lunes, 11 de octubre de 2021

La quinta misión. Capitulo 14: Diez fantasmas


 

Anthony contó a diez espectros, que estaban parados en un medio circulo con una expresión divertida, como espectadores de una fiesta en la que tenían que romper la piñata (Agatha). Estos eran un sujeto demasiado delgado para su propio bien que vestía unos pantalones rasgados, permanentemente mojados; un sujeto disfrazado de Santa Claus; una niña con un vestido morado antiguo; un calvo obeso con una larga barba a lo Gandalf; una adolescente delgada con unos shorts rojos y una blusa amarilla que parecían venir de los años 70; una mujer de mediana edad, delgada, y con un cabello inexistente; un hombre alto y con un traje elegante; un hombre vestido con el uniforme de la marina de guerra del Perú cuyas piernas fueron arrancadas por unos poderosos mordiscos; un joven adulto con una amplia cabellera negra y con una playera que tenía el logo de un grupo de Metal imposible de leer y un hombre delgado, de mirada asesina y que no dejaba de tocarse la entrepierna.

-          Suéltenla inmediatamente.- ordenó Anthony, deseando que no hayan notado el temblor de su voz.

Santa Claus era el sujeto que sostenía la cuerda. Obedeció y la soltó. Agatha cayó a un suelo sin colchoneta. Anthony corrió y le dio un golpe al naufrago de los pantalones mojados. Los demás fueron en su defensa y se unieron a la pelea. Anthony golpeaba a los que podía, pero eran diez contra uno. Una batalla perdida.

Perdida con ganas porque uno de ellos tenía el bate de Baseball.

A Agatha le dolía la espalda, como si alguien hubiera hecho explotar unos fuegos artificiales muy cerca de ella. Se levantó como pudo, sacó una lata de pintura del bolsillo trasero de su falda, agarró una silla que tenía más cercana, la roció con la pintura y la levantó. Corrió con una furia vengativa hacia el primer espectro que sus ojos, casi morados, vieron: la niña de diez años. Le dio un golpe tan fuerte que rompió la silla. La niña se desmayó.

Continuó con los demás. Le dio un golpe en la cara a la adolescente de ropa setentera. El hombre alto del traje de negocios era el que tenía el bate de Baseball, se imaginó a Agatha con el rostro de su mejor amigo, que lo envenenó para darle unos golpes con más rabia. Agatha le atravesó la pata de la silla con mucha fuerza. No bastó para lastimarlo, pero si para sorprenderlo. Soltó el bate de Baseball, Agatha lo tomó rápidamente. Primero le dio un golpe en la rodilla, que lo hizo caer, luego en el hombro y finalmente en la cabeza.

Agatha golpeaba a sus víctimas con una furia salvaje.

Anthony aprovechó que el número de espectros se redujo para ponerse de pie, no soltó el bate de Baseball sin importar cuantos lo golpearan y lo patearan. Anthony golpeó a cada espectro que se encontrara. Anthony era mucho más fuerte que Agatha así que sus golpes lastimaban con más ferocidad a los espectros, quienes no estaban acostumbrados al dolor (no lo habían sentido en décadas)

- ¿Quién sigue?- exclamó Agatha-. Puedo hacerlo toda la noche- levantó el bate de Baseball para demostrarlo.

El fantasma sin piernas le quitó el bate de baseball con suma facilidad y lo arrojó muy lejos. Agatha volteó, desarmada, y le mostró una sonrisa tímida como si estuviera diciendo: Estaba bromeando. El marine la agarró del cuello y la levantó. Voló un poco para mantenerse fuera del alcance de Anthony.

Los ojos del fantasma eran blancos, pero transmitían tanto odio que asustaban a Agatha.

- Debimos matarte apenas te encontramos. Tu delicioso cuerpo formaría parte de nuestro control.

Anthony también tenía una lata de pintura en su bolsillo, mucho más pequeña que la de Agatha. Anthony tenía tantas cosas en los variados bolsillos de su casaca (en su mayoría drogas). Entre ella un pequeño cuchillo. Lo roció con pintura. Corrió y apuñaló al fantasma en la rodilla con todas sus fuerzas. El fantasma soltó a Agatha. Esta vez no cayó al suelo, sino en los brazos de Anthony. Pero este con la lata de pintura y ambos cayeron al piso.

El fantasma se acercó volando a la cara de Anthony. Este aprovechó para apuñalarle en la cara. La hoja del cuchillo atravesó su boca. El fantasma se alejó para intentar quitar el cuchillo.

-          ¡Oye, Caracortada!- exclamó Agatha, este levantó la cara. Agatha le dio un fuerte golpe en la cabeza con el bate de Baseball.

Anthony se levantó y se puso al lado de su amiga. Todos los fantasmas estaban lastimados en el suelo.

- Es hora de encerrarlos- dijo Agatha-. ¿Dónde están la botella y el libro?

- ¿Que?- preguntó Anthony, quien deseaba tener una bolsa de hielo.

Agatha repitió la pregunta. Los fantasmas burbujeaban.

- Creí que te tocaba traerlos a ti.

- Siempre los traes tú.

- Deben estar en el auto. Voy por ellos- se ofreció Anthony-. Tú cuida de los fantasmas.

- Olvídalo. Yo voy por ellos, tú cuida de los fantasmas.

Ninguno de los dos estaba dispuesto a dar su brazo a torcer en esta discusión, discusión que tenía que terminar rápido porque los fantasmas se estaban regenerando. Los golpes solo servían para retenerlos, mas no para matarlos.

Es imposible matar a un fantasma.

- Vamos los dos, ¿De acuerdo?

Agatha y Anthony se tardaron unos cinco minutos en ir y venir con el maletín negro que estaba dentro del auto, dejaron todas las demás cosas menos los bates de baseball. Dentro solo había una botella de vino (que Agatha escribió “Propiedad de Gloria BELTRAN” en la etiqueta) y un libro negro, que adornaría perfectamente una iglesia satanista.

Anthony puso la botella en el suelo, al lado de los fantasmas, y la rodeo con sal. Agatha se puso a leer el libro. Era un libro de hechizos antiguos que Gloria Beltrán había conseguido en una subasta (le costó más de 1000 soles). Agatha solo pudo aprender ese conjuro, se requerían años de estudio y entrenamiento aprender los demás.

Gloria se sorprendió de lo rápido que había aprendido ese conjuro, en menos de un mes. Si estudiaba con mucha dedicación podría aprender todos los conjuros del libro en un año. Agatha leía el conjuro con una fluidez sorprendente. Los fantasmas se elevaron y formaron un pequeño tornado que se direccionó a la boca de la botella. Agatha y Anthony escucharon varios gritos desgarradores venir desde dentro del tornado.

- No sé por qué gritan tanto.- comentó Anthony.

- Yo tampoco entiendo. Solo los vamos a encerrar en una botella por el resto de la eternidad, o hasta que la botella se biodegrade que será dentro…- Agatha se puso a hacer unos cálculos.

- Unos cien años a lo mucho.  

El tornado se introdujo dentro de la botella dejando solo un líquido negro. La botella solo se había llenado en su cuarta parte. Anthony la cerró con un corcho y la levantó la botella en señal de orgullo. Con lo mucho que les había costado encerrar a esos desgraciados. Casi estuvo a punto de decir: “Misión cumplida” hasta que se dio cuenta que esa no era la verdadera misión. Aunque sin fantasmas asechando por ahí los dos podrían buscar los pendientes con más tranquilidad.

Buscaron por todas las habitaciones del pequeño barco. Había varias habitaciones compartidas con dos o tres canas, una cocina mugrosa y un salón de juegos con un Monopolio a la mitad. Una de las puertas decía: “Almacén”, al abrirla se toparon con varias cajas con nombres en chino y unas fechas anteriores a 1991. Apenas pusieron un pie varias ratas se fueron corriendo, los intrusos las aterraban.

Agatha quería saltar y caer en los brazos protectores de Anthony.

Anthony también quería hacer lo mismo.

- Aquí no está.

- No, aquí no hay nada.

Solo faltaba una habitación, la que estaba al fondo a la derecha. La puerta estaba junta. Al abrirla se dieron cuenta que esta era la única habitación decorada. Las paredes estaban pintadas de un blanco descolorido; los suelos estaban barnizados y había ocho posters de las ocho películas de Harry Potter.

Buscaron por todos los rincones del lugar. Abrieron los cajones de la cómoda y revisaron debajo de la cama. Nada. Agatha levantó el colchón y se quedó ante lo que encontró.

Diez cráneos humanos.

- Estamos en la cama de un psicópata.

- Y de un fan de Harry Potter.- Anthony le mostró un cajón repleto con los siete libros de la saga literaria del niño mago. Todos firmados por su autora J.K Rowling.

Agatha, curiosa como siempre, agarró uno de los cráneos. Sus ojos se pusieron en blanco. Al parpadear fue transportada a otra época. Seguía estando en la misma habitación, pero mucho más limpia y ordenada. Agatha usaba otra ropa: una blusa blanca rasgada y una falda gris de tela cortada en uno de los lados. Sostenía un cuchillo de cocina, podía sentir el peso en su mano.

La persona que estaba parada frente a ella tenía los brazos levantados. Usaba una máscara roja que lo hacía lucir como un asesino de película de terror, o un supervillano de DC Comics. No usaba camisa. Sus abdominales estaban marcados. Este sujeto debe ir al gimnasio unas dos horas al día sin faltar, pensó.

Si Agatha no hubiera estado en una situación de vida o muerte (más muerte que vida) hubiera a si misma comiendo tallarines verdes en su pecho. El hombre de la máscara roja se le acercó. Estaban los dos solos. Agatha pensó en Anthony entrando a la puerta como un aliado y entre los dos le darían su merecido a este sujeto.

Como él se estaba demorando Agatha tuvo que actuar por su cuenta.

- ¡No te acerques!- exclamó asustada. Agatha retrocedió un paso al ver que el hombre de la máscara roja no obedecía. El cuchillo bailaba en sus manos sudorosas.

El hombre de la máscara roja levantó las manos y las puso detrás de su cabeza como si estuviera en una detención policiaca. Agatha se sintió más calmada. Esa calma se esfumó por completo al ver que el hombre dio otro paso al frente.

- ¡Te dije que te quedaras quieto!

Otro paso.

-          Te lo advierto.

El hombre de la máscara roja estaba tan cerca que Agatha pudo oler su loción para afeitar, le dio nauseas. El hombre no le dio otra opción. Tenía que apuñalarlo. Agatha buscó un lugar no letal para clavarle el cuchillo, no quería ser autora de un asesino. Eso la dificultaría considerablemente para conseguir otro trabajo.

Le apuñaló en el estómago.

El hombre comenzó a reírse, era la risa de un monstruo despiadado. Dio otro paso y el cuchillo se hundió aún más en su pecho. Agatha se sorprendió que no saliera sangre del vientre de ese hombre. Otra prueba de que no era humano, o tal vez…

Agatha levantó el cuchillo y pasó el dedo por la punta, no tenía filo. La hoja del cuchillo se hundió dentro del mango apenas hizo un poco de presión.

-          Parece real, ¿no?

Al ver que Agatha estaba indefensa el hombre de la máscara roja sacó un cuchillo de sus pantalones, muy parecido al que tenía en la mano, pero mucho más afilado.

- Este si es real.- lo comprobó pasando su dedo por la hoja, dejó una manchita roja.

El hombre de la mascara roja le dio un golpe en la cara, tan fuerte que le sacudió toda la neurona a Agatha. El golpe fue real, Agatha sintió mucho dolor. Ni siquiera los golpes de los fantasmas fueron tan dolorosos. Cayó al suelo, estaba apunto de perder el conocimiento. Vio como horror la jeringa.

- Adrenalina. No quiero que te desmayes, cariño. Hay mucho por hacer.

La aguja atravesó su piel, el liquido transparente entró a su sistema. Agatha abrió los ojos, se sentía más viva que nunca, con ganas de hacer muchas cosas. Tenía una agenda repleta. No podía moverse, el sujeto de la mascara roja estaba encima de ella. Agarró el cabello de Agatha y presionó su cabeza contra el suelo. Acercó el cuchillo hasta su cuello.

 Agatha soltó un grito que hizo que las paredes temblaran. Anthony saltó del miedo. Le quitó el cráneo y lo arrojó como si fuera una pelota de futbol americano. Chocó contra una pared causándole una rajadura. Agatha estaba temblando y llorando.

- ¿Qué te pasó?- le preguntó visiblemente preocupado.

- Lo vi: un hombre. Una máscara. Un cuchillo. Todo fue tan real.

Agatha no podía mover su hombro, le dolía bastante a pesar de no tener una herida visible ahí. Estaba temblando como un epiléptico tratando de bailar, las lágrimas salían como una catarata. Necesitaba confort. Anthony la abrazó con fuerza y protección.

- Descuida, ya pasó. Estoy aquí y me voy a asegurar que nada malo te pase.

Agatha no respondió. Lo abrazó con más fuerza, pudo escuchar los latidos de su corazón. Disfrutó del momento. El momento terminó cuando Anthony la separó. Agatha se sentía más calmada, quería comer un helado de chocolate. Eso siempre la animaba.

- No está- confirmó Anthony-. No esta dentro de esta habitación, pero los pendientes estuvieron aquí alguna vez. De eso estoy seguro.

Anthony le entregó un pañuelo a Agatha. Ella lo usó para limpiarse las lágrimas.

- ¿Cómo lo sabes?- preguntó Agatha con un mejor ánimo. Quería terminar este trabajo de una maldita vez para volver a casa, ver una película y comer un gran bol de helado de chocolate.

- La cómoda esta polvorienta, salvo por este cajón.- Anthony señaló el cuarto cajón de la cómoda, cuya perilla se veía un poco más limpia. Había huellas de dedos ahí.

La pista número dos era una cajita roja, donde pudieron caber los pendientes. La pista número tres era un zapato negro femenino con el tacón destruido. La pista número cuatro era el tacón.

- Alguien estuvo aquí y tomó esos pendientes.

Agatha examinó el zapato. Era de marca y era muy bonito, incluso se lo probó.

- Oye, eso pudo haberlo usado… eso.- le advirtió Anthony señalando el cráneo.

- Tengo cara de que me importe - los ojos de Agatha todavía seguían estando rojos. Agatha sonrió-. Mira, me quedan. ¿Y quien fue el que tomó los pendientes?

- ¿Qué fue lo que viste al tocar ese cráneo?

Agatha le contó todo lo que vio con el mayor lujo de detalle: El hombre de abdominales marcados de la mascara roja, el cuchillo, el cuchillo de broma, el golpe, la adrenalina. No solo lo que vio; también lo que sintió. El dolor del golpe, la hinchazón de un parpado, el desagradable olor a perfume barato que impregnaba todo el lugar. Lo peor de todo: el cuchillo atravesando su cuello.

- Ese sujeto me estaba decapitando viva. Pude sentir unos agonizantes minutos de dolor. Luego todo se volvió negro y regresé aquí.

- Decapitado, ¿eh? Creo que tengo una idea para una solución.

Agatha vio el cadáver decapitado pensando: Y yo que creí que era un costal de papas.

- ¿Cuándo me ibas a decir que habías encontrado un cadáver?- le recriminó Agatha.

- Esperaba que nunca.- le respondió Anthony desde el otro lado de la habitación. Estaba buscando algo.

El cadáver todavía seguía estando fresco, lo habrán asesinado hace unas horas. El corte fue muy irregular. No fue hecho por un profesional, pero si por alguien con mucha experiencia en el campo. Agatha maldijo en voz alta mientras se tocaba el cuello. Deseaba que no fuera el caso, pero parece que el sujeto de la máscara, de alguna forma, esta involucrado en esto.

- ¡Lo encontré!

Anthony le mostró la cabeza decapitada, se podía ver el cuello sobresaliendo de la carne. Uno de sus ojos estaba abierto, sus labios estaban morados. Anthony le acercó la cabeza demasiado a Agatha, daba la impresión que quería que le diera un beso francés al cadáver.

- ¡Aleja esa cosa de mi cara!- Agatha le dio una cachetada al cadáver haciendo que Anthony suelte la cabeza sin querer. Ambos escucharon el sonido de la cabeza estrellándose contra el suelo. Ambos esperaban que la cabeza rebotase como un balón, Anthony tenia las manos levantadas esperando para recibirla.

Anthony levantó la cabeza agarrándola de los cabellos. Sus dedos parecían esas pinzas metálicas de las maquinas para obtener un premio. La cabeza se le resbalaba de los dedos constantemente. Anthony tuvo que enredar sus dedos en los cabellos del sujeto decapitado para poder sostenerla con propiedad.

- Agatha; esta cabeza puede ser la solución de nuestros problemas. Puede decirnos donde están los pendientes.

- ¿Cómo carajos una cabeza puede…?

Agatha no completó su pregunta, se dio cuenta de lo que Anthony se refería. Su piel había recuperado su color natural solo para volver a palidecer. El horror había llegado a sus venas, para llegar directamente a su corazón lleno de colesterol. Recuerdos horrorosos pasaron por su mente. 

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