Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de octubre de 2021

El cadaver mordaz de Armando Joy Capitulo 6


 

Cristina también tenía una historia con Armando Joy. Tanto ella como su esposo tenían una historia con Armando Joy. Cristina Joy estaba felizmente casada con Alberto Manzanero, quien hacía alusión a su apellido siendo el hombre más dulce con el que había estado en su vida. Cosa rara porque su anterior relación era con un sujeto tan amargo que contagiaba a cualquiera con su áspera visión del mundo. Se llamaba John Coffe.

Cristina y su esposo Vivian en una casita en un barrio de clase media. Ella trabajaba como cirujana y su esposo, como contador. Eran felices hasta que uno de ellos enfermó. Cristina sufrió unas complicaciones en los riñones. Quedaron inservibles. Necesitaba un trasplante urgentemente.

Armando Joy vino un día a visitarla. Tenía un ramo de flores en una mano y una caja de chocolates en la otra. Ella estaba en una cama de hospital, conectada a una máquina de diálisis. Cristina estaba leyendo una revista de Selecciones, que contenía varias historias de personas que consiguieron superar todo tipo de adversidades (entre ellas, enfermedades que habrían matado a cualquiera). Esto la calmaba. Era como un delicioso caramelo que la hacía olvidar lo que estaba padeciendo, momentáneamente.

Ella levantó la cabeza y vio a su hermano muy feliz, con los brazos abiertos.

- ¿Qué haces aquí?- preguntó Cristina. Ella prefería que fuera su esposo el que la visitara. Tenía que trabajar horas extra para costear los gastos del hospital. Aun así, cada vez que venía le traía un poema nuevo que había escrito. Cristina amaba a su esposo, era tan sensible.

La sonrisa de Armando Joy se esfumó. Se dejó la silla más cercana y dejó los regalos encima de la cama con poca suavidad. Como su fueran un par de trapos sucios.

- Vine a visitarte. Es mi deber como hermano. ¿Tomas vino a visitarte? ¿Agustín? ¿Mamá, papá? Nadie. Solo tu buen hermano Armando.  

Los ojos de cristina se pusieron aguados.

- Lo siento tanto, Armando. Es que ahora mismo tengo los ánimos por los suelos. Los doctores dicen que si no encuentro un donante pronto voy a morir. La estancia aquí nos está costando un dineral. Se nos están acabando los ahorros y…- Cristina quería seguir continuando, pero se calló. Armando Joy mantenía una expresión carente de emoción. Solo se limitó a asentir.

Volvió a sonreír.

- No te preocupes por eso hermanita. Yo voy a pagar todos tus gastos.

La sonrisa de Armando Joy le recordaba al gato de Alicia en el país de las Maravillas.

- ¿En serio?- la expresión de Cristina se iluminó por completo. Parecía un foco. Un problema menos-. Esto es extraño- comentó.

- ¿Qué quieres decir?- comentó Armando Joy. Abrió la caja de chocolates y comenzó a comer. Cristina lo miraba con la boca hecha agua, como engullía los chocolates, apenas los masticaba. Debido a su estado ella no podía comer dulces, mucho menos chocolates.

- Te he llamado cientos de veces para pedirte ayuda y nunca contestaste nuestras llamadas.

- Nunca escuchó el teléfono cuando estoy trabajando.

Armando Joy escuchó cada mensaje de Cristina.

- Gracias hermano. No tienes idea de lo mucho que me ayuda. Me has sacado un peso de encima.

 “Por unos cuentos meses”, pensó amargamente.

Cristina se mordió la lengua para pedirle que le diera unos chocolates. Si iba a morir, que sea comiendo esos deliciosos chocolates rellenos con crema de fresa.

- Las buenas noticias no terminan ahí- informó Armando Joy-. He hablado con tu doctor. El doctor Herman es muy guapo, ¿No es así? Perdona, me estoy desviando. He hablado con él y me hice todos los exámenes requeridos. ¿Adivina qué?

Cristina odiaba las adivinanzas, pero decidió seguirle el juego.

- ¿Qué?

- Somos compatible.

Esas dos palabras llegaron a Cristina como si le hubieran tirado un balde de agua fría con cubitos de hielo. Sus pupilas se dilataron hasta formar unos círculos negros enormes en sus ojos. Su boca formó un cero perfecto. Sus fosas nasales se abrieron de tal forma que daba la impresión que el aire se había hecho más pesado, solo para ella.

- ¿Qué quieres decir con eso?- preguntó Cristina con una mezcla de alegría y precaución. Temía que su hermano le fuera a abrirle una puerta de esperanza solo para cerrársela en la cara unos segundos después.

- Te voy a donar un riñón.- dijo su hermano.

Cristina estaba demasiado débil como para levantarse encima de su hermano y llenarlo de besos y abrazos, que era lo que se merecía por ser un maravilloso ser humano. Solo se limitó a darle las gracias con lágrimas en los ojos y una sonrisa cargada de esperanza.

Cristina recibió el trasplante y fue dada de alta unas semanas después. Estando afuera lo primero que hizo fue hacer el amor con su esposo durante una hora e invitar a su hermano a una cena especial. Sirvieron dos comidas: un delicioso jamón al horno y una dieta especial que Cristina debía comer mientras se recuperaba. Mientras comían, reían y hablaban Cristina no se percató de lo mucho que Alberto miraba a Armando Joy.

Las visitas se hicieron más frecuentes las semanas siguientes. Cristina se sentía mejor, su nuevo riño se estaba acostumbrado a su sistema. Podía beber, pero no mucho. Alberto la enviaba a comprar vino, bocadillos y cualquier capricho que la mantuviera lejos entre quince a veinte minutos.

Esa era la rutina. Armando los visitaba, comían, conversaban (Armando Joy solo hablaba de sus novelas y de su éxito como escritor) hasta que Alberto se levantaba e iba por su billetera.

- Cristina, ¿Podrías hacerme un favor? Ve a la tienda y compra un buen vino. Escoge tú y asegúrate que sea bueno.- le pidió su esposo con un tono tan amable que hizo que el corazón de Cristina se derritiera.

Su hermano sugirió una marca de nombre impronunciable (nada que ver con los vinos fabricados por su hermano Tomas). También le entregó dinero y le pidió que comprara papas fritas.

Cristina obedeció. Estaba cansada así que, en lugar de ir al supermercado que estaba a medio kilómetro de su casa, fue a la tienda de licores que estaba en la esquina. Compró la primera botella que vio, una bolsa de doritos y regresó a casa. Las luces seguían encendidas. Miró por la ventana. No había nadie. Se quitó los zapatos y entró de puntillas a la casa.

La sala estaba vacía. Dejó las cosas en el suelo suavemente. Se movió con sigilo por toda la casa hasta llegar a su dormitorio, que tenía la puerta entreabierta. Al abrirla Cristina se convenció que también iba a necesitar un marcapasos.

Su esposo estaba desnudo y le estaba dando un beso de lengua a Armando Joy. Este último se dio cuenta de la presencia de Cristina. Agarró la cabeza de Alberto y la alejó de sus labios dejando un puente de saliva que se disolvió al instante. Miró a su hermana y sonrió con malicia.

- Pensé que te ibas a demorar más. Recién estábamos comenzando. Si quieres…- señaló la cama.

Cristina miraba a la pareja de infieles con unos ojos asesinos. Deseó no haber dejado la botella de vino en sala, le hubiera servido muy bien como reemplazo del clásico rodillo. Su esposo estaba asustado. Su corazón latía a mil por hora, quizá demasiado para su salud.

- Cristina… Cristina.

Fue lo último que dijo Alberto Manzanero antes de desmayarse… y morir. Sufrió un ataque cardiaco. Cristina se olvidó de su enojo, aunque su mentalidad pragmática seguía trabajando: “La casa es mía, el auto es mío, el perro es mío”, y corrió a auxiliar a su esposo.

- Alberto, Alberto.- exclamó Cristina agitando sus hombros para despertarlo. Ni ella, ni ninguno de los miembros de su familia, sabían nada de primeros auxilios.

- A ese no pienso donarle mi corazón.- dijo Armando Joy.

Al escuchar esas palabras Cristina se transformó en un amasijo de rabia, sumado con unos fuertes deseos de venganza.

- No sabía que tenía problemas cardiacos. Lo juro- se defendió Armando Joy levantando las manos, como si fuera un criminal arrestado por la policía. Armando Joy se dio cuenta de algo que le hizo chasquear los dedos-. Con razón jamás me hizo llegar al orgasmo.

Las piernas de Cristina temblaban, sentía que su mundo se derrumbaba. No era homófoba, pero…

- ¿Desde cuando eres gay?- preguntó Cristina abriendo y cerrando el puño, deseando estamparlo en la cara de su hermano. Ella recordó varias anécdotas de su hermano acerca de su activa vida sexual (varias muy detalladas y desagradables). Cristina se preguntó de donde conseguía a varias mujeres, hasta que se acordó que varias de ellas eran aspirantes a escritoras haciendo lo que sea para entrar al mundo editorial.

Armando Joy se rio a carcajadas. Cristina se preguntó si había contado un chiste divertido. Apretó su mano con más fuerzas.

- Yo no soy gay, ¿De que diablos estas hablando? Tu marido definitivamente lo es. Sin ninguna duda- pasó sus dedos por el cabello de Cristina-. Eso explica el cabello corto…

- ¡Lárgate de mi casa!- gritó Cristina.

Armando Joy frunció el ceño.

- ¿Así vas a tratar a la persona que te salvó la vida? Déjame decirte una cosa- Armando Joy sacó un objeto que parecía una navaja-. Tú tienes algo que me pertenece y si lo deseo puedo recuperarlo. Conozco a personas que pueden ayudarme a conseguirlo.

Armando Joy presionó el objeto. Salió un peine. Cristina pensó que saldría una navaja de ahí. Armando Joy lo usó para acomodarse el cabello rebelde.

- ¿Por qué?- preguntó Cristina con una voz temblorosa.

- Experimentación. Estoy escribiendo una novela protagonizada por un homosexual y no que me acusen de homófobo. Digo, ya soy lo suficientemente controversial- Cristina no había escuchado reír al diablo, pero estaba segura de que la risa de Armando Joy se le acercaba-. Así que pensé: Mi hermana me debe un favor y su marido no deja de comerme con la mirada. ¿Por qué no experimentar?

Cristina no entendía nada. No era una lectora de novelas, lo suyo eran los libros de no ficción: biografías e historias reales de personas reales que hicieron hazañas asombrosas. Después de pasar mucho tiempo en ese mundillo la ficción tenia un sabor descafeinado y aburrido. Sabía que los escritores hacían entrevistas y se documentaban fuera de la internet, pero no recordaba haber conocido un caso parecido.

Armando Joy salió de la habitación como si nada hubiera pasado.

Se dio la vuelta y besó a Cristina en la frente.

- Llama a una ambulancia que se esta poniendo tieso.  

Armando Joy salió de la casa. Tenia un viaje de unas horas antes de llegar a su casa de playa para amanecerse escribiendo.

Para no salirse de la costumbre Cristina Joy también fue un personaje de su nueva obra. Su personaje era una devoradora de almas que tomaba la apariencia de una mujer hermosa para seducir a toda clase de hombres inocentes. Se enfrentaba a su mayor reto: Seducir a un hombre homosexual, del que no sentía ninguna atracción romántica o sexual.

- Si tan solo fuera bisexual.- se dijo a si misma.

La devoradora de almas hizo todo lo posible para apoderarse del espíritu del hombre gay.

Si Cristina no odiara con toda su alma a su hermano lo hubiera tomado con humor. Había días en los que deseaba quitarse el riño y arrojárselo a la cara; y gritarle a todo pulmón, con los últimos minutos que le quedaban de vida: “Te lo devuelvo. Ahora no te debo nada. Maldito imbécil”. Cristiana fantaseaba en la cara que pondría su hermana al sentir su propia carne golpeando su cara. Se espantaría mucho más que en sus desagradables novelas. Se quedaría quieto sin saber que decir o hacer. Se daría cuenta, por primera vez, que las cosas no siempre salen como quiere.

El odio hacia su hermano la había enfermado, más psicológica que físicamente. El riñón funcionaba a la perfección dentro de ella. El problema era que cada vez que cogía algo afilado su vida se torcía. Se imaginaba usando el cuchillo, abrecartas, sierra, desarmados, navaja, para cortarse a si misma y sacarse el único riñón de su cuerpo. Moriría al instante, pero la sensación de estar siendo envenenada por la sangre de un ser tan repugnante como su hermano desparecería para siempre.

Eso también afectó su carrera profesional. Tuvo que renunciar a su trabajo de cirujana. Come con cuchillos de pastico, que apenas tienen filo (ella misma trajo sus cubiertos cuando fue a almorzar) y todo objeto filoso ha desaparecido de su casa. 

domingo, 29 de agosto de 2021

El mordaz cadaver de Armando Joy Capitulo 4


 

Karen estaba en el funeral de su padre. Se retorcía en los asientos de la iglesia, como si estos tuvieran trozos de vidrio muy diminutos que le pinchaban las nalgas. Los asientos eran muy incomodos. Alejandro se había equivocado, mientras él y Verónica en medio de la carretera, ligeramente transitada, el funeral finalizaba y varios miembros de la familia se iban a casa, nadie quería para más tiempo ahí. Tanto el pueblo como el fallecido les deprimía.

De todas las maneras esos dos hubieran llegado tarde, incluso si no se hubieran detenido para hacer el amor como si no hubiera un mañana.

Karen miraba el ataúd cerrado y se acordó en la enchilada que vomitó cuando fue a reconocer el cadáver. Encima de la tapa había varios cuadros de un sonriente Armando Hoy (así quería que los recordaran y no con la piltrafa humana que Alejandro había convertido). Tenía un rostro alegre e intelectual, una cara particular en los escritores. Su cabello negro mal peinado y barba de tres días le daba un aspecto de detective de una novela de misterio o de algún mafioso de serie británica.

El padre hablaba de lo buena persona que había sido Armando Joy en vida, de como si arte cambió la vida de muchas personas, de cómo era querido tanto por las personas del pueblo de “San Pablo” (al convertirse en una estrella), o por su propia familia (si supiera). Karen apretaba un pañuelo con tanta fuerza que sus palmas quedaron rojas y sus venas se hicieron visibles. No podía soportar esa metralla de falsedades. Quería levantarse e irse lo más rápido de ahí.

Una bolsa de café descansaba en su regazo. Su bolso estaba lleno y no cabía. Apenas llegó al pueblo de “San Pablo”, conocido por sus hojas de menta y coca, Karen se topó con una cafetería que servía uno de los mejores cafés que había probado en su vida. La bolsa de café para pasar era un recuerdo de su viaje, que intentará olvidar cada vez que tome una taza de café.

Karen odiaba a su padre, aunque no tanto como Alejandro. Él si sentía un odio enfermizo hacia su progenitor. Karen detestaba hablar con Alejandro porque todas sus malditas conversaciones siempre terminaban en Armando Joy. Podrían hablar sobre lo que consideran que es el sentido de la vida y el muy psicópata tomaría las riendas y lo redirigiría al nuevo libro de Armando Joy.

Karen estaba más que segura de que Alejandro había sido el responsable de la muerte de Armando Joy. Esperaba de todo corazón que la policía lo apresara. No iba a ser muy difícil conectar los puntos. Ella se imaginó a Alejandro, esposado, saliendo de su apartamento acompañado de dos policías. Para hacer las cosas más emocionantes Alejandro huye de la resbalosa mano de la ley. Corre unos metros y se resbala con una cascara de plátano y cae de cara sobre un trozo de mierda de perro.

¿Por qué mierda de perro? ¿Por qué no? Era la fantasía de Karen.

Ella intentó aguantarse la risa, terminó esbozando una sonrisa cruel que llegó a los ojos llenos de reproche de familiares y amigos personales de Armando Joy. Karen hundió la cabeza avergonzada como si fuera una tortuga. Ahora se imaginaba a Alejandro, armando con la mierda de perro, oponiendo resistencia mientras que la policía sacaba sus armas reglamentarias.

Bang.

No pudieron asistir todos los amigos de Alejandro Joy porque el funeral se celebró en un lugar muy lejano. Si se hubiera celebrado en la capital, de seguro el lugar hubiera estado más lleno. Vinieron algunos escritores, su agente literario y algunos trabajadores de la editorial con los que Armando Joy trabajaba en sus novelas.

Si que vinieron varios familiares del famoso escritor de terror (entre ellos su propia hija y sus tres hermanos).

Karen estuvo tentada en revisar su celular, llamar a su pareja, quería escuchar su voz (aunque sonaba como un hombre que se había saltado la pubertad). No importaba. Estaba terriblemente aburrida. Por un segundo se sintió culpable de pensar así. No se supone que los funerales tengan que ser divertidos. Tienen que ser reflexivos respecto a la persona que los había dejado. Karen lo entendía, había ido a otros funerales que también habían sido aburridos, pero sentía un ligero respecto hacia el muerto. Se unía al coro de llanto y tristeza de los demás deudos.

Ahora mismo Karen solo ahogaba bostezos. El funeral duró una hora más, Karen lo sintió como si le hubieran extirpado un año de su vida, que era tan doloroso como si te extirparan un diente con un alicate y sin anestesia.

Cordelia Gonzales, la madre de Armando Joy y la abuela de Karen, les ofreció a todos a quedarse en su humilde casita. Había preparado un seco de cabrito con frijoles y humitas de entrada. A Karen le sorprendió la enorme cantidad de personas que declinaron la oferta. Los dos escritores y la agente literaria tenían que tomar un vuelo urgente, los trabajadores prefirieron quedarse en su hotel hasta el día siguiente.

De la familia solo se quedaron Karen, sus tres tíos y su madre. Varios tenían que irse, los compromisos repentinos apremiaban. Sus tíos maternos Alberto y María tuvieron que irse a la ciudad de emergencia porque uno de sus cinco hijos (Miguel), igual de aburrido en el funeral que Karen, se tragó un rosario entero y necesita una operación urgente. Karen los vio partir, jamás había visto a una familia tan unida en toda su vida. Le causaba nauseas.

Todos se fueron con un táper lleno con una generosa ración de comida y una rebanada de pastel de vainilla con mantequilla

Karen pensó en tener un hijo, quizá este le dé un poco de felicidad. Primero tuvo que poner en orden sus finanzas, comenzando con encontrar otro trabajo. El contrato de su primer trabajo terminó hace más de seis meses y en ese tiempo no había conseguido otro trabajo.

Luego tenía que conseguirse otra pareja que no fuera estéril.

La casita de Cordelia era pequeña pero acogedora. La familia sentía una vorágine de recuerdos apenas pusieron el primer pie en casa. Los hermanos Tomas, Cristina y Agustín hablaron de la vez en la que Tomas rompió una ventana mientras jugaba al futbol, de cómo Cristina hizo un concierto de flauta que maravilló a toda la familia, y de cómo Armando trajo a una rana muerta a casa e intentó resucitarla con un conjuro que sacó de un libro de la biblioteca. Los padres se quejaron al respecto y mandaron a cerrarla.

Apenas la anécdota de Armando Joy salió a la luz un aire de desolación se dejó ver en toda la sala. Todos se quedaron callados por un momento. Cordelia se puso a llorar y Agustín fue a consolarla.

Karen miraba su plato, ajena a la situación. La comida estaba casi en su totalidad. Una presa de carne mezclado con guiso verde, frijoles suaves y una ración de arroz. Al lado de la silla de Karen había otro plato con restos casi invisibles de la humita, algunos puntitos amarillos. Ese si se la había comido de un bocado.

Karen recordaba que su padre le había dicho que su plato favorito era el seco de cabrito con frijoles. Pero no cualquier seco de cabrito con frijoles, sino el platillo que preparaba su madre. Según él superaba a varios chefs. Karen estaba sentada sola, al lado de la mesa donde el resto de la familia estaba reunida. La mesa era tan pequeña para una familia tan numerosa. A veces cuando había fiestas o reuniones importantes varios tenían que comer parados.

Karen probó una cucharada de la comida. Ya se había enfriado, pero seguía siendo deliciosa. Pensó en su padre y en su carrera. Ella quería ser una escritora igual que su padre. Como no quería que los relacionaran se cambió el nombre de Karen Joy a Karen Gonzales. No escribía terror. Lo suyo eran las historias románticas más empalagosas que la miel bañada en caramelo. Había escrito cinco libros, pero no había conseguido publicar ninguno. Karen estudió la carrera de economía. Financieramente las cosas le iban muy bien hasta que su contrato terminó.

Aprovechó el tiempo libre para escribir un sexto libro. Su padre la animaba haciéndole una broma cruel: “La sexta es la vencida”. Resultó no ser cierto. Muchas más cartas de rechazo adornaron su refrigerador. Ella había leído que varias escritoras pegaban sus cartas de rechazo en el refrigerador para motivarlas a seguir trabajando. En el caso de Karen ocurría todo lo contrario, la desanimaban a tal extremo que le cansaba abrir su propio refrigerador para prepararse un sándwich de jamón.

Intentó pedirle un consejo a su padre, pero este se negaba a hablar de literatura o de su propia carrera literaria con su hija. Su padre siempre le decía: “Cada uno consigue su propia carroña”. Karen no tenia idea de que diablos significaba eso. Armando Joy no quería que su relación padre-hija estuviera cimentadas en los intentos y fracasos de su primogénita en seguir los pasos de su progenitor.

Al no haber otra cosa en común entre los dos su relación se fue deteriorando hasta convertirse en la sombra de lo que alguna vez fue. Karen y su padre fueron muy unidos cuando ella era una bebé. Armando Joy le había comentado una vez:

 “Eras una criaturita preciosa. Los dos estábamos juntos todo el tiempo, nada podía separarnos. Todo iba bien hasta que empezaste a hablar…”

Karen tenía nueve años cuando le dijo eso. Lo recordaba perfectamente, estaban viendo la sirenita. Karen Joy se imaginó a si misma, con dos tanques de oxígeno, en el fondo del océano haciendo un trato con esa tan Úrsula. Su voz a cambio de algo. De lo que sea, solo quería deshacerse de su voz. Sin su voz las cosas mejorarían con su padre.  

Karen hundió el tenedor en la presa hasta atravesarla por completo, era un enorme trozo de carne. Lo levantó. Algunos frijoles se quedaron pegados en la misma. Pensó en su último encuentro con su padre y se metió el pedazo de carne en la boca.

- Maldito.- dijo en voz baja. Los demás conversaban tranquilamente, sin prestarle atención.

Ese pequeño movimiento en su boca al decir esa palabra bastó para que el trozo de carne, sin masticar, se fuera por el otro túnel. Karen tosió con fuerza, eso solo causó que la carne entrara más adentro de su tráquea. Se estaba ahogando. Tomas se levantó de golpe al ver a su sobrina intentando respirar, su piel se había tornado morada. Le hizo la maniobra de Heimlich dándole golpes en la espalda y presionado su abdomen. Karen escupió el trozo de carne. Recuperó el color de su cara. Sus ojos estaban al rojo vivo.

- Deberías masticar la comida.- le aconsejó su tía Cristina.

- Si, por poco y te unes al viejo.- añadió su tío Thomas con una expresión diabólica que causó molestia en Karen.

Karen perdió el apetito. Karen estaba alucinando, tal vez se debía a su cerebro recuperándose por el repentino corte de oxígeno. Veía el libro: “El culto a la carne y otros cuentos” de Armando Joy encima de su plato. Al igual que Alejandro, ella también fue un personaje en una historia de Armando Joy.

Una aspirante a escritora consiguió un trabajo como asistente de un escritor de terror, uno muy exitoso, pero poco creativo. Cuando iba a trabajar lo encontraba jugando videojuegos o viendo las redes sociales. Ya en la noche, cuando se iba, recién se ponía a trabajar. La aspirante se quedó oculta para ver su verdadero proceso y, quizá, aprender algo para sus propios trabajos. De día solo aprendía códigos para mejorar en los videojuegos.

Descubrió que las ideas no venían de su cabeza, sino de una bestia que tenia encadenada en su sótano. La bestia abría una boca, que tenia el tamaño de su cabeza, y sacaba una lengua puntiaguda. Dicha lengua entraba a la cabeza del hombre e inyectaba un extraño liquido verde directo a su cerebro. Con la ayuda de ese liquido el escritor conseguía sus ideas, con las cuales asustaba a toda una generación de lectores.  

Pero la bestia, de piel marrón y húmeda, tres ojos y dos apéndices en el estómago que le servían de brazos, no lo hacía gratis. Siempre quería algo. Ya sean cerebros, pizza, conexión a internet (tenia más de 500 seguidores en Twitter), una cuenta de Netflix, entre otras cosas. En esta ocasión quería carne.

Ahí entraba su asistente.

La drogó y la metió dentro del sótano. Le dio su dosis al escritor, quien se puso a trabajar de inmediato. Escribió el primer borrador en solo cuatro días.

La bestia abrió la cabeza de la asistente como si fuera una lata de atún, con sus tentáculos que terminaban en dos pinzas removió su cerebro e inyectó mucho más profundo ese misterioso liquido verde. Borró cualquier recuerdo y rastro de identidad de la aspirante hasta convertirla en un sumiso cascaron vacío que vive solo para satisfacer los deseos más retorcidos y perversos de La Bestia.

La aspirante se llamaba Karen González.