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lunes, 11 de octubre de 2021

La quinta misión. Capitulo 14: Diez fantasmas


 

Anthony contó a diez espectros, que estaban parados en un medio circulo con una expresión divertida, como espectadores de una fiesta en la que tenían que romper la piñata (Agatha). Estos eran un sujeto demasiado delgado para su propio bien que vestía unos pantalones rasgados, permanentemente mojados; un sujeto disfrazado de Santa Claus; una niña con un vestido morado antiguo; un calvo obeso con una larga barba a lo Gandalf; una adolescente delgada con unos shorts rojos y una blusa amarilla que parecían venir de los años 70; una mujer de mediana edad, delgada, y con un cabello inexistente; un hombre alto y con un traje elegante; un hombre vestido con el uniforme de la marina de guerra del Perú cuyas piernas fueron arrancadas por unos poderosos mordiscos; un joven adulto con una amplia cabellera negra y con una playera que tenía el logo de un grupo de Metal imposible de leer y un hombre delgado, de mirada asesina y que no dejaba de tocarse la entrepierna.

-          Suéltenla inmediatamente.- ordenó Anthony, deseando que no hayan notado el temblor de su voz.

Santa Claus era el sujeto que sostenía la cuerda. Obedeció y la soltó. Agatha cayó a un suelo sin colchoneta. Anthony corrió y le dio un golpe al naufrago de los pantalones mojados. Los demás fueron en su defensa y se unieron a la pelea. Anthony golpeaba a los que podía, pero eran diez contra uno. Una batalla perdida.

Perdida con ganas porque uno de ellos tenía el bate de Baseball.

A Agatha le dolía la espalda, como si alguien hubiera hecho explotar unos fuegos artificiales muy cerca de ella. Se levantó como pudo, sacó una lata de pintura del bolsillo trasero de su falda, agarró una silla que tenía más cercana, la roció con la pintura y la levantó. Corrió con una furia vengativa hacia el primer espectro que sus ojos, casi morados, vieron: la niña de diez años. Le dio un golpe tan fuerte que rompió la silla. La niña se desmayó.

Continuó con los demás. Le dio un golpe en la cara a la adolescente de ropa setentera. El hombre alto del traje de negocios era el que tenía el bate de Baseball, se imaginó a Agatha con el rostro de su mejor amigo, que lo envenenó para darle unos golpes con más rabia. Agatha le atravesó la pata de la silla con mucha fuerza. No bastó para lastimarlo, pero si para sorprenderlo. Soltó el bate de Baseball, Agatha lo tomó rápidamente. Primero le dio un golpe en la rodilla, que lo hizo caer, luego en el hombro y finalmente en la cabeza.

Agatha golpeaba a sus víctimas con una furia salvaje.

Anthony aprovechó que el número de espectros se redujo para ponerse de pie, no soltó el bate de Baseball sin importar cuantos lo golpearan y lo patearan. Anthony golpeó a cada espectro que se encontrara. Anthony era mucho más fuerte que Agatha así que sus golpes lastimaban con más ferocidad a los espectros, quienes no estaban acostumbrados al dolor (no lo habían sentido en décadas)

- ¿Quién sigue?- exclamó Agatha-. Puedo hacerlo toda la noche- levantó el bate de Baseball para demostrarlo.

El fantasma sin piernas le quitó el bate de baseball con suma facilidad y lo arrojó muy lejos. Agatha volteó, desarmada, y le mostró una sonrisa tímida como si estuviera diciendo: Estaba bromeando. El marine la agarró del cuello y la levantó. Voló un poco para mantenerse fuera del alcance de Anthony.

Los ojos del fantasma eran blancos, pero transmitían tanto odio que asustaban a Agatha.

- Debimos matarte apenas te encontramos. Tu delicioso cuerpo formaría parte de nuestro control.

Anthony también tenía una lata de pintura en su bolsillo, mucho más pequeña que la de Agatha. Anthony tenía tantas cosas en los variados bolsillos de su casaca (en su mayoría drogas). Entre ella un pequeño cuchillo. Lo roció con pintura. Corrió y apuñaló al fantasma en la rodilla con todas sus fuerzas. El fantasma soltó a Agatha. Esta vez no cayó al suelo, sino en los brazos de Anthony. Pero este con la lata de pintura y ambos cayeron al piso.

El fantasma se acercó volando a la cara de Anthony. Este aprovechó para apuñalarle en la cara. La hoja del cuchillo atravesó su boca. El fantasma se alejó para intentar quitar el cuchillo.

-          ¡Oye, Caracortada!- exclamó Agatha, este levantó la cara. Agatha le dio un fuerte golpe en la cabeza con el bate de Baseball.

Anthony se levantó y se puso al lado de su amiga. Todos los fantasmas estaban lastimados en el suelo.

- Es hora de encerrarlos- dijo Agatha-. ¿Dónde están la botella y el libro?

- ¿Que?- preguntó Anthony, quien deseaba tener una bolsa de hielo.

Agatha repitió la pregunta. Los fantasmas burbujeaban.

- Creí que te tocaba traerlos a ti.

- Siempre los traes tú.

- Deben estar en el auto. Voy por ellos- se ofreció Anthony-. Tú cuida de los fantasmas.

- Olvídalo. Yo voy por ellos, tú cuida de los fantasmas.

Ninguno de los dos estaba dispuesto a dar su brazo a torcer en esta discusión, discusión que tenía que terminar rápido porque los fantasmas se estaban regenerando. Los golpes solo servían para retenerlos, mas no para matarlos.

Es imposible matar a un fantasma.

- Vamos los dos, ¿De acuerdo?

Agatha y Anthony se tardaron unos cinco minutos en ir y venir con el maletín negro que estaba dentro del auto, dejaron todas las demás cosas menos los bates de baseball. Dentro solo había una botella de vino (que Agatha escribió “Propiedad de Gloria BELTRAN” en la etiqueta) y un libro negro, que adornaría perfectamente una iglesia satanista.

Anthony puso la botella en el suelo, al lado de los fantasmas, y la rodeo con sal. Agatha se puso a leer el libro. Era un libro de hechizos antiguos que Gloria Beltrán había conseguido en una subasta (le costó más de 1000 soles). Agatha solo pudo aprender ese conjuro, se requerían años de estudio y entrenamiento aprender los demás.

Gloria se sorprendió de lo rápido que había aprendido ese conjuro, en menos de un mes. Si estudiaba con mucha dedicación podría aprender todos los conjuros del libro en un año. Agatha leía el conjuro con una fluidez sorprendente. Los fantasmas se elevaron y formaron un pequeño tornado que se direccionó a la boca de la botella. Agatha y Anthony escucharon varios gritos desgarradores venir desde dentro del tornado.

- No sé por qué gritan tanto.- comentó Anthony.

- Yo tampoco entiendo. Solo los vamos a encerrar en una botella por el resto de la eternidad, o hasta que la botella se biodegrade que será dentro…- Agatha se puso a hacer unos cálculos.

- Unos cien años a lo mucho.  

El tornado se introdujo dentro de la botella dejando solo un líquido negro. La botella solo se había llenado en su cuarta parte. Anthony la cerró con un corcho y la levantó la botella en señal de orgullo. Con lo mucho que les había costado encerrar a esos desgraciados. Casi estuvo a punto de decir: “Misión cumplida” hasta que se dio cuenta que esa no era la verdadera misión. Aunque sin fantasmas asechando por ahí los dos podrían buscar los pendientes con más tranquilidad.

Buscaron por todas las habitaciones del pequeño barco. Había varias habitaciones compartidas con dos o tres canas, una cocina mugrosa y un salón de juegos con un Monopolio a la mitad. Una de las puertas decía: “Almacén”, al abrirla se toparon con varias cajas con nombres en chino y unas fechas anteriores a 1991. Apenas pusieron un pie varias ratas se fueron corriendo, los intrusos las aterraban.

Agatha quería saltar y caer en los brazos protectores de Anthony.

Anthony también quería hacer lo mismo.

- Aquí no está.

- No, aquí no hay nada.

Solo faltaba una habitación, la que estaba al fondo a la derecha. La puerta estaba junta. Al abrirla se dieron cuenta que esta era la única habitación decorada. Las paredes estaban pintadas de un blanco descolorido; los suelos estaban barnizados y había ocho posters de las ocho películas de Harry Potter.

Buscaron por todos los rincones del lugar. Abrieron los cajones de la cómoda y revisaron debajo de la cama. Nada. Agatha levantó el colchón y se quedó ante lo que encontró.

Diez cráneos humanos.

- Estamos en la cama de un psicópata.

- Y de un fan de Harry Potter.- Anthony le mostró un cajón repleto con los siete libros de la saga literaria del niño mago. Todos firmados por su autora J.K Rowling.

Agatha, curiosa como siempre, agarró uno de los cráneos. Sus ojos se pusieron en blanco. Al parpadear fue transportada a otra época. Seguía estando en la misma habitación, pero mucho más limpia y ordenada. Agatha usaba otra ropa: una blusa blanca rasgada y una falda gris de tela cortada en uno de los lados. Sostenía un cuchillo de cocina, podía sentir el peso en su mano.

La persona que estaba parada frente a ella tenía los brazos levantados. Usaba una máscara roja que lo hacía lucir como un asesino de película de terror, o un supervillano de DC Comics. No usaba camisa. Sus abdominales estaban marcados. Este sujeto debe ir al gimnasio unas dos horas al día sin faltar, pensó.

Si Agatha no hubiera estado en una situación de vida o muerte (más muerte que vida) hubiera a si misma comiendo tallarines verdes en su pecho. El hombre de la máscara roja se le acercó. Estaban los dos solos. Agatha pensó en Anthony entrando a la puerta como un aliado y entre los dos le darían su merecido a este sujeto.

Como él se estaba demorando Agatha tuvo que actuar por su cuenta.

- ¡No te acerques!- exclamó asustada. Agatha retrocedió un paso al ver que el hombre de la máscara roja no obedecía. El cuchillo bailaba en sus manos sudorosas.

El hombre de la máscara roja levantó las manos y las puso detrás de su cabeza como si estuviera en una detención policiaca. Agatha se sintió más calmada. Esa calma se esfumó por completo al ver que el hombre dio otro paso al frente.

- ¡Te dije que te quedaras quieto!

Otro paso.

-          Te lo advierto.

El hombre de la máscara roja estaba tan cerca que Agatha pudo oler su loción para afeitar, le dio nauseas. El hombre no le dio otra opción. Tenía que apuñalarlo. Agatha buscó un lugar no letal para clavarle el cuchillo, no quería ser autora de un asesino. Eso la dificultaría considerablemente para conseguir otro trabajo.

Le apuñaló en el estómago.

El hombre comenzó a reírse, era la risa de un monstruo despiadado. Dio otro paso y el cuchillo se hundió aún más en su pecho. Agatha se sorprendió que no saliera sangre del vientre de ese hombre. Otra prueba de que no era humano, o tal vez…

Agatha levantó el cuchillo y pasó el dedo por la punta, no tenía filo. La hoja del cuchillo se hundió dentro del mango apenas hizo un poco de presión.

-          Parece real, ¿no?

Al ver que Agatha estaba indefensa el hombre de la máscara roja sacó un cuchillo de sus pantalones, muy parecido al que tenía en la mano, pero mucho más afilado.

- Este si es real.- lo comprobó pasando su dedo por la hoja, dejó una manchita roja.

El hombre de la mascara roja le dio un golpe en la cara, tan fuerte que le sacudió toda la neurona a Agatha. El golpe fue real, Agatha sintió mucho dolor. Ni siquiera los golpes de los fantasmas fueron tan dolorosos. Cayó al suelo, estaba apunto de perder el conocimiento. Vio como horror la jeringa.

- Adrenalina. No quiero que te desmayes, cariño. Hay mucho por hacer.

La aguja atravesó su piel, el liquido transparente entró a su sistema. Agatha abrió los ojos, se sentía más viva que nunca, con ganas de hacer muchas cosas. Tenía una agenda repleta. No podía moverse, el sujeto de la mascara roja estaba encima de ella. Agarró el cabello de Agatha y presionó su cabeza contra el suelo. Acercó el cuchillo hasta su cuello.

 Agatha soltó un grito que hizo que las paredes temblaran. Anthony saltó del miedo. Le quitó el cráneo y lo arrojó como si fuera una pelota de futbol americano. Chocó contra una pared causándole una rajadura. Agatha estaba temblando y llorando.

- ¿Qué te pasó?- le preguntó visiblemente preocupado.

- Lo vi: un hombre. Una máscara. Un cuchillo. Todo fue tan real.

Agatha no podía mover su hombro, le dolía bastante a pesar de no tener una herida visible ahí. Estaba temblando como un epiléptico tratando de bailar, las lágrimas salían como una catarata. Necesitaba confort. Anthony la abrazó con fuerza y protección.

- Descuida, ya pasó. Estoy aquí y me voy a asegurar que nada malo te pase.

Agatha no respondió. Lo abrazó con más fuerza, pudo escuchar los latidos de su corazón. Disfrutó del momento. El momento terminó cuando Anthony la separó. Agatha se sentía más calmada, quería comer un helado de chocolate. Eso siempre la animaba.

- No está- confirmó Anthony-. No esta dentro de esta habitación, pero los pendientes estuvieron aquí alguna vez. De eso estoy seguro.

Anthony le entregó un pañuelo a Agatha. Ella lo usó para limpiarse las lágrimas.

- ¿Cómo lo sabes?- preguntó Agatha con un mejor ánimo. Quería terminar este trabajo de una maldita vez para volver a casa, ver una película y comer un gran bol de helado de chocolate.

- La cómoda esta polvorienta, salvo por este cajón.- Anthony señaló el cuarto cajón de la cómoda, cuya perilla se veía un poco más limpia. Había huellas de dedos ahí.

La pista número dos era una cajita roja, donde pudieron caber los pendientes. La pista número tres era un zapato negro femenino con el tacón destruido. La pista número cuatro era el tacón.

- Alguien estuvo aquí y tomó esos pendientes.

Agatha examinó el zapato. Era de marca y era muy bonito, incluso se lo probó.

- Oye, eso pudo haberlo usado… eso.- le advirtió Anthony señalando el cráneo.

- Tengo cara de que me importe - los ojos de Agatha todavía seguían estando rojos. Agatha sonrió-. Mira, me quedan. ¿Y quien fue el que tomó los pendientes?

- ¿Qué fue lo que viste al tocar ese cráneo?

Agatha le contó todo lo que vio con el mayor lujo de detalle: El hombre de abdominales marcados de la mascara roja, el cuchillo, el cuchillo de broma, el golpe, la adrenalina. No solo lo que vio; también lo que sintió. El dolor del golpe, la hinchazón de un parpado, el desagradable olor a perfume barato que impregnaba todo el lugar. Lo peor de todo: el cuchillo atravesando su cuello.

- Ese sujeto me estaba decapitando viva. Pude sentir unos agonizantes minutos de dolor. Luego todo se volvió negro y regresé aquí.

- Decapitado, ¿eh? Creo que tengo una idea para una solución.

Agatha vio el cadáver decapitado pensando: Y yo que creí que era un costal de papas.

- ¿Cuándo me ibas a decir que habías encontrado un cadáver?- le recriminó Agatha.

- Esperaba que nunca.- le respondió Anthony desde el otro lado de la habitación. Estaba buscando algo.

El cadáver todavía seguía estando fresco, lo habrán asesinado hace unas horas. El corte fue muy irregular. No fue hecho por un profesional, pero si por alguien con mucha experiencia en el campo. Agatha maldijo en voz alta mientras se tocaba el cuello. Deseaba que no fuera el caso, pero parece que el sujeto de la máscara, de alguna forma, esta involucrado en esto.

- ¡Lo encontré!

Anthony le mostró la cabeza decapitada, se podía ver el cuello sobresaliendo de la carne. Uno de sus ojos estaba abierto, sus labios estaban morados. Anthony le acercó la cabeza demasiado a Agatha, daba la impresión que quería que le diera un beso francés al cadáver.

- ¡Aleja esa cosa de mi cara!- Agatha le dio una cachetada al cadáver haciendo que Anthony suelte la cabeza sin querer. Ambos escucharon el sonido de la cabeza estrellándose contra el suelo. Ambos esperaban que la cabeza rebotase como un balón, Anthony tenia las manos levantadas esperando para recibirla.

Anthony levantó la cabeza agarrándola de los cabellos. Sus dedos parecían esas pinzas metálicas de las maquinas para obtener un premio. La cabeza se le resbalaba de los dedos constantemente. Anthony tuvo que enredar sus dedos en los cabellos del sujeto decapitado para poder sostenerla con propiedad.

- Agatha; esta cabeza puede ser la solución de nuestros problemas. Puede decirnos donde están los pendientes.

- ¿Cómo carajos una cabeza puede…?

Agatha no completó su pregunta, se dio cuenta de lo que Anthony se refería. Su piel había recuperado su color natural solo para volver a palidecer. El horror había llegado a sus venas, para llegar directamente a su corazón lleno de colesterol. Recuerdos horrorosos pasaron por su mente. 

domingo, 12 de septiembre de 2021

La quinta misión. Capítulo 13: El barco encallado


 

Agatha y Anthony caminaban por el suelo arenoso de la playa. De cuando en cuando pisaban unos inocentes moluscos. Ambos llevaban pesadas bolsas de cuero. Se sentían como unos doctores que iban a hacerle una consulta personal a un paciente, como ocurrían en las películas y series clásicas. Ambos estaban listos para una emergencia que no tenía nada que ver con la medicina.

Anthony era un ex estudiante de medicina. Expulsado de la universidad por traficar con los medicamentos. Después de ese incidente Anthony vagó por la ciudad haciendo todo tipo de trabajados para sobrevivir, hasta que se reencontró con Agatha, una amiga de la infancia, mientras trabajaba de obrero en una construcción. Anthony dejó la carretilla repleta de bolsas de construcción para saludad a su amiga de la infancia.

Ambos habían sido amigos durante la primera y la secundaria. Se distanciaron durante la universidad, tanto porque ambos llevaron dos carreras que no podían ser más opuestas, como que Anthony se tuvo que mudar a otra provincia par completas sus estudios.

Al volverse a mirarse las caras renació la amistad. No se habían visto en casi diez años. Anthony perdió un poco de peso y ganó algo de masa muscular debido a su trabajo de obrero y Agatha también perdió peso y ganó músculos, en las piernas debido a todas las caminatas que tuvo que hacer para ir a varias entrevistas de trabajo.

Mientras tomaban café y comían rebanadas de pie de manzana se pusieron al día. Una de las razones por las cuales su amistad era tan fuerte era por la honestidad que había entre los dos. Ambos se contaron sus miserias sin edulcorar. Hablaron durante horas, hasta que el compañero de trabajo de Anthony lo llamó. Le hizo un Ultimátum diciendo que si no regresaba al trabajo mejor que no regrese.

Se despidieron de un gran abrazo e intercambiaron números.

Pasaron los días y Anthony consiguió mantener su trabajo como obrero, al menos hasta que el edificio de apartamentos este completo. Recibió un mensaje de Agatha, ofreciéndole un trabajo. Anthony lo aceptó sin dudarlo. Gracias a sus aptitudes y unas noches con la tía de Agatha pudo conseguir el trabajo. Anthony se rio pensando que jamás en su vida había pensado en dedicarse en ayudar fantasmas (y eso que era fanático de las películas de los Caza fantasmas). Pero era mucho mejor que trabajar de obrero.

Los dos vieron el barco encallado e inclinado con una ligera confusión.

- ¿Estás seguro que es aquí?- preguntó Agatha.

- Siguiendo las coordenadas de tu tía estoy seguro en un 99,9% de que es aquí.

- ¿Y el 0,1%?

- Siempre hay fallas en las probabilidades.

- ¿Y qué estamos esperando? Empecemos de una vez.

Ambos abrieron sus respectivas maletas de cuero. Gracias a este nuevo trabajo tanto Anthony como Agatha pudieron sacar a la luz una faceta que tenían escondida: la de inventores. Anthony se encargaba del diseño y funcionamiento; y ambos los construyen.

El dúo consiguió crear algunos inventos que les facilitaron las misiones. Anthony sacó un par de lentes negros que tenían un foquito verde en el centro, una lata de pintura, una pequeña aspiradora y una linterna. Agatha sacó dos bates de Baseball.

Los lentes le permitían a Anthony ver a los fantasmas mas no comunicarse con ellos, ese era el trabajo de Agatha. Con los lentes puestos Anthony lo veía todo verde. El rostro verde de su amiga lucía como un espectro, sobre todo por la nariz blanquecino. Agatha agitó la lata de pintura varias y roció el líquido transparente en los bates de Baseball. Le entregó un bate a su amigo. Este le hizo un swing a una pelota imaginaria. De seguro no le dio y fue un strike pensó Agatha sonriendo.

Agatha levantó la aspiradora con suma facilidad. Antes usaban unas pesadas mochilas para esparcir la sal, era uno de sus primeros inventos. Pero lo descartaron a darse cuenta de lo pesados que eran. Ambos iban a terminar con una joroba con forma de media luna si seguían usándola. Después de unas agitadas elecciones y de una votación de dos votos contra cero Agatha y Anthony optaron por usar la pequeña aspiradora en su lugar.

La democracia había ganado.

- Todo parece estar en orden.- dijo Agatha.

Un brillo amarillento le llegó a la cara. Agatha se cubrió los ojos.

- ¿Qué estás haciendo estúpido?

- La linterna funciona a la perfección.

Ambos rezaron antes de entrar, era la costumbre. Nunca había funcionado. Jamás una entidad fuera de la establecida los había ayudado con sus problemas. Jamás habían experimentado lo que muchos llaman: “un milagro”. Solo lo hacían porque los hacia lucir más profesionales. Eso era lo único que les importaban.

Agatha y Anthony entraron al barco.

El dúo se estremeció al escuchar el crujido de la madera al dar el primer paso. Agatha se movió con pasos más cuidadosos como si estuviera moviéndose en la cuerda floja más ancha de la historia. Gracias a la linterna pudieron ver con claridad una parte de la sala del barco. Caminaron hasta uno de los bordes, Agatha encendió la aspiradora y comenzó a rociar sal por los suelos. Ambos hicieron un acuerdo de no separarse por nada del mundo.

Entraron al pasillo y continuaron rociando la sal. Agatha no vio a ningún fantasma, solo madera mohosa. Todo parecía estar tranquilo. Ambos se sintieron aliviados al respecto. La misión era simple y podrían completarla en unos minutos. Aunque Anthony no hubiera tenido problemas con tener un poco de acción. Pero Agatha, gracias a la experiencia de sus anteriores casos, creía que mientras menos acción tuviera mejor.

Mientras caminaban Agatha habló.

- Sé que un barco abandonado es el lugar menos adecuado para decir esto, pero es algo que ha estado dentro de mi durante mucho tiempo y tengo que sacarlo sino me voy a volver loca- Agatha tomó un poco de aire rancio-. Lo conocí cerca de la construcción, estaba comiendo de un platito. Fue amor a primera vista. No pude decírselo a nadie. Lo he guardado mucho tiempo dentro de mí, no pude decírselo a nadie- Agatha sonrió-. Creo que ahora es el momento adecuado- Agatha estaba tan enfrascada en sus palabras que no se dio cuenta que estaba rodeada por la oscuridad-. Quería saber su opinión. Hay un perrito muy hermoso en una tienda de mascotas y quería saber si…

Agatha se golpeó la cara con una pared, era el fin del pasillo. Cualquier intento de conversación había desaparecido de su sistema. Le dolía mucho la nariz. Maldijo a su amigo; unos segundos después lo extrañó. Agatha estaba completamente sola.

- Anthony, inútil ¿Dónde diablos estas?- preguntó con voz temblorosa.

Agatha caminó por el oscuro pasillo, tenía que encontrar a su amigo. La única compañía que tenía eran los ruidos de pasos y el sonido del espeso viento tratando de atravesar la madera. Con la compañía de Anthony los sonidos no la asustaban. Ahora el mínimo murmullo bastaba para convertir su cabello pelirrojo en una mata blanquecina. Hacia demasiado frio, a mala hora decidió ponerse una falda. Las rodillas le temblaban por el horror y viento que pasaba entre sus piernas.

Agatha trataba de calmarse dándose un par de bofetadas y diciéndose a su misma que se comportara de manera profesional al menos una vez en la vida. 

Un soplido en el oído bastó para hacerla temblar. Agatha escuchó risas. Alguien la empujó, Agatha por poco se cae al suelo. Las risas se incrementaron. Agatha miró a todos lados para ver quien la había empujado. Levantó el bate de baseball.

-          ¿Quién anda ahí? Tengo un bate de Baseball y sé como usarlo.- intentó amenazar Agatha.

Todo estaba tan oscuro que si incluso hubiera alguien no podría verlo. Agatha caminaba y escuchaba los sonidos de unos pasos haciendo un compa con los suyos. Agatha temblaba de miedo ante la idea de que hubiera alguien detrás de ella. Agatha se puso de espaldas contra una pared a su derecha. Había soltado la aspiradora cuando se golpeó la cara. Solo tenia el bate de baseball para protegerse.

Agatha recibió una palmada en el lado derecho de la cabeza. Volteo hacia la derecha. No había nadie. Recibió una palmada en el lado izquierdo de la cabeza. Volteó hacia la izquierda. Nadie. Volvió a recibir otra palmada, esta vez en la derecha. Agatha estaba tan asustada como irritada.

-          Basta. Esto no es divertido.

-          ¿Qué tal esto?

Agatha estaba parada detrás de una puerta. Varias manos salieron del otro lado, rompieron la puerta y la rodearon. La agarraron de los brazos y las piernas y la metieron dentro de la habitación con todo y puerta. Agatha soltó el bate, quiso gritar, pero una mano blanca y pegajosa le cubrió toda la cara.

La puerta regresó a su lugar.

Anthony estaba sentado en el suelo con la linterna en su boca. Estaba alumbrando sus pies. Se estaba amarrando los pasadores de sus zapatos. Era mucho más difícil cuando hay muy poca luz disponible. A Anthony le gustaba verse y sentirse elegante, y unos zapatos desamarrados le daban una mala imagen. Tenía que amarrarlos cueste lo que cueste. Después de varios intentos lo consiguió. Se sintió contento de tener unos zapatos bien amarrados.

- ¿Me decías Agatha? ¿Agatha?

Se dio cuenta demasiado tarde que estaba completamente solo en la entrada del pasillo. Se había quitado los lentes negros para poder ver mejor sus pasadores (con los lentes puestos se veían como serpientes deseando aparearse). Se los volvió a ver y alumbró al frente.

¡ESTAMPIDA!

Un hombre obeso y barbudo se acercó a él a excesiva velocidad. Lo golpeó con su hombro de tal forma que lo mandó volando. Anthony se elevó unos centímetros en el aire, esta no era la clase de “elevación” que le gustaba. Cayó de espaldas al suelo. Sintió que algunas de sus vertebras se salieron de su lugar.

Intentó levantarse, pero su mano derecha resbaló con un líquido espeso regresándolo al suelo. Anthony lo iluminó con la linterna. Se trataba de un cuerpo decapitado. Anthony gritó de miedo, solo se calló cuando el hombre obeso le dio un golpe en la cara. El hombre obeso miraba a Anthony divertido. Quería matarlo, pero no quería hacerlo de inmediato. Quería divertirse y Anthony era su juguete. Le causaba gracia el bate de baseball que sostenía. El pobre infeliz pensaba que podía defenderse.

En una pelea entre una persona y un fantasma (cosa que ocurre mucho más seguido de lo que piensan) siempre es el fantasma el que tiene toda la ventaja. El fantasma podía golpear a su oponente, pero el oponente no podía lastimarlo. Mucho menos matarlo.

- Vamos, dame tu mejor golpe flacucho de mierda.- le provocó el obeso barbón.

El obeso barbón se puso en posición de pelea poniendo los puños juntos. A Anthony le recordó mucho a la primera película de Rocky, si esta fuese sobre una pelea de vagabundos y no sobre un combate de boxeo profesional. Anthony no entendía nada de lo que el obeso barbón le decía. Todavía no había perfeccionado ningún dispositivo que le permitiera comunicarse con el espíritu.  

Una señal (el dedo corazón) bastó para que Anthony entendiera lo que el obeso barbón quería. Quería que le diera la paliza de su vida. Anthony levantó el bate de baseball y corrió hacia donde estaba el espectro y le dio un tremendo golpe en la boca. El gordo barbón retrocedió asombrado.

El golpe… el golpe… el golpe fue real.

Sintió como el bate

- Puedes lastimarme. Debo avisar…

El segundo golpe le hizo callarse. El tercero le impidió hablar adecuadamente. El fantasma cayó al suelo. Vio a Anthony parado, con una sonrisa sádica y el bate de Baseball en su hombro. Era la primera vez que una fantasma tenía miedo de una persona. Y Anthony apenas había comenzado.

- Eshpera, eshpera…

- No entiendo nada de lo que dices, pero estoy seguro que esto es lo que quieres.

Anthony siguió golpeándolo. No se detuvo cuando el gordo barbón dejó de moverse. Se detuvo cuando se cansó. Tomó un descanso, tomó su refrigerio (Agatha preparó sándwiches), recuperó la energía y la lluvia de golpes continuó.

No recordaba haber disfrutado tanto golpeando a alguien desde el día que golpeó a Ricardo Ángeles, el abusivo del colegio, varias veces con su lonchera de Spiderman. Se cansó después del golpe número diez. Un compañero le dio un poco de leche chocolatada mientras descansaba sentado en una esquina. Una vez recuperado continuó con dos golpes más.

Hubieran sido tres si el profesor no le hubiera quitado la lonchera. Tenía ocho años y Ricardo Ángeles, trece. Anthony con las justas le llegaba al pecho. Le dio una patada en los huevos para bajar su cabeza a su nivel. Después le golpeó en la cara con la lonchera. Ese fue el único golpe que le dio en la cara, dejándole una pequeña cicatriz en la ceja derecha. Los demás golpes fueron en la espalda, el brazo y el hombro.

Lo castigaron con una suspensión de una semana y un par de horas después de clases. Cuando entró a la sala de castigo se dio cuenta de que no estaba solo. Una niña estaba sentada en una esquina. Se sentó a su lado.

- Hola.

- Hola.  

Después de ese saludo desinteresado ambos quedaron en silencio. La niña estaba leyendo un libro de R.L Stine, un autor de terror infantil y juvenil. La historia era sobre un fantasma que asechaba una escuela.

- ¿Por qué estás aquí?- preguntó Anthony. Estaba tan aburrido que quería hacer una conversación.

- Le jalé los cabellos a María Susana, la niña más caprichosa, egoísta, irritante y fastidiosa que conozco. Wendy me había advertido que primero debí lavarme las manos antes de jalarle los cabellos- la niña se rio un poco-. Es que tenia las manos llenas de pegamento por la clase de arte.   

La niña levantó las manos revelando unos mechones rubios en ambas palmas.

- ¿Y tú porque estás aquí?

- Mas o menos lo mismo. Golpee a un abusivo en la cara con una lonchera.

- Increíble.

Anthony sacó su lonchera y la puso encima de su pupitre. Esta tenia el cierre destruido, una de las esquinas era casi inexistente y el rostro de tu amigable vecino, el hombre araña, destruido. Con un toque abrió la lonchera. Dentro había unos sándwiches de jamón. Le entregó uno a la niña.

- Gracias- le dio una mordida y con la boca llena dijo:-. Soy Agatha.

- Soy Anthony.

Anthony estaba cansado, de nuevo. Del fantasma del gordo barbón solo quedaba un lago verde que burbujeaba constantemente. Anthony jadeaba de la fatiga. Se secó la frente con su manga. Sonrió con levedad, como si fuera una persona enferma tratando de animar a quien lo cuida todos los días.

- Misión cumplida.

Dejó de sonreír cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando. Si había un fantasma en un lugar abandonado siempre había grandes posibilidades de que hubiera dos, quizá tres. Corrió al interior del pasillo.

- ¡Agatha!

Anthony vio una puerta mal puesta. La abrió de una patada como un policía en una película americana. Lo que vio le hizo querer llamar a unos esfuerzos inexistentes. Unos diez espectros rodeaban a Agatha en forma de media luna. Uno de ellos sostenía su bate de baseball. Ella estaba colgada de una pierna. Parecía una piñata. Su cuerpo tenía algunas magulladuras.

- ¿Podrías ayudarme?- pidió Agatha con una voz de borracha, el estar colgada bocabajo le causaba mareos.

- Suéltenla inmediatamente.- ordenó deseando que no hayan notado el temblor de su voz. 

domingo, 29 de agosto de 2021

La quinta misión. Capitulo 12: Una sorpresa para el principe


 

Charlie Adler salió de la habitación con un cuchillo en una mano y una máscara roja en la otra. Junto a ella la acompañaban muchas más personas, todas heridas de alguna manera u otra. Hachazos en la cabeza, disparos (muchos disparos), extremidades perdidas, puñaladas, camisas manchadas de sangre (vomito rojo por envenenamiento). Charlie Adler tenía una compañía interesante. 

Literalmente caminó hacia la luz. Frente a ella había una luz amarilla que la alumbraba a medias. Puso el cuchillo y la máscara detrás de ella, quería darle una buena sorpresa a ese sujeto. Llegó a la sala y vio a un joven vestido como un príncipe de una película de Disney. No recordaba cual. ¿La cenicienta? ¿Frozen? ¿Big Hero 6?

No importaba.

Lo que importaban eran los temblores que estaba sintiendo en la mano izquierda, mano que sostenía el cuchillo. Charlie Adler temblaba de la emoción. Era una sensación patológica, como una droga. Charlie Adler había sido una asesina durante casi toda su vida, comenzando por animales y terminando por personas.

Extrañaba el sonido del cuchillo atravesando la carne.

Charlie dio unos pasos hacia su príncipe, ansiosa. El príncipe tenía los ojos cerrados. La luz la alumbraba dándole un aspecto divino a Charlie Adler, como un ángel dispuesto a resolver sus problemas. El príncipe escuchaba con expectación los pasos de la asesina acercándose lentamente hacia él. No era el único Charlie ya lo veía como un cadáver ensangrentado en el suelo.

Se puso de cuclillas y acercó su rostro al de su novio. Notó que su príncipe tenía una cicatriz en la frente. “Como Harry Potter”, fue lo primero que pasó por su cabeza.

- Ya puedes abrir los ojos, cariño.- dijo Charlie Adler.

El príncipe abrió los ojos. Charlie Adler no se esperaba una cara tan decepcionada.

- ¿Esperabas algo más, cariño?- le preguntó Charlie Adler haciéndole una mueca de reproche.

- No, bueno sí. Me dijiste que esperara con los ojos cerrados porque tenías una sorpresa para mí- el príncipe ganó un poco de confianza-. Estoy viendo la sorpresa, pero todavía sigue en su paquete.

Charlie Adler se dio una palmada caricaturesca en la frente. Ya entendió a que se refería.

- ¡AH! Lo olvidé. Lo siento cariño. Estaba buscando algo muy importante. Anda, cierra los ojos de nuevo y vas a ver la tan ansiada sorpresa.

Andrés se emocionó ante las palabras de su novia. Había un tono juguetón en su voz que le gustaba mucho, le garantizaba un placer venidero. Cerró los ojos y les puso un poco de presión, como si no quisiera que se abrieran en contra de su voluntad.

- Ya puedes abrirlos.

El príncipe abrió los ojos y lo primero que vio fue el filo de un cuchillo oxidado.

- ¿De dónde sacaste eso?

Su novia le respondió, pero no era la respuesta que esperaba.

- Solo me costó 10 soles, pero estuvo conmigo por más de 10 años. Me acompañó en las buenas y en las malas.

Un: “Me lo encontré tirado en el suelo y me gustó tanto que me lo quedé” hubiera sido una respuesta más satisfactoria para el príncipe.

- ¿De que estas hablando?- preguntó el príncipe asustado-. Si esto es un juego no me gusta nada.

El príncipe recién se fijó en la máscara roja. Esto ya estaba cruzando umbrales insospechados. No recordaba ningún juego en el que la pareja fingía ser un asesino de una película mala de los ochentas. Andrés recordaba haber visto la máscara en las noticias una vez, pero fueron recuerdos muy borrosos. Era un niño cuando Charlie Adler murió.

Charlie Adler levantó el cuchillo. Con la luz su cuerpo parecía un ente maligno dispuesto a llevarlo a infierno y que solo tiene una idea en su mente: Asesinar. Charlie Adler trató de apuñalar al príncipe, pero este consiguió esquivar la hoja por los pelos. Su corazón comenzó a latir más de lo acostumbrado. No estaba acostumbrado a este tipo de ejercicios.

El príncipe se puso de pie, casi se resbala. Se alejó de su ella, ya no era su novia. Su novia jamás hubiera intentado lastimarlo. La última vez que lo intentó fue cuando le arrojó un oso de peluche con fuerza. Ya no había rastro de la chica dulce y agradable, que gustaba del jugo de piña y de dar largo paseos por la playa.

Irónicamente a Charlie Adler le encantaba el jugo de piña y el dar largo paseos por la playa. Era bueno para el estómago y lo ayudaban a pensar, respectivamente.

- No huyas cariño. ¿No ves que soy tu novia?- dijo Charlie Adler con un tono diabólicamente socarrón. Se formó una larga sonrisa detrás de la máscara, apenas se veía.

- ¿Desde cuándo me llamas “cariño”?

- Desde ahora.

El príncipe Andrés corrió lo más rápido que pudo. La salida estaba cerca y lejos al mismo tiempo. La salida estaba frente a sus ojos, un pequeño sabor a libertad. Si quería tomar el trago entero tendría que correr por la playa también. Era poco probable que la asesina se detuviera ahí mismo. El príncipe Andrés estaba tan enfocado en sus sueños de libertad que no vio el pie frente a él.

En realidad, no pudo verlo, aunque estuviera concentrado en sus pasos. Era el pie invisible de un fantasma, una bota mojada después de pasar décadas bajo el agua. El príncipe Andrés se resbaló y cayó de cara al suelo. Lástima por su cara porque había un clavo salido en el suelo. Este atravesó su cachete.

Charlie Adler bajó la velocidad. Sus pasos siguieron el ritmo de una canción de los setenta que tocaba en su cabeza.  Se movía bailando. Ella vio el pie que presionaba la espalda del príncipe Andrés. Era un pie descalzo, cuya planta estaba cubierta de una sustancia blanquecina. ¿Será una especie nueva de hongos? No se sabe.

El príncipe Andrés intentaba levantarse, pero la presión era cada vez más fuerte.

-          Gracias chicos- Charlie Adler comenzó a hablarle a la nada-. He estado sin practica tantos años que perdí el toque y me alegro que hayan decidido ayudarme a dar el primer…

“paso”.

El mismo pie de la bota mojada le puso la zancadilla a Charlie Adler. Como si fuera un edificio al que le explotaron las columnas del primer piso Charlie Adler se desplomó. Cayó encima de la espalda del príncipe Andrés, siendo su rodilla la que aterrizó primero destrozando algunas vertebras. Ambos escucharon el ruido de unos huesos romperse.

-          ¿Quién ha sido?- preguntó Charlie Adler enojada. Se puso de pie encima de la espalda del príncipe Andrés. Esto parecía esos masajes donde una mujer delgada se paraba en tu espalda y caminaba en sitios específicos de la misma para generar un placer relajante. Con la diferencia de que esto era más doloroso y menos profesional.

-          Fui yo.-respondió un fantasma calvo y enorme que vestía un mono gris y un delantal negro de cuero.

-          ¿Y por qué lo hiciste?

-          Porque me debías dinero de la apuesta, ¿Lo recuerdas? - respondió el fantasma calvo con confianza.

-          Ahora que tengo este cuerpo te lo voy a devolver. Te lo prometo. Además ¿Para qué demonios un fantasma necesita dinero?

-          No lo necesito. Solo quiero cobrarlo.- respondió el fantasma calvo con seguridad.

En uno de sus momentos de ocio Charlie Adler apostó con el fantasma calvo cuanto tiempo se tardaría en morir una rata enferma que se había quedado a vivir con ellos. El fantasma calvo ganó por unos meses. Si un veterinario la hubiera examinado se hubiera percatado del bultito que tenía en la espalda, del tamaño de un frijol.

Los gritos de dolor del príncipe Andrés sacaron de sus pensamientos ratoniles a Charlie Adler.

-          Ya no siento las piernas.- dijo con una voz quebrada. Las lágrimas no dejaban de caerle de los ojos.

Charlie Adler se alejó de él. Lo ayudó a darse la vuelta para que pueda ver a su futuro verdugo. Charlie Adler sonreía como un niño en una juguetería detrás de esas mascara roja. Charlie Adler veía con total indiferencia el rostro adolorido del príncipe, era como ver una araña sin patas intentando moverse con los restos de sus extremidades.

-          Seguro que esperaba ver esto, ¿No es así?

Charlie Adler se desabotonó la blusa revelando un sostén blanco y unos pechos enormes. El príncipe estaba demasiado moribundo como para apreciar la belleza de su novia. Charlie Adler apuñaló en el estómago al príncipe Andrés con fuerza, giró el cuchillo un par de veces como si fuera un tornillo que necesitaba un gran ajuste.

El príncipe Andrés murió y a nadie del reino le importó.

Charlie Adler retiró el cuchillo de su barriga. El suelo ya estaba manchado de sangre, al igual que parte de su ropa. Tomó un poco de aire, lista para el último paso. El sello de su regreso. Clavó el cuchillo en su cuello y fue cortando la cabeza poco a poco. Levantó la cabeza como si fuera una guerrera bárbara de una historia de Robert E. Howard, acaba de derrocar a un príncipe incompetente y se sentía feliz al respecto, realizada.

Charlie Adler miró los ojos desorbitados de la cabeza. Pellizcó su monumental nariz. Unos segundos después le dio una patada como si fuera un balón de futbol. La cabeza chocó contra una pared y desapareció en la oscuridad.

¡Que se corra la voz! El asesino de la cabeza roja había regresado. Charlie Adler dio su primer paso en su nueva carrera homicida. Había una astilla en el suelo que le estaba diciendo: “Seré tu primer obstáculo”. Charlie Adler la pisó. El dolor regresó y seguía siendo una sensación despreciable. Charlie Adler comenzó a saltar de un solo pie. Su pie se resbaló con el laguito de sangre y resbalo…

Cayó sentada en la panza del cadáver, como tenía el estómago abierto (por cortesía de Charlie Adler) fue como sentarse con fuerza encima de un globo de agua. Charlie Adler escuchó toda una gama de risas provenientes de toda la habitación, de todo el barco. Charlie Adler se puso de pie.

-          Oye, Charlie. El color rojo hace que tu trasero se vea más grande.

-          Monumental.

Charlie Adler se dio cuenta de la mancha enorme que había en su parte posterior. Se parecía al territorio de la Unión Soviética en un mapa, pero mucho más roja.

- ¡Cállense ya!- exclamó.

Las risas continuaron.

- No se olviden, malditos bastardos, que ustedes dependen de mí. Me necesitan para conseguir otros cuerpos, si yo fuera ustedes cerraría la boca y trataría a la bella Charlie Adler- se puso la mano en su pecho- con un poco más de respeto.

Las risas callaron.

- Así me gusta. Descuiden muchacho, no me voy a olvidar de ustedes. Volveré pronto.

Para evitar más complicaciones con sus pies descalzos Charlie Adler le quitó sus zapatos al príncipe y se los puso. Salió del barco. Estaba feliz y rebosante de energía. Feliz de haber matado a alguien. El príncipe Andrés será el primero de una larga cadena de asesinatos. “El asesino de la cabeza roja” había regresado, listo para continuar con una nueva ola de terror y muerte.

Se quitó la máscara y se la puso en su bolsillo. Salió de la playa. Sus pasos se volvían más confiados, había conseguido tomar el control de este cuerpo al 100%. Ya no había ningún rastro de Catherine, solo estaba Charlie. Charlie sonrió con maldad al escuchar un ligero llanto dentro de su cabeza mientras asesinaba al príncipe.

Charlie Adler llamó un poco de atención no requerida. Tal vez era por la ropa manchada de sangre.

- Es un disfraz.

Charlie Adler se dio cuenta que no era la única disfrazada. Un superhéroe desconocido (con dos “EMES” en su pecho) y un vampiro la saludaron. Ella correspondió al saludo. Un periódico voló hasta sus pantorrillas. Charlie Adler se dio cuenta que era el 31 de octubre del 2021. Una sonrisa de asesino apareció al ver la fecha. Charlie Adler estaba feliz por esa noticia. No tenía que preocuparse demasiado por conseguir ropa nueva.

- Oye, Rosa.- la llamó una voz juvenil.

Ella lo ignoró. Charlie no se acordaba que su nombre de viva era Rosa y siguió su camino. El vehículo se detuvo frente a ella cortándole el paso. Ella levantó la ceja ante el chofer (un pirara con un parche en el ojo)

Lo acompañaban Jason Voorhees, Iron Man (solo el casco) y una momia.

- Hola Rosa, ¿Qué estás haciendo por aquí?

Charlie conectó los puntos. Se acostumbró a moverse entre los vivos, pero todavía no se había acostumbrado a que la llamen por otro nombre que no sea Charlie.

- Nada. Paseando. Por aquí.-  Dijo ella avergonzada. La habían tomado por sorpresa porque usualmente podía hablar con mayor facilidad.

- ¿Vas a venir a mi fiesta?- preguntó el pirata Julio Muñoz.

La palabra “fiesta” activó algo en el cerebro de Charlie Adler. Adoraba las fiestas. Muchas de sus víctimas las sacaba de ahí, y la idea de volver a ir a una en su nueva vida la alegraba considerablemente.

- Por supuesto.

- ¿Dónde está Andrés?- preguntó Iron Man.

Andrés, Andrés, Andrés. Carajo. ¿Quién era ese tal Andrés? En su antigua vida tuvo un jefe llamado Andrés. No se refería a él porque murió de un infarto. Cuando era amigo un niño llamado Andrés le hacía bromas pesadas. Tampoco se refería a él, desapareció misteriosamente. Se le acabaron los “Andreses”.

De repente por su cabeza pasó la imagen de un príncipe decapitado. ¡Ah, ese Andrés! Ya se acordó de quien era.

- Esta en casa. Me acompañará en unas horas. Esta muy ocupado en algo que lo va a hacer perder la cabeza.  

Hubo risas incomodas en el auto. Ninguno la recordaba como ese sentido del humor tan particular. Como dice el dicho: Uno nunca llega a conocer a una persona en su totalidad.

- ¿Entonces vas a venir a la fiesta?

- Claro. No tengo nada que hacer esta noche.

- ¿Quieres que te lleve?- preguntó Julio Muñoz.

- Será un placer.- dijo Charlie Adler. Se subió al auto apenas abrieron la puerta.

Aceptó el ofrecimiento sin dudarlo porque no tenía la más perra idea de cómo llegar a su casa. Se acomodó en el asiento, blanco próximamente rojo, y esperó a que el auto arrancara.

-          ¿De qué se supone que estas disfrazada?- preguntó Jason Voorhees.

-          Pensaba que tú no hablabas- respondió Charlie Adler-. Soy Blancanieves, como podrás ver.

Antes de que alguien pudiera hacer una pregunta más. Charlie Adler añadió.

-          Pero dirigido por Wes Craven.

El auto arrancó con todos riéndose de la broma de Charlie Adler.

Una esfera blanca y brillante, como un foco ahorrador, salió del pecho del cuerpo decapitado de Julio. El fantasma de Julio vio ese lugar desolado, vio su cuerpo su cabeza. Se estremeció tanto que se fue corriendo fuera del barco. No se había percatado de la basta compañía que había dentro.

Diez minutos después un auto amarillo se estacionó donde no debía. 

domingo, 22 de agosto de 2021

La quinta misión. Capitulo 11: El asesino de la cabeza roja.


 

Charlie Adler estaba parada frente al espejo. Apreciaba su nueva apariencia. Levantó las manos con una ligera dificultad, como si la gravedad trabajase con más fuerza. Charlie sonrió ante los intentos de la verdadera dueña de recuperar el control de su cuerpo. Inútil. Este nuevo cuerpo pertenecía a Charlie Adler. Se masajeó las tetas y pasó las manos por sus pronunciadas caderas.

Se hizo una presión en el pecho y el estómago, esperando poder sentir dolor. Nada. Este cuerpo era enteramente sano, salvo por una intolerancia a la lactosa. Charlie se sentía feliz, había dejado un cuerpo agujereado por las balas de la policía y había recibido un cuerpo sano a cambio. El conjuro había funcionado, sabía que era una buena idea.

Y solo tuvo que esperar diez años para ver el fruto de su éxito.

La idea se le había ocurrido como una progresión natural de cualquier fanático de Harry Potter; primero comienzas viendo y leyendo magia ficticia para luego pasar a la magia (negra) real.

Charlie Adler se alejó algunos pasos del espejo. Le hubiera gustado seguir contemplando su belleza en el mismo, pero tenía cosas más importantes que hacer. Había estado más de diez años encerrado dentro de esos pendientes y extrañaba algunas sensaciones y estímulos. Desde cosas tan sencillas como sentir el calor del sol en su rostro, a cosas más complicadas como devorar una hamburguesa de pescado y dejar que su cuerpo haga el complicado trabajo de la digestión.

Y lo más importante de todo: Extrañaba matar.

Sin embargo, había una cosa que no iba a extrañar; ni en el pasado, ni en el presente, ni en el futuro: el dolor. Charlie Adler no estaba acostumbrada a caminar con tacones. Sus pasos eran propios de una persona con dos pies izquierdos intentando bailar tango, y el suelo de madera no era el adecuado para moverse con tacones. Uno de los tacos se introdujo a la perfección en uno de los variados agujeros del suelo. Charlie intentó moverse su pie aprisionado, pero solo consiguió que el tacón se introdujera aún más en el agujero. Movió su pie con tanta fuerza que destrozó el tacón. La mente masculina de Charlie Adler no tenía idea de las repercusiones futuras de esa acción.

Al dar el siguiente paso se desplomó en el suelo. Se golpeó todo el cuerpo, principalmente la cara. Sollozó un poco al sentir como su cerebro recibía los mensajes de dolor. Sus llantitos sonaban como los chillidos de un animalito herido. Charlie Adler se quitó los zapatos y los arrojó lejos. Estos se estrellaron en distintas paredes de la habitación.

Charlie Adler se levantó y dio el primer paso. Su cuerpo tembló de manera involuntaria. Eran sus pies reaccionando al frio del suelo. Se acostumbró después del paso número 3. Charlie Adler caminó hasta su cama, que consistía en dos colchones aplastados por el tiempo y unas frazadas marrones (eran blancas cuando las compró). Se puso de cuchillas, y comenzó a revisar debajo de la cama.

Sacó un cráneo.

- ¡UPS! Objeto equivocado.

Regresó el cráneo dentro de la cama, entre los colchones; junto con otros diez cráneos que formaban unos pequeños bultos en el primer colchón. Charlie Adler era conocido hace diez años como el asesino de la máscara roja.

-          No fueron diez, fueron once.- se dijo a si misma con una despiadada sonrisa.

La recordaba a la perfección.

La chica estaba mirando hacia abajo, sus pies estaban bien amarrados pero los nudos eran muy amateurs. Lo mismo pasaba con sus muñecas, le dolían los brazos por tenerlos en su espalda por muchas horas, pero podía moverlas con ligera facilidad.

- ¿Vas a matarme?- le preguntó al sujeto sentado frente a ella.

Charlie Adler vestía un traje de traje de plástico transparente que protegía su ropa, pasaba un cuchillo de una mano a otra con una ansiedad que pondría nervioso a cualquiera. En el espacio de dos metros que había entre los dos estaba cubierto de periódicos. Charlie Adler leyó de reojo el titular del presidente violador escrito por Gloria Beltrán.

- No lo sé, dímelo tú - respondió divertido. Su voz sonaba más gruesa debajo de la máscara roja-. Agente Monterio.

Charlie Adler sacó un carnet de trabajo y lo leyó en voz alta.

- Agente Rosa María Monterio. Una pena, me gustaba más el nombre de Emily Sánchez.

La agente Monterio quería mandarlo a la mierda, pero tenía una mordaza en la boca. Las sospechas a Charlie Adler eran persistentes en la comisaria del pueblo. Demostrar su culpabilidad era una tarea muy difícil; varios testigos, dentro de las discotecas donde solía frecuentar, alegaron que él fue la última persona que había hablado con las victimas antes de su desaparición y que, en algunos casos, salieron con él de la discoteca. Charlie Adler no era una persona muy sutil, sus pasos de baile siempre llamaban la atención en Las Discotecas del Pueblo de las Conchas Negras.

Lo arrestaron por el supuesto asesinato de ocho mujeres, a las cuales les faltaba la cabeza, a lo largo de cinco años y lo llevaron a juicio, pero tuvieron que dejarlo en libertad debido a falta de pruebas y al buen abogado que tenía Charlie Adler. Cuando salió del juzgado penal este se llenó de algunos periodistas y camarógrafos. Una vez le quitaron las esposas lo primero que hizo Charlie Adler fue ponerse a bailar moviendo los brazos de arriba hacia abajo y dando algunas vueltas.

Esto hizo enfadar al agente Eric Rodríguez, el encargado del caso.

Charlie Adler pasó de llamarse El asesino de la cabeza roja al Asesino Bailarín. Esto enfureció a Charlie Adler, no quería ser recordado como un payaso. Solo lo hizo para hacer enfadar al Agente Sánchez. Tuvo que regresar a su marca. En un lapso de dos meses dos nuevas víctimas aparecieron. Brutalmente masacradas y sin cabeza. Sus cuerpos quedaron tan destruidos que fue casi imposible la identificación.

Fue la misma agente Monterio la que se ofreció como señuelo para capturar de una vez a ese monstruo. Se puso un ajustado vestido morado y se tiñó el cabello de rojo. Era bien sabido que El Asesino bailarín gustaba mucho de las pelirrojas. Charlie Adler estaba bailando en el centro de la pista, parecía alguien al que una descarga de cientos de volteos le estaba pasando por todo el cuerpo.

Emily Sánchez consiguió llamar la atención de Charlie Adler, gracias a su radiante cabellera roja. Charlie Adler trató de ocultar su erección al verla. Ella lo odiaba cada vez más, con cada palabra que decía, cada elogio, cada chiste, solo causaban repulsión en la joven agente. Charlie Adler le propuso continuar con la fiesta en otro lado, la agente aceptó.

“Ya te tengo, infeliz” pensó.

Charlie Adler no consiguió seducirla, pero el potente somnífero que le puso en la bebida consiguió hacerla caer en sus brazos. Emily Sánchez despertó, no supo cuanto tiempo estuvo dormido (Su cerebro le decía que pudieron ser días o semanas). Estaba atada a una silla de mala calidad, a merced de un despiadado asesino.

O no…

Emily Sánchez comenzó a insultarlo de distintas formas, algunas eran muy creativas. Varios de los insultos eran para mayores de 21 años. Emily no pudo ver si los insultos estaban afectando a Charlie Adler, su plan era distraerlo para poder liberarse. Tanto las cuerdas como la silla la invitaban a salir libre. La mascara aumentaba mucho la inexpresividad de su asesino. Pero la realidad era que Charlie Adler no se mostraba ofendido por ninguno de estos insultos, había escuchado peores venir de sus padres.

A Emily se le acabaron los insultos y ella era fanática de la originalidad. Se balanceó de la silla y ambos cayeron de espaldas. La silla era de tan mala calidad que se rompió al primer contacto con el suelo, las cuerdas perdieron fuerza y Emily salió libre.

Ella se levantó y vio con ojos furiosos al asesino completamente vestido de rojo.

- ¿Escapaste de la silla? Que inesperado.- no había ninguna inflexión en su voz. Era como hablar con alguien al que le habían extirpado las emociones en un quirófano.

- ¿Qué quieres decir? Charles Stefano Adler Fucci estas arrestado por el asesinato…

Charlie comenzó a reírse a carcajadas, interrumpiendo su lectura de derechos. Esto enfureció a la joven agente. Su arma estaba en su bolso. Ese fue un gravísimo error. No importaba. Tenía otros métodos para detener a ese monstruo, que no se veía tan fuerte.

- Siempre le doy una oportunidad a mis victimas - confesó Charlie Adler-. Tal vez mi apariencia no lo diga, pero soy una persona muy justa.

La campeona local de Karate no quiso hacer esperar la invitación y atacó. El ataque duró unos segundos. Se desplomó en el suelo; el pie les dolía a mares, como si alguien hubiera clavado un lápiz directo en su tobillo. Emily comenzó a gritar y a ponerse en un ovillo tembloroso, con sus dedos apenas tocando la herida. El muy desgraciado la había disparado. El cañón del arma todavía soltaba humor. Charlie le dio unas vueltas como si fuera el protagonista de un Spaguetti Western.

Emily todavía se pregunta de donde sacó el arma.

- Eres un tramposo…- dijo Emily.

- No, soy un cazador.- dijo Charlie Alder.

Antes de que pudiera preguntarle: ¿Qué demonios significa eso? Charlie Adler puso su pie en el pecho haciendo presión, rompiendo el ovillo y obligando a Emily a echarse de lleno en el suelo. El pie presionaba el pecho de Emily impidiendo cualquier movimiento. El cañón de la pistola estaba demasiado cerca de su cara, parecía el cañón de un tanque.

Los dos se quedaron congelados mientras la puerta se hacía pedazos. Ambos escucharon los pasos de varios hombres. La sala se llenó de personas, policías, en el centro de esa conglomeración masculina estaba parado Eric Rodríguez, el detective encargado del caso, quien no resaltaba entre los policías. Vestía el mismo uniforme verde oliva de la policía. Su cabello estaba desordenado; sus ojos, ojerosos; jadeaba como si hubiera corrido una maratón mostrando una gama de dientes desiguales.

Charlie Adler estaba rodeado de varios agentes de la policía, todos apuntándole con sus armas. En distintas partes de su cuerpo, no pensaban dejar ningún centímetro sin plomo. Solo tenían que recibir la orden. El escape era casi imposible. Solo quedaba una cosa por hacer.

- ¡ALTO!- gritó Eric Rodríguez.

Charlie Adler disparó en la cara a la agente Monteiro matándola al instante. Esto hizo que la policía se quedara paralizada, como si esto fuera un juego y ellos tenían que quedarse quietos, esperando a que la persona estuviera lo más lejos posible. Eric Rodríguez tenía un rostro que gritaba: Le he dicho que se detuviera, ¿Por qué siguió disparando?

Charlie Adler volvió a disparar, esta vez asesinando a uno de los policías. No le importaba quien fuera, al final todos son iguales ante sus ojos. Eso bastó para que Eric despertara de su temporal estado catatónico.

- ¡DISPAREN!

Los policías recibieron la orden y dispararon a más no poder. El cuerpo de Charlie Adler se había convertido en un colador, el plástico de su traje no lo protegían de las balas. Estas lo atravesaban sin problemas. El plástico solo servía para que su cuerpo se convirtiera en una bolsa de sangre, con agujeros. Después de haberle dado más de 20 disparos Charlie Adler seguía de pie, con solo unos segundos de vida. Esta se le escapaba rápidamente, era como evitar que un trasatlántico se hunda usando solo una cuerda.

Antes de morir Charlie Adler pensó: “Ahora solo tomaré una siesta”.

Charlie Adler lo recordaba perfectamente.

Siguió buscando debajo de la cama. Sacaba de ahí todo tipo de objetos: un libro viejo (Harry Potter y la piedra Filosofal), un par de lentes rotos, un zapato marrón, un condón usado, un poco de papel higiénico, un sándwich enmohecido (de pollo), un remo.

- Podría servir.- admitió Charlie Adler.

Por fin encontró lo que estaba buscando. Un montón de tela roja amarrado en un nudo imperfecto. Charlie Adler quería convencer a sus victimas que deseaba darles un ultimo chance de sobrevivir, pero la realidad era que no era muy bueno haciendo nudos. Desamarró el nudo y la tela se abrió. Dentro había un cuchillo largo y oxidado y una mascara de tela roja.

-          Las extrañe mis preciosas - dijo Charlie Adler. Media lagrima se le escapó del ojo derecho-. Ya quiero estrenarlas.

-          ¿Catherine? ¿Vas a venir? Tengo los ojos cerrados.

-          Eso fue rápido.

El corazón de Charlie Adler latió con más fuerza, todo su cuerpo comenzó a temblar de la emoción, una sonrisa torcida (el sello personal de Charlie Adler) apareció en sus labios. Esa era la verdadera emoción de asesinar.

-          Voy.- respondió con una voz naturalmente femenina.