabello corto…

- ¡Lárgate de mi casa!- gritó Cristina.

Armando Joy frunció el ceño.

- ¿Así vas a tratar a la persona que te salvó la vida? Déjame decirte una cosa- Armando Joy sacó un objeto que parecía una navaja-. Tú tienes algo que me pertenece y si lo deseo puedo recuperarlo. Conozco a personas que pueden ayudarme a conseguirlo.

Armando Joy presionó el objeto. Salió un peine. Cristina pensó que saldría una navaja de ahí. Armando Joy lo usó para acomodarse el cabello rebelde.

- ¿Por qué?- preguntó Cristina con una voz temblorosa.

- Experimentación. Estoy escribiendo una novela protagonizada por un homosexual y no que me acusen de homófobo. Digo, ya soy lo suficientemente controversial- Cristina no había escuchado reír al diablo, pero estaba segura de que la risa de Armando Joy se le acercaba-. Así que pensé: Mi hermana me debe un favor y su marido no deja de comerme con la mirada. ¿Por qué no experimentar?

Cristina no entendía nada. No era una lectora de novelas, lo suyo eran los libros de no ficción: biografías e historias reales de personas reales que hicieron hazañas asombrosas. Después de pasar mucho tiempo en ese mundillo la ficción tenia un sabor descafeinado y aburrido. Sabía que los escritores hacían entrevistas y se documentaban fuera de la internet, pero no recordaba haber conocido un caso parecido.

Armando Joy salió de la habitación como si nada hubiera pasado.

Se dio la vuelta y besó a Cristina en la frente.

- Llama a una ambulancia que se esta poniendo tieso.  

Armando Joy salió de la casa. Tenia un viaje de unas horas antes de llegar a su casa de playa para amanecerse escribiendo.

Para no salirse de la costumbre Cristina Joy también fue un personaje de su nueva obra. Su personaje era una devoradora de almas que tomaba la apariencia de una mujer hermosa para seducir a toda clase de hombres inocentes. Se enfrentaba a su mayor reto: Seducir a un hombre homosexual, del que no sentía ninguna atracción romántica o sexual.

- Si tan solo fuera bisexual.- se dijo a si misma.

La devoradora de almas hizo todo lo posible para apoderarse del espíritu del hombre gay.

Si Cristina no odiara con toda su alma a su hermano lo hubiera tomado con humor. Había días en los que deseaba quitarse el riño y arrojárselo a la cara; y gritarle a todo pulmón, con los últimos minutos que le quedaban de vida: “Te lo devuelvo. Ahora no te debo nada. Maldito imbécil”. Cristiana fantaseaba en la cara que pondría su hermana al sentir su propia carne golpeando su cara. Se espantaría mucho más que en sus desagradables novelas. Se quedaría quieto sin saber que decir o hacer. Se daría cuenta, por primera vez, que las cosas no siempre salen como quiere.

El odio hacia su hermano la había enfermado, más psicológica que físicamente. El riñón funcionaba a la perfección dentro de ella. El problema era que cada vez que cogía algo afilado su vida se torcía. Se imaginaba usando el cuchillo, abrecartas, sierra, desarmados, navaja, para cortarse a si misma y sacarse el único riñón de su cuerpo. Moriría al instante, pero la sensación de estar siendo envenenada por la sangre de un ser tan repugnante como su hermano desparecería para siempre.

Eso también afectó su carrera profesional. Tuvo que renunciar a su trabajo de cirujana. Come con cuchillos de pastico, que apenas tienen filo (ella misma trajo sus cubiertos cuando fue a almorzar) y todo objeto filoso ha desaparecido de su casa. 

domingo, 22 de agosto de 2021

El mordaz cadaver de Armando Joy Capitulo 3


 

Alejandro no se mostró impresionado ante lo que Verónica acababa de decirle. Tal vez por la idea de la muerte que lo asechaba y la encontraba más atractiva con el avanzar de los metros en esa carretera oscura. Alejandro se sentía vacío. Había matado a su padre, crimen que estuvo planeando por años. Alejandro pensaba que ese asesinato lo liberaría, pero no fue así.

Al principio si lo veía como algo grandioso. Se imaginaba a su padre degollado con orgullo. Por fin se había desecho de ese desgraciado. Solo un día después y ese sentimiento dio un giro de 180 grados. Se cuestionó su decisión y la crudeza de la misma hasta que llegó a la conclusión de que todo había sido en vano. No se sentía mejor. Se sentía peor. La paranoia, la culpa y el miedo llegaron con unos enormes maletines de metal dispuestos a mudarse en su cabeza y quedarse ahí por un buen tiempo.

Alejandro tenía miedo de la policía, de las sospechas de otros miembros de su familia. No podía dormir. No quería comer (cualquier cosa con carne le provocaba nauseas). Alejandro quería morir. Cuando estaba viajando solo, antes del repentino cambio de planes, no iba a la frontera. Buscaba el lugar más alejado del país para poder suicidarse.

Alejandro comenzó a reírse de forma triste.

- Esta bien. Vamos al maldito funeral para que mates a alguien. Te sugiero que mates a mi hermana Karen. Ella me odia casi tanto como yo la odio. Aunque en lo que a mi concierne puedes matar a cualquiera. Me da lo mismo.

Verónica solo se limitaba a escuchar.

- Y luego puedes matarme. De todas maneras, iba a hacerlo yo mismo. Espero que tengas la misma sangre fría que yo para matar. Te advierto que mi hermana es cinturón negro de karate.

- ¿Entonces no pensabas huir para escapar de tu crimen? Solo estabas buscando un lugar para suicidarte.

Alejandro asintió con la cabeza. Verónica se dio varias palmadas en la cara. Alejandro se preguntó si eso era un tic nervioso que hacía cada cierto tiempo. Si ese era el caso le hubiera gustado verla golpearse la cabeza más seguido.

- ¿Me estás diciendo que he tratado de limpiar tu nombre para nada?- preguntó Verónica Mosqueda.

- ¿Qué dices?

Verónica se quedó viendo la escena del crimen por unos largos minutos una vez Alejandro se hubo ido. Llegó a la conclusión de que estaba muy mal hecha. Ella trabajaba como limpiadora de casas. Sabia detectar las manchas y sabia el producto adecuado para limpiarla. Alejando había dejado huellas por todas partes. Verónica había planificado una venganza y para que funcionase Alejandro tenía que ser feliz para que fuera más placentero arrancarle la vida.

Limpió el sótano lo suficiente como para que no hubiera rastros de Alejandro, pero no tanto como para generar sospechas en la policía. Al día siguiente Verónica trajo una cangurera que eliminaría a Alejandro Joy de la lista de sospechosos. Había varios frasquitos de plástico con muestras de saliva, sangre y semen. Pertenecían a Agustín Rojas, un empresario pesquero que vivía cerca de la casa de playa de Armando Joy. Verónica, usando una peluca, lentes de contacto y una nariz falsa, lo enamoró y masturbó. Verónica agradeció las pesas que le regaló su mamá por navidad. Agustín Rojas tenía disfunción eréctil.

Con un hisopo dejó saliva en la boca, sangre en la cara y semen en el pecho. Verónica se imaginó a Agustín Rojas eyaculando en el pecho de Armando Joy como si fuera el cañón de un tanque. Luego recordó que Agustín usaba dos enormes muletas gracias a un accidente de auto. Limpió el pecho de Armando Joy y echó el resto del semen en los pies.

Las pruebas fueron puestas.

- Ya no eres culpable de la muerte de tu padre. He planteado pruebas que limpiaran tu nombre, al menos ante los ojos de la policía. Desde una perspectiva moral no es mi problema.

Armando estaba asombrado ante esta chica. Pasó del odio al miedo a la admiración en unas cuantas horas.

- Ahora que lo pienso lo que acabo de hacer no garantiza que no puedan encontrar algo tuyo ahí. Hice todo lo posible para evitar dejar huellas, pero eso no quiere decir que no pudiera cometer error. Al fin y al cabo, soy humana- comentó Verónica. Le tomó dos días hacerlo y eso la llenó de satisfacción.

Mientras Verónica limpiaba la escena del crimen (era un desastre. Habían huellas y pelos por todas partes) miraba el cadáver de Armando Joy con mucha alegría. Ante sus ojos había una pieza de arte frente a ella, una obraba artística que blasfemaba la crucifixión de Jesucristo.

Verónica se dijo a si misma que en su vida sería capaz de hacer algo parecido. Prefería los asesinatos rápidos (se hubiera asimilado si su víctima se hubiera puesto a llorar).

- Gracias.-Alejando le agradeció de forma sincera.

Verónica pensó que su arduo trabajo de limpieza no hubiera sido tan útil como lo había pensado en un inicio. Puede que los investigadores peruanos hayan conseguido un poco de esa tecnología futurista de las series de televisión para encontrar más fácilmente a los culpables de crímenes tan grotescos como este.

- Tarde o temprano te encontraran. Lo siento.- comentó Verónica.

- Lo sé. Una vez este lejos de aquí no importará- respondió Alejandro. Sonrió-. Gracias.

Esto la hizo enojar. Le había dicho hace menos de cinco minutos que pensaba matarlo a él y a un miembro de su familia. ¿Por qué carajos estaba tan calmado?

Verónica apretó con fuerza el volante, como si fuera el peor juguete anti estrés del planeta. No chillaba y era demasiado duro.

- Déjame decirte una cosa. No he hecho anda de esto porque me importes o porque seamos amigos. Lo he hecho porque TÚ formas parte de mi venganza. Quiero que sufras. Quiero que mueras. Voy a matarme apenas hayas visto a una persona que ames morir. Quiero que pienses que todo esto ha sido culpa tuya por estar metiendo las narices donde no te llaman, ¿Has entendido?

Verónica pisó el acelerador y el auto fue cada vez más rápido, pero sin llegar a una velocidad peligrosa. Verónica se mantenía en control. Alejandro ni se inmutó. Hace media hora le hubiera dicho que condujera con más cuidado porque a este paso en lugar de ir al funeral de su padre terminaran yendo al suyo. Pero ahora todo le daba igual.

- Lo sé y siento haberte jodido la venganza. A veces las agendas se juntan y una parte siempre termina perjudicada.- dijo Alejandro con un tono seco.

Verónica se rio con una leve carcajada ante esa muestra de humor seco.

- Desde que maté a mi padre me siento vacío.- contó Alejandro.

Verónica se mordió el labio hasta dejar una marca. Ella no tenía un título en psicología, ni siquiera había pisado una universidad. Solo tenía un diploma en secretariado que dejó de usar cuando descubrió que ganaba más limpiando casas a los ricos. No tenía ninguna autoridad para ayudarlo darle algún consejo psicológico.

Otra vez su cabeza le preguntó:

“¿Por qué te importa cómo se siente ese muchacho? Solo hazlo callar y asunto arreglado.”

Verónica no quería mandarlo a callar. La carretera estaba vacía, los únicos que parecían estar vivos eran las dos personas que viajaban en ese viejo auto blanco. Verónica amaba el silencio y el dejar fluir sus pensamientos (una de las ventajas de trabajar limpiando casas). Pero ahora mismo sus pensamientos estaban tan conflictuados que no quería escucharlos:

¿Puedes matar a una persona?

¿Quieres matar a una persona?  

¿Esto te llevará a alguna parte?

Preguntas diferentes y variaciones de la misma pregunta atormentaban a Alejandra como si de un enjambre de mosquitos se tratasen. Prefería que Alejandro hablase. Hubiera preferido un millón de veces que Alejandro hablase de otra cosa, pero no parecía una opción.

Una ráfaga de viento caló la piel de Alejandro. Se frotó los brazos helados con la intención de darse calor, pero era inútil. Sus manos también estaban heladas. Alejandro odió es maldita ventana abierta, casi tanto como a su padre. La condenada ventana no se podía cerrar. Estaba atascada. Alejandro se encontraba a merced del viento. Intentó consolarse pensando que solo serían por unas horas más, después todo habría terminado.

Verónica tomó una decisión. Deseó no arrepentirse de la misma. Una de las cosas que ambos tenían en común, además de un insaciable deseo de venganza, era que ambos tenían una larga lista de malas decisiones. En cualquier otra situación Alejandro y Verónica estarían sentados en una mesa de un Starbucks bebiendo unos capuchinos y charlando sobre los libros de Armando Joy y sus terribles decisiones.

- Si quieres puedes pasarte al asiento del copiloto.- le ofreció Verónica.

- ¿De veras?- preguntó Alejandro escéptico.

Verónica asintió y Alejandro se pasó al asiento del copiloto. Hacia menos frio que en el asiento trasero. Solo faltaba la cobija que estaba en el portaequipaje. Con ella sí que podría sobrevivir.

- Si te pasas de vivo regresaras al asiento trasero. No me importa si te enfermas y te mueres.

- No querrás matar a una persona con gripe, ¿O sí?

Ambos rieron momentáneamente. Ahora que Alejandro se sentía mejor siguieron hablando:

- Desde que maté a mi padre me he sentido vacío. Esperaba lo contrario. Pensaba que al cumplir con mi venganza por fin iba a empezar a vivir. Comenzar desde cero. Pero no fue así. Ahora ya nada me importa, puedes matarme aquí mismo o en el funeral de mi padre si lo deseas.

- No te atrevas a joderme el plan. Ya lo hiciste una vez y no quiero que vuelva a pasar.- se quejó Verónica muy irritada.

Alejandro se acomodó en el asiento delantero. No había tanto espacio, en comparación con los asientos traseros, pero era más cálido. Este tipo de experiencias le enseñan a uno que no siempre puede obtener lo que quiere.  

- Discúlpame. No pienso arruinar tu venganza. Mi filosofía es que todos debemos tener el derecho de dejar salir nuestros deseos más profundos, por muy oscuros que sean. Suele ser un buen catalizador, aunque no muy eficiente- Alejandro se rio con humor-. En mi caso no funcionó. Pero puede ayudarte a ti. ¿Puedo hacerte una pregunta?

- Dispara.

Alejandro formó un arma con sus dedos y tocó la cabeza de Verónica. Hizo un pequeño siseo con boca, como un gato, y dijo: “BANG”. Verónica ni se inmutó. Conservaba el arma en su regazo y no tenía ningún problema en utilizarla.

- ¿Por qué asumes que quiero mucho a mi familia?

Verónica no respondió, solo se limitó a conducir.

- Odio a todos los miembros de mi familia, y te aseguro que el sentimiento es mutuo. Cuando llegue al funeral todos van a estar con cara de: “Ya llegó ese imbécil a arruinar la reunión”. No me importa a quien mates no me va a afectar en lo más mínimo.

Alejandro esbozó una sonrisa exagerada. A Verónica le recordaba a un personaje de un dibujo animado que había conseguido todo lo que quería y era feliz.

- ¿No querrás verme morir con esta cara?

- El plan se queda.- dijo Verónica por fin. En el fondo estaba frustrada. Odiaba que Alejandro le encontrara fisuras a su plan. Ella quería que todo saliera de acuerdo a lo planeado.

- Esta bien, si así lo deseas. Sin querer queriendo te corté la satisfacción de verme sufriendo- Alejandro guardó silencio por unos segundos-. ¿Qué te parece si le hacemos una pequeña modificación?

Verónica siguió conduciendo, pero no miraba a la carretera, no había ningún auto al frente así que no importaba. Podía conducir con los pies y nadie le diría nada.

- ¿Qué quieres decir? ¿Qué modificaciones?

Alejandro le contó acerca de los pequeños ajustes al plan de Verónica. En lugar de matar a una persona, entre los dos se encargarían de eliminar a toda alma viviente de la casa. Ambos sentirían la enorme satisfacción de haber acabado con todos los miembros de la familia Joy. Cuando todos estuvieran muertos Verónica llevaría a Alejandro a un desierto muy lejano y le pegaría un tiro en la cabeza. Los deseos de morir de Alejandro seguían ahí.

Verónica miraba a Alejandro con suspicacia. Su plan era demasiado cruel y cada una de sus palabras las decía con tanto veneno.

- ¿De dónde ha salido un muchacho tan malvado?- preguntó con una expresión seductora.

El rostro de Alejandro estaba cubierto por la oscuridad de la noche, su cabello formaba dos cuernos satánicos. Este se acercó a Verónica, no llevaba cinturón de seguridad. Verónica sintió cosquillas en la oreja cuando Alejandro le susurró unas palabras al oído.

- Es que soy hijo de mi padre.

Verónica lo tenía muy cerca. Alejandro era muy parecido a Armando Joy. Mismo cabello rebelde, mismos ojos negros, misma nariz chata. Las únicas diferencias eran que Alejandro era mucho más joven y guapo y que sus labios eran mucho más gruesos (se lo debió haber heredado de su madre).

Al día siguiente, apenas el primer rayo de sol acarició la piel de Verónica ella despertó y pisó el acelerador haciendo que Alejandro se caiga de su asiento. Había amanecido, el sol había salido y varios autos se hicieron visibles. Verónica extrañaba la soledad de la carretera. Llegaron al pueblo de “San Pablo”, lugar de nacimiento del famoso autor de horror Armando Joy y lugar donde se va a celebrar su funeral.

Verónica no quería llegar tarde.

Mientras manejaba una interrogante pasó por su cabeza.

- ¿Cómo piensas matarlos? La única que tiene un arma aquí soy yo.

- Esa pistola es mía.- le recordó Alejandro.

- No pienso devolvértela si eso piensas decir.

- No me importa, quédatela si quieres. En el maletero tengo una pistola de clavos. Con eso me basta. Le dará mucho estilo a la matanza.  

- Un asesino con pistola de clavos. No está nada mal. Muy original.

- No realmente. Hubo un asesino en Estados Unidos durante los 70 que mataba a sus victimas con una pistola de clavos.

- Muy original en este país.

- Eso sí.

Les tomó casi cinco horas en llegar al pueblo de “San Pablo”, cuyas casas estaban hechas de piedra y a la carretera le faltaba un tramo para estar completa. No había cambiado nada ante los ojos de Alejandro, quien lo visitó por ultima vez hace más de 10 años. Alejandro conocía la dirección de la casa de su abuela y la iglesia. Enormes posibilidades de que estén ahí.

La iglesia estaba cerrada.

Fueron a la casa de la abuela. Ambos estaban tan ansiosos como emocionados por la muerte y miseria que estaban apunto de ocasionar. Se estacionaron y bajaron. El camino estaba repleto de piedras así que tuvieron que caminar con cuidado.

Las sonrisas se borraron cuando vieron a la policía. 

 - ¿Qué mierda acaba de pasar aquí?- preguntó Verónica.

La calle estaba repleta de policías y una ambulancia. Los paramédicos y los policías salían de la modesta vivienda levantando cuerpos que tenían el rostro descubiertos. Varios vecinos curiosos esperaban más información. Alejandro se acercó nervioso al policía. Era un hombre de su misma estatura y con poco cabello. Desde atrás se le podía ver los rastros de la calvicie.

- Disculpe. ¿Qué ha pasado?

- Recién estamos empezando con las investigaciones, pero déjeme decirle una cosa. Lo que pasó ahí dentro fue una autentica masacre.

Alejandro se quedó boquiabierto. Alguien se les había adelantado, ¿Pero ¿quién?

Alejandro regresó al lado de Verónica solo para recibir una bofetada en la cabeza. Estaba furiosa.

- Has vuelto a arruinar mi venganza.