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lunes, 11 de octubre de 2021

La quinta misión. Capitulo 14: Diez fantasmas


 

Anthony contó a diez espectros, que estaban parados en un medio circulo con una expresión divertida, como espectadores de una fiesta en la que tenían que romper la piñata (Agatha). Estos eran un sujeto demasiado delgado para su propio bien que vestía unos pantalones rasgados, permanentemente mojados; un sujeto disfrazado de Santa Claus; una niña con un vestido morado antiguo; un calvo obeso con una larga barba a lo Gandalf; una adolescente delgada con unos shorts rojos y una blusa amarilla que parecían venir de los años 70; una mujer de mediana edad, delgada, y con un cabello inexistente; un hombre alto y con un traje elegante; un hombre vestido con el uniforme de la marina de guerra del Perú cuyas piernas fueron arrancadas por unos poderosos mordiscos; un joven adulto con una amplia cabellera negra y con una playera que tenía el logo de un grupo de Metal imposible de leer y un hombre delgado, de mirada asesina y que no dejaba de tocarse la entrepierna.

-          Suéltenla inmediatamente.- ordenó Anthony, deseando que no hayan notado el temblor de su voz.

Santa Claus era el sujeto que sostenía la cuerda. Obedeció y la soltó. Agatha cayó a un suelo sin colchoneta. Anthony corrió y le dio un golpe al naufrago de los pantalones mojados. Los demás fueron en su defensa y se unieron a la pelea. Anthony golpeaba a los que podía, pero eran diez contra uno. Una batalla perdida.

Perdida con ganas porque uno de ellos tenía el bate de Baseball.

A Agatha le dolía la espalda, como si alguien hubiera hecho explotar unos fuegos artificiales muy cerca de ella. Se levantó como pudo, sacó una lata de pintura del bolsillo trasero de su falda, agarró una silla que tenía más cercana, la roció con la pintura y la levantó. Corrió con una furia vengativa hacia el primer espectro que sus ojos, casi morados, vieron: la niña de diez años. Le dio un golpe tan fuerte que rompió la silla. La niña se desmayó.

Continuó con los demás. Le dio un golpe en la cara a la adolescente de ropa setentera. El hombre alto del traje de negocios era el que tenía el bate de Baseball, se imaginó a Agatha con el rostro de su mejor amigo, que lo envenenó para darle unos golpes con más rabia. Agatha le atravesó la pata de la silla con mucha fuerza. No bastó para lastimarlo, pero si para sorprenderlo. Soltó el bate de Baseball, Agatha lo tomó rápidamente. Primero le dio un golpe en la rodilla, que lo hizo caer, luego en el hombro y finalmente en la cabeza.

Agatha golpeaba a sus víctimas con una furia salvaje.

Anthony aprovechó que el número de espectros se redujo para ponerse de pie, no soltó el bate de Baseball sin importar cuantos lo golpearan y lo patearan. Anthony golpeó a cada espectro que se encontrara. Anthony era mucho más fuerte que Agatha así que sus golpes lastimaban con más ferocidad a los espectros, quienes no estaban acostumbrados al dolor (no lo habían sentido en décadas)

- ¿Quién sigue?- exclamó Agatha-. Puedo hacerlo toda la noche- levantó el bate de Baseball para demostrarlo.

El fantasma sin piernas le quitó el bate de baseball con suma facilidad y lo arrojó muy lejos. Agatha volteó, desarmada, y le mostró una sonrisa tímida como si estuviera diciendo: Estaba bromeando. El marine la agarró del cuello y la levantó. Voló un poco para mantenerse fuera del alcance de Anthony.

Los ojos del fantasma eran blancos, pero transmitían tanto odio que asustaban a Agatha.

- Debimos matarte apenas te encontramos. Tu delicioso cuerpo formaría parte de nuestro control.

Anthony también tenía una lata de pintura en su bolsillo, mucho más pequeña que la de Agatha. Anthony tenía tantas cosas en los variados bolsillos de su casaca (en su mayoría drogas). Entre ella un pequeño cuchillo. Lo roció con pintura. Corrió y apuñaló al fantasma en la rodilla con todas sus fuerzas. El fantasma soltó a Agatha. Esta vez no cayó al suelo, sino en los brazos de Anthony. Pero este con la lata de pintura y ambos cayeron al piso.

El fantasma se acercó volando a la cara de Anthony. Este aprovechó para apuñalarle en la cara. La hoja del cuchillo atravesó su boca. El fantasma se alejó para intentar quitar el cuchillo.

-          ¡Oye, Caracortada!- exclamó Agatha, este levantó la cara. Agatha le dio un fuerte golpe en la cabeza con el bate de Baseball.

Anthony se levantó y se puso al lado de su amiga. Todos los fantasmas estaban lastimados en el suelo.

- Es hora de encerrarlos- dijo Agatha-. ¿Dónde están la botella y el libro?

- ¿Que?- preguntó Anthony, quien deseaba tener una bolsa de hielo.

Agatha repitió la pregunta. Los fantasmas burbujeaban.

- Creí que te tocaba traerlos a ti.

- Siempre los traes tú.

- Deben estar en el auto. Voy por ellos- se ofreció Anthony-. Tú cuida de los fantasmas.

- Olvídalo. Yo voy por ellos, tú cuida de los fantasmas.

Ninguno de los dos estaba dispuesto a dar su brazo a torcer en esta discusión, discusión que tenía que terminar rápido porque los fantasmas se estaban regenerando. Los golpes solo servían para retenerlos, mas no para matarlos.

Es imposible matar a un fantasma.

- Vamos los dos, ¿De acuerdo?

Agatha y Anthony se tardaron unos cinco minutos en ir y venir con el maletín negro que estaba dentro del auto, dejaron todas las demás cosas menos los bates de baseball. Dentro solo había una botella de vino (que Agatha escribió “Propiedad de Gloria BELTRAN” en la etiqueta) y un libro negro, que adornaría perfectamente una iglesia satanista.

Anthony puso la botella en el suelo, al lado de los fantasmas, y la rodeo con sal. Agatha se puso a leer el libro. Era un libro de hechizos antiguos que Gloria Beltrán había conseguido en una subasta (le costó más de 1000 soles). Agatha solo pudo aprender ese conjuro, se requerían años de estudio y entrenamiento aprender los demás.

Gloria se sorprendió de lo rápido que había aprendido ese conjuro, en menos de un mes. Si estudiaba con mucha dedicación podría aprender todos los conjuros del libro en un año. Agatha leía el conjuro con una fluidez sorprendente. Los fantasmas se elevaron y formaron un pequeño tornado que se direccionó a la boca de la botella. Agatha y Anthony escucharon varios gritos desgarradores venir desde dentro del tornado.

- No sé por qué gritan tanto.- comentó Anthony.

- Yo tampoco entiendo. Solo los vamos a encerrar en una botella por el resto de la eternidad, o hasta que la botella se biodegrade que será dentro…- Agatha se puso a hacer unos cálculos.

- Unos cien años a lo mucho.  

El tornado se introdujo dentro de la botella dejando solo un líquido negro. La botella solo se había llenado en su cuarta parte. Anthony la cerró con un corcho y la levantó la botella en señal de orgullo. Con lo mucho que les había costado encerrar a esos desgraciados. Casi estuvo a punto de decir: “Misión cumplida” hasta que se dio cuenta que esa no era la verdadera misión. Aunque sin fantasmas asechando por ahí los dos podrían buscar los pendientes con más tranquilidad.

Buscaron por todas las habitaciones del pequeño barco. Había varias habitaciones compartidas con dos o tres canas, una cocina mugrosa y un salón de juegos con un Monopolio a la mitad. Una de las puertas decía: “Almacén”, al abrirla se toparon con varias cajas con nombres en chino y unas fechas anteriores a 1991. Apenas pusieron un pie varias ratas se fueron corriendo, los intrusos las aterraban.

Agatha quería saltar y caer en los brazos protectores de Anthony.

Anthony también quería hacer lo mismo.

- Aquí no está.

- No, aquí no hay nada.

Solo faltaba una habitación, la que estaba al fondo a la derecha. La puerta estaba junta. Al abrirla se dieron cuenta que esta era la única habitación decorada. Las paredes estaban pintadas de un blanco descolorido; los suelos estaban barnizados y había ocho posters de las ocho películas de Harry Potter.

Buscaron por todos los rincones del lugar. Abrieron los cajones de la cómoda y revisaron debajo de la cama. Nada. Agatha levantó el colchón y se quedó ante lo que encontró.

Diez cráneos humanos.

- Estamos en la cama de un psicópata.

- Y de un fan de Harry Potter.- Anthony le mostró un cajón repleto con los siete libros de la saga literaria del niño mago. Todos firmados por su autora J.K Rowling.

Agatha, curiosa como siempre, agarró uno de los cráneos. Sus ojos se pusieron en blanco. Al parpadear fue transportada a otra época. Seguía estando en la misma habitación, pero mucho más limpia y ordenada. Agatha usaba otra ropa: una blusa blanca rasgada y una falda gris de tela cortada en uno de los lados. Sostenía un cuchillo de cocina, podía sentir el peso en su mano.

La persona que estaba parada frente a ella tenía los brazos levantados. Usaba una máscara roja que lo hacía lucir como un asesino de película de terror, o un supervillano de DC Comics. No usaba camisa. Sus abdominales estaban marcados. Este sujeto debe ir al gimnasio unas dos horas al día sin faltar, pensó.

Si Agatha no hubiera estado en una situación de vida o muerte (más muerte que vida) hubiera a si misma comiendo tallarines verdes en su pecho. El hombre de la máscara roja se le acercó. Estaban los dos solos. Agatha pensó en Anthony entrando a la puerta como un aliado y entre los dos le darían su merecido a este sujeto.

Como él se estaba demorando Agatha tuvo que actuar por su cuenta.

- ¡No te acerques!- exclamó asustada. Agatha retrocedió un paso al ver que el hombre de la máscara roja no obedecía. El cuchillo bailaba en sus manos sudorosas.

El hombre de la máscara roja levantó las manos y las puso detrás de su cabeza como si estuviera en una detención policiaca. Agatha se sintió más calmada. Esa calma se esfumó por completo al ver que el hombre dio otro paso al frente.

- ¡Te dije que te quedaras quieto!

Otro paso.

-          Te lo advierto.

El hombre de la máscara roja estaba tan cerca que Agatha pudo oler su loción para afeitar, le dio nauseas. El hombre no le dio otra opción. Tenía que apuñalarlo. Agatha buscó un lugar no letal para clavarle el cuchillo, no quería ser autora de un asesino. Eso la dificultaría considerablemente para conseguir otro trabajo.

Le apuñaló en el estómago.

El hombre comenzó a reírse, era la risa de un monstruo despiadado. Dio otro paso y el cuchillo se hundió aún más en su pecho. Agatha se sorprendió que no saliera sangre del vientre de ese hombre. Otra prueba de que no era humano, o tal vez…

Agatha levantó el cuchillo y pasó el dedo por la punta, no tenía filo. La hoja del cuchillo se hundió dentro del mango apenas hizo un poco de presión.

-          Parece real, ¿no?

Al ver que Agatha estaba indefensa el hombre de la máscara roja sacó un cuchillo de sus pantalones, muy parecido al que tenía en la mano, pero mucho más afilado.

- Este si es real.- lo comprobó pasando su dedo por la hoja, dejó una manchita roja.

El hombre de la mascara roja le dio un golpe en la cara, tan fuerte que le sacudió toda la neurona a Agatha. El golpe fue real, Agatha sintió mucho dolor. Ni siquiera los golpes de los fantasmas fueron tan dolorosos. Cayó al suelo, estaba apunto de perder el conocimiento. Vio como horror la jeringa.

- Adrenalina. No quiero que te desmayes, cariño. Hay mucho por hacer.

La aguja atravesó su piel, el liquido transparente entró a su sistema. Agatha abrió los ojos, se sentía más viva que nunca, con ganas de hacer muchas cosas. Tenía una agenda repleta. No podía moverse, el sujeto de la mascara roja estaba encima de ella. Agarró el cabello de Agatha y presionó su cabeza contra el suelo. Acercó el cuchillo hasta su cuello.

 Agatha soltó un grito que hizo que las paredes temblaran. Anthony saltó del miedo. Le quitó el cráneo y lo arrojó como si fuera una pelota de futbol americano. Chocó contra una pared causándole una rajadura. Agatha estaba temblando y llorando.

- ¿Qué te pasó?- le preguntó visiblemente preocupado.

- Lo vi: un hombre. Una máscara. Un cuchillo. Todo fue tan real.

Agatha no podía mover su hombro, le dolía bastante a pesar de no tener una herida visible ahí. Estaba temblando como un epiléptico tratando de bailar, las lágrimas salían como una catarata. Necesitaba confort. Anthony la abrazó con fuerza y protección.

- Descuida, ya pasó. Estoy aquí y me voy a asegurar que nada malo te pase.

Agatha no respondió. Lo abrazó con más fuerza, pudo escuchar los latidos de su corazón. Disfrutó del momento. El momento terminó cuando Anthony la separó. Agatha se sentía más calmada, quería comer un helado de chocolate. Eso siempre la animaba.

- No está- confirmó Anthony-. No esta dentro de esta habitación, pero los pendientes estuvieron aquí alguna vez. De eso estoy seguro.

Anthony le entregó un pañuelo a Agatha. Ella lo usó para limpiarse las lágrimas.

- ¿Cómo lo sabes?- preguntó Agatha con un mejor ánimo. Quería terminar este trabajo de una maldita vez para volver a casa, ver una película y comer un gran bol de helado de chocolate.

- La cómoda esta polvorienta, salvo por este cajón.- Anthony señaló el cuarto cajón de la cómoda, cuya perilla se veía un poco más limpia. Había huellas de dedos ahí.

La pista número dos era una cajita roja, donde pudieron caber los pendientes. La pista número tres era un zapato negro femenino con el tacón destruido. La pista número cuatro era el tacón.

- Alguien estuvo aquí y tomó esos pendientes.

Agatha examinó el zapato. Era de marca y era muy bonito, incluso se lo probó.

- Oye, eso pudo haberlo usado… eso.- le advirtió Anthony señalando el cráneo.

- Tengo cara de que me importe - los ojos de Agatha todavía seguían estando rojos. Agatha sonrió-. Mira, me quedan. ¿Y quien fue el que tomó los pendientes?

- ¿Qué fue lo que viste al tocar ese cráneo?

Agatha le contó todo lo que vio con el mayor lujo de detalle: El hombre de abdominales marcados de la mascara roja, el cuchillo, el cuchillo de broma, el golpe, la adrenalina. No solo lo que vio; también lo que sintió. El dolor del golpe, la hinchazón de un parpado, el desagradable olor a perfume barato que impregnaba todo el lugar. Lo peor de todo: el cuchillo atravesando su cuello.

- Ese sujeto me estaba decapitando viva. Pude sentir unos agonizantes minutos de dolor. Luego todo se volvió negro y regresé aquí.

- Decapitado, ¿eh? Creo que tengo una idea para una solución.

Agatha vio el cadáver decapitado pensando: Y yo que creí que era un costal de papas.

- ¿Cuándo me ibas a decir que habías encontrado un cadáver?- le recriminó Agatha.

- Esperaba que nunca.- le respondió Anthony desde el otro lado de la habitación. Estaba buscando algo.

El cadáver todavía seguía estando fresco, lo habrán asesinado hace unas horas. El corte fue muy irregular. No fue hecho por un profesional, pero si por alguien con mucha experiencia en el campo. Agatha maldijo en voz alta mientras se tocaba el cuello. Deseaba que no fuera el caso, pero parece que el sujeto de la máscara, de alguna forma, esta involucrado en esto.

- ¡Lo encontré!

Anthony le mostró la cabeza decapitada, se podía ver el cuello sobresaliendo de la carne. Uno de sus ojos estaba abierto, sus labios estaban morados. Anthony le acercó la cabeza demasiado a Agatha, daba la impresión que quería que le diera un beso francés al cadáver.

- ¡Aleja esa cosa de mi cara!- Agatha le dio una cachetada al cadáver haciendo que Anthony suelte la cabeza sin querer. Ambos escucharon el sonido de la cabeza estrellándose contra el suelo. Ambos esperaban que la cabeza rebotase como un balón, Anthony tenia las manos levantadas esperando para recibirla.

Anthony levantó la cabeza agarrándola de los cabellos. Sus dedos parecían esas pinzas metálicas de las maquinas para obtener un premio. La cabeza se le resbalaba de los dedos constantemente. Anthony tuvo que enredar sus dedos en los cabellos del sujeto decapitado para poder sostenerla con propiedad.

- Agatha; esta cabeza puede ser la solución de nuestros problemas. Puede decirnos donde están los pendientes.

- ¿Cómo carajos una cabeza puede…?

Agatha no completó su pregunta, se dio cuenta de lo que Anthony se refería. Su piel había recuperado su color natural solo para volver a palidecer. El horror había llegado a sus venas, para llegar directamente a su corazón lleno de colesterol. Recuerdos horrorosos pasaron por su mente. 

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Silla de ruedas


  

Daniela tocó la puerta de una casa, había un timbre, pero ella no lo notó. Una anciana le abrió la puerta. Sus ojos se enfocaron en el calvo de la silla de ruedas y la cicatriz de una cortada en la cabeza.

Daniela le contó la triste historia de su primo y su leucemia. La historia duró cinco minutos y Daniela no escatimó en los detalles. Le pidió un poco de dinero para su tratamiento. La anciana tuvo un bolso colgado en el cuello todo este tiempo. Daniela no le había quitado los ojos de encima. Ella lo abrió y sacó un monedero grueso. De dicho monedero sacó un billete de 20 soles. A ambos se le hicieron agua en la boca.

-          Muchas gracias. Mi hermano y yo estamos eternamente agradecidos.- dijo Daniela cuando el billete estaba a medio camino.

-          ¿Hermano? ¿No dijiste que era tu primo?

Daniela se quedó callada, con un rostro que decía: “Ya la he vuelto a cagar”.

-          Es mi primo hermano.- dijo Daniela intentando arreglar la situación, pero ya era demasiado tarde. El billete se les había escapado de las manos-

-          Daniela eres una…

La puerta se cerró.

-          Idiota.- concluyó Esteban, su novio.

Durante todo el día Daniela y Esteban estuvieron tocando de puerta en puerta, recorriendo mercados con un cartel que decía: “Tengo kancer, ayúdenme”. Ambos habían terminado la secundaria, pero pensaban que los analfabetos vendían más.

Varios intentos de estafas fueron arruinados por Daniela; y otros, por Esteban que se puso de pie para ayudar a una ancianita a buscar su monedero en su bolsa de compra. Aun así, consiguieron recaudar una cantidad aceptable, pero nada que ver con los 500 soles diarios que Daniela le había prometido.

-          Este país esta repleto de gente amable- explicó Daniela-. Y solo hace falta de dos hijos de puta tan habilidosos que sepan explotar esa amabilidad.

-          ¿Y nosotros somos esos hijos de puta?

-          Exactamente. En especial tú, digo tu madre literalmente es una…

-          No son necesarios los detalles.

-          No lo digo con malicia. Si existiera un premio de madres sin escrúpulos la mía lo ganaría. Se dedicaba a vender drogas en las escuelas.

Daniela todavía escuchaba la ultimas palabras que le dijo su madre, la leucemia se la llevó: “Tienes que hacer lo que sea con tal de conseguir dinero. En este mundo el dinero es lo más importante.” También le enseñó a preparar un delicioso pie de limón, eso también le fue mucho más útil.

Después de una jornada de trabajo explotando la amabilidad peruana la pareja de novios se dio un merecido descanso en una heladería. Daniela estaba comiendo una banana Split de chocolate, con fudre de chocolate y chispas de chocolate; y Esteban, un Milkshake de fresa. Se le veía muy incomodo en esa silla de ruedas.

-          Me duele el culo.

-          Estoy comiendo.

-          No sé de que hablas, si te gusta mirármelo todos los días. Apenas puedo sentarme de tantos pellizcos.

-          Que estoy comiendo.

Esteban trató de acomodarse en esa silla de ruedas sin éxito.

-          Que incomoda silla, ¿De donde la sacaste?

-          Estaba abandona cerca del puente. Solo la tomé.

-          Con razón. Debió estar abandonada por algún motivo. Mañana lo usas tú.

-          Creo que tú te has convertido en el usuario permanente de esa silla.- dijo Daniela con una sonrisa diabólica. Señaló su calva.

Esteban se imaginaba a si mismo cortándole el cabello negro y ondulado a su novia hasta dejarla como una bola de billar.

-          Podríamos ser “los hermanos leucemia”. Compartimos la enfermedad y compartimos la silla.

-          Esa es una buena idea.

-          ¿Entonces te vas a afeitar la cabeza?

-          Por supuesto que no.

Una camarera con cara de pocos amigos les entregó la cuenta. Daniela leyó detenidamente lo consumido y los precios. A pesar de que tenia suficiente dinero para pagar ella se puso de pie y gritó:

-          ¡Corre!

Se fue corriendo, Esteban trató de moverse con la silla de ruedas, pero esta se había atorado. “Maldita chatarra”, pensó.

-          ¿Qué diablos estoy haciendo?

Esteban se puso de pie y corrió como si el diablo lo persiguiera, alcanzó a su novia en unos segundos. Escaparon juntos.  

Daniela y Esteban Vivian en un piso pequeño, debían tres meses de renta. Dos porque con el dinero recaudado pudieron pagar uno. Con lo que quedaba compraron algo de comida y hierba.

-          ¿Por qué diablos hiciste eso? Teníamos dinero para pagar.

-          ¿Viste cuanto costaba el Banana Split? ¿Acaso esos tipos piensan que estamos hecho de oro?

-          Si, lo vi. Por eso pedí un Milkshake.

Esteban le pasó la pipa a Daniela. Ella lo encendió y aspiró todo el humo de la mariguana de golpe. Esto la calmó.

-          ¿Y ahora como vamos a seguir con el plan?

-          Podríamos usar unas escobas como muletas. Nos veríamos más pobres. Te aseguro que así nos darán más dinero.

-          Esto va a ser muy incómodo. Necesitamos una silla de ruedas.

-          Descuida, soy Daniela Méndez. Estoy acostumbrada a este tipo de problemas. Lo resolveré.

-          ¿Se lo vas a robar al vecino?

Daniela se puso la mano en los cachetes como el niño de Mi Pobre Angelito.

-          ¿Soy tan predecible?

El timbre interrumpió su conversación. Ninguno de los dos sabía que tenían timbre. ¿Este tipo de viviendas tienen timbre? Daniela abrió la puerta y vio la silla de ruedas, sola. Problema resuelto, pensó.

Ese problema se resolvió y otro más surgió.

La silla se ruedas avanzó a mucha velocidad, como si fuera un auto de carreras. Con el soporte para las manos golpeó a Daniela en el estómago. El golpe fue tan fuerte que Daniela se arrodilló, había perdido el aire. La silla se ruedas se detuvo en el centro de la sala.

-          Mira Daniela, la silla de ruedas ha regresado.- dijo Esteban entre risas, de su boca salía un humo espeso.

Daniela todavía se estaba recuperando cuando escuchó los gritos de auxilio de Esteban.

-          ¡Daniela. ¡Ayúdame!

Esteban estaba arrodillado en el asiento de la silla de ruedas. La silla de ruedas se había chocado con Esteban haciéndolo caer arrodillas dentro de ella. Daniela corrió lo más rápido que pudo, todavía seguía con dolor de estómago. La silla giraba y se movía por toda la habitación, chocando con los humildes muebles y tirando los humildes adornos. Para Esteban esto era como una atracción de feria, pero sin ninguna de las medidas de seguridad.

La silla de ruedas se detuvo. Daniela agarró a su novio de la cintura y jaló con todas sus fuerzas.

-          Daniela, ayúdame. Algo me retiene.

-          Cállate y empuja.

Daniela consiguió liberar a Esteban del fuerte agarre de la silla de ruedas. Ambos rodearon al aparato medico poniéndose en dos extremos. Agarraron a la silla de ruedas y la levantaron. La silla de ruedas intentaba liberarse, giraba sus ruedas cerca de la cara de Daniela. Ella creía que estaba frente a una lijadora automática. Aun así, se negaba a soltarla. Dieron un paso hacia la ventana, que estaba permanentemente abierta (era un infierno en invierno). Arrojaron la silla de ruedas por ahí.

Ambos vieron como la silla de ruedas se hacia pedazos. La pareja vivía en el quinto piso de un edificio de apartamentos.

-          Creo que deberíamos volver a los robos.

-          Totalmente de acuerdo.

Ambos se metieron a la cama. No pasó ni cinco minutos antes de que la silla de ruedas empezara a repararse sola. En diez minutos estaba completamente reparada. Se quedó ahí, en un callejón, junto a la basura. Esperando. Ideando un plan. Los gritos de una mujer aterrada interrumpieron sus pensamientos.

Un ladrón amenazaba a una mujer con un cuchillo oxidado, la mujer abrazaba su cartera con mucha fuerza.

-          Entrégame el dinero o te rebano la garganta.

Una figura completamente negra estaba sentada en la silla de ruedas. Se puso de pie. El ladrón estaba a menos de un metro de la silla de ruedas, podía alcanzarlo. Se movió con naturalidad, se tomó su tiempo. No le importaba la mujer. Agarró la cabeza y le rompió el cuello de un giro acelerado. La mujer soltó un grito y huyó, esta iba a ser una anécdota que contará por el resto de su vida: Esa noche en la que un negro desnudo le salvó la vida.

La figura negra tomó el cuchillo. Tenia una idea. Tenía un propósito: sentirse útil.

Daniela durmió más de 13 horas. Este era uno de los efectos secundarios de fumar hierba en exceso. Abrió los ojos, estiró los brazos y le dio un beso en la cabeza a su novio. Retiró sus labios de golpe. La cabeza de su novio estaba helada y tenia un regusto a sangre.

-          Amor mío, ¿Estas bien?

Daniela no necesitaba una respuesta, la tenia frente a ella. Un “NO” en mayúsculas. Esteban estaba echado bocabajo, sangrando y con un cuchillo clavado en la espalda.

-          ¿Esteban? ¿Cariño?- preguntó Daniela en shock y con los ojos bañados en lágrimas.

Escuchó el chillido de la silla de ruedas acercándose a ella. Daniela temblaba, tanto por la presencia de la silla de ruedas como por la persona que estaba sentada en ella. No se sabe si se le puede llamar “persona”.

“Ser” es un termino más apropiado.

El ser era negro, calvo, de estatura promedio y una musculatura aceptable.

-          ¿Quién eres tú?- preguntó Daniela, quien todavía estaba en shock.

-          Soy una manifestación del dueño de la silla de ruedas. El me construyó, para si mismo porque estaba paralizado de la cintura para abajo. Para mi jodida suerte murió de un derrame cerebral apenas terminó de crearme. Antes de morir me dijo: “encuentra a alguien que te necesite”. Eso es lo que he estado haciendo todos estos años.

-          ¿Tu mataste a mi novio?.- preguntó Daniela con la voz quebrada. Sus ojos estaban rojos y sus mejillas se habían convertido en una suave superficie para dos cascadas de lágrimas.

-          No quería matarlo, solo quería paralizarlo. Pero, se me pasó la mano y hundí el cuchillo más adentro de lo que debía. Descuida, contigo no me voy a equivocar. Voy…

Daniela lo hizo callarse la boca dándole un fuerte golpe en la cara. La manifestación se cubrió la boca. Sus ojos, blancos y furiosos, se fijaron en ella:

-          ¡Eso ha dolido!- le dio un puñetazo tan fuerte a Daniela, que la hizo ver todas las estrellas del firmamento. Su labio se hinchó de inmediato.

No le importó a Daniela. Ella corrió y se lanzó encima. Ahora mismo estaba comprometida, en cuerpo y alma, en matar a esa cosa. La manifestación la levantó, como si fueran bailarines de ballet, y la arrojó al suelo con brusquedad. Daniela respiraba con dificultad, todo el cuerpo le dolía.

-          Quédate ahí. Me aseguraré de que no te duela.

La manifestación caminó hasta el cuchillo, que estaba en la espalda de Esteban, y lo retiró sin decoro. Más de la mitad de la hoja estaba manchada de sangre. Cuando volteó vio que Daniela había desaparecido. La puerta estaba cerrada así que no salió por ahí, ¿Dónde pudo haber ido?

Daniela salió de la cocina, corriendo y sosteniendo un extintor. Un extintor que ella y Esteban habían robado del primer piso. Le traía muchos recuerdos agradables. La manifestación se cubrió el rostro esperando el golpe. No esperaba que Daniela tuviera otro objetivo a la vista: la silla de ruedas.

Daniela había perdido la razón, pero conservaba un poco de coherencia. Sabia que no podía hacer nada contra él, era demasiado poderoso. Así que decidió atacar a un adversario con el que si tenia una ventaja: la silla de ruedas.

Bajo su lógica si la silla de ruedas quedaba destruida, ya no podía ser utilizada. Tal vez la manifestación desaparecía, ojalá.  Le dio un golpe a una de las ruedas. La manifestación cayó al suelo. Se presionaba la rodilla como si hubiera recibido un disparo.

-          No hagas eso.- le exigió la manifestación.

Una despiadada sonrisa se formó en los labios de Daniela.

-          Así que te lastima, ¿Eh?

Daniela golpeó la silla de ruedas repetidas veces con el extintor. Los ruidos de los golpes y los gritos de dolor de la manifestación se mezclaban formando una sinfonía agradable para los oídos de Daniela. Los golpes continuaron, incluso cuando Daniela estuvo mortalmente cansada. Los golpes perdieron fuerza, pero ella no se detenía. Su insaciable sed de venganza la obligaba a continuar, aunque su cuerpo pidiera lo contrario.

La silla quedó inservible después de tanto castigo. Las ruedas quedaron separadas; el asiento, destrozado; el soporte de la espalda, hecho pedazos. Daniela soltó el extintor, porque sus brazos ya no podían levantarlo, y este cayó en su pie, en la punta de sus dedos.

Daniela se mordió el labio inferior para evitar gritar, no era el momento para eso. La manifestación había desaparecido. Daniela cojeo hasta la cocina y regresó con un costal, de cuando fingían ser ropavejeros. Puso las piezas de la silla de ruedas en el interior y amarró el costal. Lo arrojó por la ventana. Antes de salir tomó su abrigo, su cartera, su dinero y salió de su apartamento. Quería despedirse de Esteban, pero no pudo. Su voz estaba demasiado quebrada para hablar.

Bajó las escaleras a toda velocidad, de dos en dos. Si esteban estuviera aquí, vivo, esta seria una competencia para ver quien bajaba las escaleras más rápido. Casi siempre ganaba Esteban.

-          Yo te dejé ganar.- le decía Daniela apenas llegaba al primer piso, jadeando.

-          Lo que tu digas, Dani.

Como si fuera una ropavejera Daniela cargó el costal. Vio el cadáver del ladrón.

-          Este barrio si que es peligroso.- dijo.

Se dirigió al basurero más cercano. Aceleró el paso porque el costal se movía. Era como si tuviera un montón de animales vivos ahí dentro. El basurero estaba conformado por montañas de basura, un ecosistema de putrefacción y suciedad. Daniela puso el costal en el suelo.

-          Ni creas que te vas a librar de mí. Te encontraré y… ¿Qué es esto?

Daniela vacío casi toda una botella de pisco, se bebió lo que quedaba. Encendió su encendedor.

-          Cuidado, señores cavernícolas. Aquí llega el fuego.

Arrojó el encendedor al costal y este se prendió al instante. El fuego le cubrió en solo unos segundos. Daniela se hubiera quedado ahí hasta ver las cenizas. Pero los movimientos desesperados desde dentro del costal para evitar el fuego, y los gritos ahogados la pusieron nerviosa. Se dio la vuelta y corrió con sus piernas funcionales.

Epilogo.

Un año después, en una ciudad muy alejada de la capital, Daniela consiguió rehacer su vida, gracias a una nueva identidad. Ahora se llamaba María Juana Mundi. Trabajaba como mesera en un restaurante caro y estudiaba contabilidad por internet. Casi siempre le faltaba dinero. Eso lo solucionaba robando.

Vivía en un piso parecido al de antes, solo que más pequeño y con goteras. Se sentó en el sillón húmedo y encendió la televisión. Tenía una hora libre antes de que empezaran sus clases. Decidió invertirla viendo una telenovela turca que la tenía enganchada.

Antes de empezar sintió una mano negra le cubrió la boca. Daniela no pudo gritar. Sintió un pinchazo en el cuello que la adormeció de inmediato.

-          Te dije que te iba a encontrar.- le dijo la manifestación.

Soltó a Daniela y ella cayó en el sillón como un costal de ladrillos. No podía moverse. Este acercó la silla de ruedas, que estaba escondida detrás del sillón.

-          Su asiento esta listo, Madame.

En el asiento de la silla de ruedas había una sierra poco afilada.

Fin. 

domingo, 12 de septiembre de 2021

La quinta misión. Capítulo 13: El barco encallado


 

Agatha y Anthony caminaban por el suelo arenoso de la playa. De cuando en cuando pisaban unos inocentes moluscos. Ambos llevaban pesadas bolsas de cuero. Se sentían como unos doctores que iban a hacerle una consulta personal a un paciente, como ocurrían en las películas y series clásicas. Ambos estaban listos para una emergencia que no tenía nada que ver con la medicina.

Anthony era un ex estudiante de medicina. Expulsado de la universidad por traficar con los medicamentos. Después de ese incidente Anthony vagó por la ciudad haciendo todo tipo de trabajados para sobrevivir, hasta que se reencontró con Agatha, una amiga de la infancia, mientras trabajaba de obrero en una construcción. Anthony dejó la carretilla repleta de bolsas de construcción para saludad a su amiga de la infancia.

Ambos habían sido amigos durante la primera y la secundaria. Se distanciaron durante la universidad, tanto porque ambos llevaron dos carreras que no podían ser más opuestas, como que Anthony se tuvo que mudar a otra provincia par completas sus estudios.

Al volverse a mirarse las caras renació la amistad. No se habían visto en casi diez años. Anthony perdió un poco de peso y ganó algo de masa muscular debido a su trabajo de obrero y Agatha también perdió peso y ganó músculos, en las piernas debido a todas las caminatas que tuvo que hacer para ir a varias entrevistas de trabajo.

Mientras tomaban café y comían rebanadas de pie de manzana se pusieron al día. Una de las razones por las cuales su amistad era tan fuerte era por la honestidad que había entre los dos. Ambos se contaron sus miserias sin edulcorar. Hablaron durante horas, hasta que el compañero de trabajo de Anthony lo llamó. Le hizo un Ultimátum diciendo que si no regresaba al trabajo mejor que no regrese.

Se despidieron de un gran abrazo e intercambiaron números.

Pasaron los días y Anthony consiguió mantener su trabajo como obrero, al menos hasta que el edificio de apartamentos este completo. Recibió un mensaje de Agatha, ofreciéndole un trabajo. Anthony lo aceptó sin dudarlo. Gracias a sus aptitudes y unas noches con la tía de Agatha pudo conseguir el trabajo. Anthony se rio pensando que jamás en su vida había pensado en dedicarse en ayudar fantasmas (y eso que era fanático de las películas de los Caza fantasmas). Pero era mucho mejor que trabajar de obrero.

Los dos vieron el barco encallado e inclinado con una ligera confusión.

- ¿Estás seguro que es aquí?- preguntó Agatha.

- Siguiendo las coordenadas de tu tía estoy seguro en un 99,9% de que es aquí.

- ¿Y el 0,1%?

- Siempre hay fallas en las probabilidades.

- ¿Y qué estamos esperando? Empecemos de una vez.

Ambos abrieron sus respectivas maletas de cuero. Gracias a este nuevo trabajo tanto Anthony como Agatha pudieron sacar a la luz una faceta que tenían escondida: la de inventores. Anthony se encargaba del diseño y funcionamiento; y ambos los construyen.

El dúo consiguió crear algunos inventos que les facilitaron las misiones. Anthony sacó un par de lentes negros que tenían un foquito verde en el centro, una lata de pintura, una pequeña aspiradora y una linterna. Agatha sacó dos bates de Baseball.

Los lentes le permitían a Anthony ver a los fantasmas mas no comunicarse con ellos, ese era el trabajo de Agatha. Con los lentes puestos Anthony lo veía todo verde. El rostro verde de su amiga lucía como un espectro, sobre todo por la nariz blanquecino. Agatha agitó la lata de pintura varias y roció el líquido transparente en los bates de Baseball. Le entregó un bate a su amigo. Este le hizo un swing a una pelota imaginaria. De seguro no le dio y fue un strike pensó Agatha sonriendo.

Agatha levantó la aspiradora con suma facilidad. Antes usaban unas pesadas mochilas para esparcir la sal, era uno de sus primeros inventos. Pero lo descartaron a darse cuenta de lo pesados que eran. Ambos iban a terminar con una joroba con forma de media luna si seguían usándola. Después de unas agitadas elecciones y de una votación de dos votos contra cero Agatha y Anthony optaron por usar la pequeña aspiradora en su lugar.

La democracia había ganado.

- Todo parece estar en orden.- dijo Agatha.

Un brillo amarillento le llegó a la cara. Agatha se cubrió los ojos.

- ¿Qué estás haciendo estúpido?

- La linterna funciona a la perfección.

Ambos rezaron antes de entrar, era la costumbre. Nunca había funcionado. Jamás una entidad fuera de la establecida los había ayudado con sus problemas. Jamás habían experimentado lo que muchos llaman: “un milagro”. Solo lo hacían porque los hacia lucir más profesionales. Eso era lo único que les importaban.

Agatha y Anthony entraron al barco.

El dúo se estremeció al escuchar el crujido de la madera al dar el primer paso. Agatha se movió con pasos más cuidadosos como si estuviera moviéndose en la cuerda floja más ancha de la historia. Gracias a la linterna pudieron ver con claridad una parte de la sala del barco. Caminaron hasta uno de los bordes, Agatha encendió la aspiradora y comenzó a rociar sal por los suelos. Ambos hicieron un acuerdo de no separarse por nada del mundo.

Entraron al pasillo y continuaron rociando la sal. Agatha no vio a ningún fantasma, solo madera mohosa. Todo parecía estar tranquilo. Ambos se sintieron aliviados al respecto. La misión era simple y podrían completarla en unos minutos. Aunque Anthony no hubiera tenido problemas con tener un poco de acción. Pero Agatha, gracias a la experiencia de sus anteriores casos, creía que mientras menos acción tuviera mejor.

Mientras caminaban Agatha habló.

- Sé que un barco abandonado es el lugar menos adecuado para decir esto, pero es algo que ha estado dentro de mi durante mucho tiempo y tengo que sacarlo sino me voy a volver loca- Agatha tomó un poco de aire rancio-. Lo conocí cerca de la construcción, estaba comiendo de un platito. Fue amor a primera vista. No pude decírselo a nadie. Lo he guardado mucho tiempo dentro de mí, no pude decírselo a nadie- Agatha sonrió-. Creo que ahora es el momento adecuado- Agatha estaba tan enfrascada en sus palabras que no se dio cuenta que estaba rodeada por la oscuridad-. Quería saber su opinión. Hay un perrito muy hermoso en una tienda de mascotas y quería saber si…

Agatha se golpeó la cara con una pared, era el fin del pasillo. Cualquier intento de conversación había desaparecido de su sistema. Le dolía mucho la nariz. Maldijo a su amigo; unos segundos después lo extrañó. Agatha estaba completamente sola.

- Anthony, inútil ¿Dónde diablos estas?- preguntó con voz temblorosa.

Agatha caminó por el oscuro pasillo, tenía que encontrar a su amigo. La única compañía que tenía eran los ruidos de pasos y el sonido del espeso viento tratando de atravesar la madera. Con la compañía de Anthony los sonidos no la asustaban. Ahora el mínimo murmullo bastaba para convertir su cabello pelirrojo en una mata blanquecina. Hacia demasiado frio, a mala hora decidió ponerse una falda. Las rodillas le temblaban por el horror y viento que pasaba entre sus piernas.

Agatha trataba de calmarse dándose un par de bofetadas y diciéndose a su misma que se comportara de manera profesional al menos una vez en la vida. 

Un soplido en el oído bastó para hacerla temblar. Agatha escuchó risas. Alguien la empujó, Agatha por poco se cae al suelo. Las risas se incrementaron. Agatha miró a todos lados para ver quien la había empujado. Levantó el bate de baseball.

-          ¿Quién anda ahí? Tengo un bate de Baseball y sé como usarlo.- intentó amenazar Agatha.

Todo estaba tan oscuro que si incluso hubiera alguien no podría verlo. Agatha caminaba y escuchaba los sonidos de unos pasos haciendo un compa con los suyos. Agatha temblaba de miedo ante la idea de que hubiera alguien detrás de ella. Agatha se puso de espaldas contra una pared a su derecha. Había soltado la aspiradora cuando se golpeó la cara. Solo tenia el bate de baseball para protegerse.

Agatha recibió una palmada en el lado derecho de la cabeza. Volteo hacia la derecha. No había nadie. Recibió una palmada en el lado izquierdo de la cabeza. Volteó hacia la izquierda. Nadie. Volvió a recibir otra palmada, esta vez en la derecha. Agatha estaba tan asustada como irritada.

-          Basta. Esto no es divertido.

-          ¿Qué tal esto?

Agatha estaba parada detrás de una puerta. Varias manos salieron del otro lado, rompieron la puerta y la rodearon. La agarraron de los brazos y las piernas y la metieron dentro de la habitación con todo y puerta. Agatha soltó el bate, quiso gritar, pero una mano blanca y pegajosa le cubrió toda la cara.

La puerta regresó a su lugar.

Anthony estaba sentado en el suelo con la linterna en su boca. Estaba alumbrando sus pies. Se estaba amarrando los pasadores de sus zapatos. Era mucho más difícil cuando hay muy poca luz disponible. A Anthony le gustaba verse y sentirse elegante, y unos zapatos desamarrados le daban una mala imagen. Tenía que amarrarlos cueste lo que cueste. Después de varios intentos lo consiguió. Se sintió contento de tener unos zapatos bien amarrados.

- ¿Me decías Agatha? ¿Agatha?

Se dio cuenta demasiado tarde que estaba completamente solo en la entrada del pasillo. Se había quitado los lentes negros para poder ver mejor sus pasadores (con los lentes puestos se veían como serpientes deseando aparearse). Se los volvió a ver y alumbró al frente.

¡ESTAMPIDA!

Un hombre obeso y barbudo se acercó a él a excesiva velocidad. Lo golpeó con su hombro de tal forma que lo mandó volando. Anthony se elevó unos centímetros en el aire, esta no era la clase de “elevación” que le gustaba. Cayó de espaldas al suelo. Sintió que algunas de sus vertebras se salieron de su lugar.

Intentó levantarse, pero su mano derecha resbaló con un líquido espeso regresándolo al suelo. Anthony lo iluminó con la linterna. Se trataba de un cuerpo decapitado. Anthony gritó de miedo, solo se calló cuando el hombre obeso le dio un golpe en la cara. El hombre obeso miraba a Anthony divertido. Quería matarlo, pero no quería hacerlo de inmediato. Quería divertirse y Anthony era su juguete. Le causaba gracia el bate de baseball que sostenía. El pobre infeliz pensaba que podía defenderse.

En una pelea entre una persona y un fantasma (cosa que ocurre mucho más seguido de lo que piensan) siempre es el fantasma el que tiene toda la ventaja. El fantasma podía golpear a su oponente, pero el oponente no podía lastimarlo. Mucho menos matarlo.

- Vamos, dame tu mejor golpe flacucho de mierda.- le provocó el obeso barbón.

El obeso barbón se puso en posición de pelea poniendo los puños juntos. A Anthony le recordó mucho a la primera película de Rocky, si esta fuese sobre una pelea de vagabundos y no sobre un combate de boxeo profesional. Anthony no entendía nada de lo que el obeso barbón le decía. Todavía no había perfeccionado ningún dispositivo que le permitiera comunicarse con el espíritu.  

Una señal (el dedo corazón) bastó para que Anthony entendiera lo que el obeso barbón quería. Quería que le diera la paliza de su vida. Anthony levantó el bate de baseball y corrió hacia donde estaba el espectro y le dio un tremendo golpe en la boca. El gordo barbón retrocedió asombrado.

El golpe… el golpe… el golpe fue real.

Sintió como el bate

- Puedes lastimarme. Debo avisar…

El segundo golpe le hizo callarse. El tercero le impidió hablar adecuadamente. El fantasma cayó al suelo. Vio a Anthony parado, con una sonrisa sádica y el bate de Baseball en su hombro. Era la primera vez que una fantasma tenía miedo de una persona. Y Anthony apenas había comenzado.

- Eshpera, eshpera…

- No entiendo nada de lo que dices, pero estoy seguro que esto es lo que quieres.

Anthony siguió golpeándolo. No se detuvo cuando el gordo barbón dejó de moverse. Se detuvo cuando se cansó. Tomó un descanso, tomó su refrigerio (Agatha preparó sándwiches), recuperó la energía y la lluvia de golpes continuó.

No recordaba haber disfrutado tanto golpeando a alguien desde el día que golpeó a Ricardo Ángeles, el abusivo del colegio, varias veces con su lonchera de Spiderman. Se cansó después del golpe número diez. Un compañero le dio un poco de leche chocolatada mientras descansaba sentado en una esquina. Una vez recuperado continuó con dos golpes más.

Hubieran sido tres si el profesor no le hubiera quitado la lonchera. Tenía ocho años y Ricardo Ángeles, trece. Anthony con las justas le llegaba al pecho. Le dio una patada en los huevos para bajar su cabeza a su nivel. Después le golpeó en la cara con la lonchera. Ese fue el único golpe que le dio en la cara, dejándole una pequeña cicatriz en la ceja derecha. Los demás golpes fueron en la espalda, el brazo y el hombro.

Lo castigaron con una suspensión de una semana y un par de horas después de clases. Cuando entró a la sala de castigo se dio cuenta de que no estaba solo. Una niña estaba sentada en una esquina. Se sentó a su lado.

- Hola.

- Hola.  

Después de ese saludo desinteresado ambos quedaron en silencio. La niña estaba leyendo un libro de R.L Stine, un autor de terror infantil y juvenil. La historia era sobre un fantasma que asechaba una escuela.

- ¿Por qué estás aquí?- preguntó Anthony. Estaba tan aburrido que quería hacer una conversación.

- Le jalé los cabellos a María Susana, la niña más caprichosa, egoísta, irritante y fastidiosa que conozco. Wendy me había advertido que primero debí lavarme las manos antes de jalarle los cabellos- la niña se rio un poco-. Es que tenia las manos llenas de pegamento por la clase de arte.   

La niña levantó las manos revelando unos mechones rubios en ambas palmas.

- ¿Y tú porque estás aquí?

- Mas o menos lo mismo. Golpee a un abusivo en la cara con una lonchera.

- Increíble.

Anthony sacó su lonchera y la puso encima de su pupitre. Esta tenia el cierre destruido, una de las esquinas era casi inexistente y el rostro de tu amigable vecino, el hombre araña, destruido. Con un toque abrió la lonchera. Dentro había unos sándwiches de jamón. Le entregó uno a la niña.

- Gracias- le dio una mordida y con la boca llena dijo:-. Soy Agatha.

- Soy Anthony.

Anthony estaba cansado, de nuevo. Del fantasma del gordo barbón solo quedaba un lago verde que burbujeaba constantemente. Anthony jadeaba de la fatiga. Se secó la frente con su manga. Sonrió con levedad, como si fuera una persona enferma tratando de animar a quien lo cuida todos los días.

- Misión cumplida.

Dejó de sonreír cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando. Si había un fantasma en un lugar abandonado siempre había grandes posibilidades de que hubiera dos, quizá tres. Corrió al interior del pasillo.

- ¡Agatha!

Anthony vio una puerta mal puesta. La abrió de una patada como un policía en una película americana. Lo que vio le hizo querer llamar a unos esfuerzos inexistentes. Unos diez espectros rodeaban a Agatha en forma de media luna. Uno de ellos sostenía su bate de baseball. Ella estaba colgada de una pierna. Parecía una piñata. Su cuerpo tenía algunas magulladuras.

- ¿Podrías ayudarme?- pidió Agatha con una voz de borracha, el estar colgada bocabajo le causaba mareos.

- Suéltenla inmediatamente.- ordenó deseando que no hayan notado el temblor de su voz.