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lunes, 11 de octubre de 2021

La quinta misión. Capitulo 14: Diez fantasmas


 

Anthony contó a diez espectros, que estaban parados en un medio circulo con una expresión divertida, como espectadores de una fiesta en la que tenían que romper la piñata (Agatha). Estos eran un sujeto demasiado delgado para su propio bien que vestía unos pantalones rasgados, permanentemente mojados; un sujeto disfrazado de Santa Claus; una niña con un vestido morado antiguo; un calvo obeso con una larga barba a lo Gandalf; una adolescente delgada con unos shorts rojos y una blusa amarilla que parecían venir de los años 70; una mujer de mediana edad, delgada, y con un cabello inexistente; un hombre alto y con un traje elegante; un hombre vestido con el uniforme de la marina de guerra del Perú cuyas piernas fueron arrancadas por unos poderosos mordiscos; un joven adulto con una amplia cabellera negra y con una playera que tenía el logo de un grupo de Metal imposible de leer y un hombre delgado, de mirada asesina y que no dejaba de tocarse la entrepierna.

-          Suéltenla inmediatamente.- ordenó Anthony, deseando que no hayan notado el temblor de su voz.

Santa Claus era el sujeto que sostenía la cuerda. Obedeció y la soltó. Agatha cayó a un suelo sin colchoneta. Anthony corrió y le dio un golpe al naufrago de los pantalones mojados. Los demás fueron en su defensa y se unieron a la pelea. Anthony golpeaba a los que podía, pero eran diez contra uno. Una batalla perdida.

Perdida con ganas porque uno de ellos tenía el bate de Baseball.

A Agatha le dolía la espalda, como si alguien hubiera hecho explotar unos fuegos artificiales muy cerca de ella. Se levantó como pudo, sacó una lata de pintura del bolsillo trasero de su falda, agarró una silla que tenía más cercana, la roció con la pintura y la levantó. Corrió con una furia vengativa hacia el primer espectro que sus ojos, casi morados, vieron: la niña de diez años. Le dio un golpe tan fuerte que rompió la silla. La niña se desmayó.

Continuó con los demás. Le dio un golpe en la cara a la adolescente de ropa setentera. El hombre alto del traje de negocios era el que tenía el bate de Baseball, se imaginó a Agatha con el rostro de su mejor amigo, que lo envenenó para darle unos golpes con más rabia. Agatha le atravesó la pata de la silla con mucha fuerza. No bastó para lastimarlo, pero si para sorprenderlo. Soltó el bate de Baseball, Agatha lo tomó rápidamente. Primero le dio un golpe en la rodilla, que lo hizo caer, luego en el hombro y finalmente en la cabeza.

Agatha golpeaba a sus víctimas con una furia salvaje.

Anthony aprovechó que el número de espectros se redujo para ponerse de pie, no soltó el bate de Baseball sin importar cuantos lo golpearan y lo patearan. Anthony golpeó a cada espectro que se encontrara. Anthony era mucho más fuerte que Agatha así que sus golpes lastimaban con más ferocidad a los espectros, quienes no estaban acostumbrados al dolor (no lo habían sentido en décadas)

- ¿Quién sigue?- exclamó Agatha-. Puedo hacerlo toda la noche- levantó el bate de Baseball para demostrarlo.

El fantasma sin piernas le quitó el bate de baseball con suma facilidad y lo arrojó muy lejos. Agatha volteó, desarmada, y le mostró una sonrisa tímida como si estuviera diciendo: Estaba bromeando. El marine la agarró del cuello y la levantó. Voló un poco para mantenerse fuera del alcance de Anthony.

Los ojos del fantasma eran blancos, pero transmitían tanto odio que asustaban a Agatha.

- Debimos matarte apenas te encontramos. Tu delicioso cuerpo formaría parte de nuestro control.

Anthony también tenía una lata de pintura en su bolsillo, mucho más pequeña que la de Agatha. Anthony tenía tantas cosas en los variados bolsillos de su casaca (en su mayoría drogas). Entre ella un pequeño cuchillo. Lo roció con pintura. Corrió y apuñaló al fantasma en la rodilla con todas sus fuerzas. El fantasma soltó a Agatha. Esta vez no cayó al suelo, sino en los brazos de Anthony. Pero este con la lata de pintura y ambos cayeron al piso.

El fantasma se acercó volando a la cara de Anthony. Este aprovechó para apuñalarle en la cara. La hoja del cuchillo atravesó su boca. El fantasma se alejó para intentar quitar el cuchillo.

-          ¡Oye, Caracortada!- exclamó Agatha, este levantó la cara. Agatha le dio un fuerte golpe en la cabeza con el bate de Baseball.

Anthony se levantó y se puso al lado de su amiga. Todos los fantasmas estaban lastimados en el suelo.

- Es hora de encerrarlos- dijo Agatha-. ¿Dónde están la botella y el libro?

- ¿Que?- preguntó Anthony, quien deseaba tener una bolsa de hielo.

Agatha repitió la pregunta. Los fantasmas burbujeaban.

- Creí que te tocaba traerlos a ti.

- Siempre los traes tú.

- Deben estar en el auto. Voy por ellos- se ofreció Anthony-. Tú cuida de los fantasmas.

- Olvídalo. Yo voy por ellos, tú cuida de los fantasmas.

Ninguno de los dos estaba dispuesto a dar su brazo a torcer en esta discusión, discusión que tenía que terminar rápido porque los fantasmas se estaban regenerando. Los golpes solo servían para retenerlos, mas no para matarlos.

Es imposible matar a un fantasma.

- Vamos los dos, ¿De acuerdo?

Agatha y Anthony se tardaron unos cinco minutos en ir y venir con el maletín negro que estaba dentro del auto, dejaron todas las demás cosas menos los bates de baseball. Dentro solo había una botella de vino (que Agatha escribió “Propiedad de Gloria BELTRAN” en la etiqueta) y un libro negro, que adornaría perfectamente una iglesia satanista.

Anthony puso la botella en el suelo, al lado de los fantasmas, y la rodeo con sal. Agatha se puso a leer el libro. Era un libro de hechizos antiguos que Gloria Beltrán había conseguido en una subasta (le costó más de 1000 soles). Agatha solo pudo aprender ese conjuro, se requerían años de estudio y entrenamiento aprender los demás.

Gloria se sorprendió de lo rápido que había aprendido ese conjuro, en menos de un mes. Si estudiaba con mucha dedicación podría aprender todos los conjuros del libro en un año. Agatha leía el conjuro con una fluidez sorprendente. Los fantasmas se elevaron y formaron un pequeño tornado que se direccionó a la boca de la botella. Agatha y Anthony escucharon varios gritos desgarradores venir desde dentro del tornado.

- No sé por qué gritan tanto.- comentó Anthony.

- Yo tampoco entiendo. Solo los vamos a encerrar en una botella por el resto de la eternidad, o hasta que la botella se biodegrade que será dentro…- Agatha se puso a hacer unos cálculos.

- Unos cien años a lo mucho.  

El tornado se introdujo dentro de la botella dejando solo un líquido negro. La botella solo se había llenado en su cuarta parte. Anthony la cerró con un corcho y la levantó la botella en señal de orgullo. Con lo mucho que les había costado encerrar a esos desgraciados. Casi estuvo a punto de decir: “Misión cumplida” hasta que se dio cuenta que esa no era la verdadera misión. Aunque sin fantasmas asechando por ahí los dos podrían buscar los pendientes con más tranquilidad.

Buscaron por todas las habitaciones del pequeño barco. Había varias habitaciones compartidas con dos o tres canas, una cocina mugrosa y un salón de juegos con un Monopolio a la mitad. Una de las puertas decía: “Almacén”, al abrirla se toparon con varias cajas con nombres en chino y unas fechas anteriores a 1991. Apenas pusieron un pie varias ratas se fueron corriendo, los intrusos las aterraban.

Agatha quería saltar y caer en los brazos protectores de Anthony.

Anthony también quería hacer lo mismo.

- Aquí no está.

- No, aquí no hay nada.

Solo faltaba una habitación, la que estaba al fondo a la derecha. La puerta estaba junta. Al abrirla se dieron cuenta que esta era la única habitación decorada. Las paredes estaban pintadas de un blanco descolorido; los suelos estaban barnizados y había ocho posters de las ocho películas de Harry Potter.

Buscaron por todos los rincones del lugar. Abrieron los cajones de la cómoda y revisaron debajo de la cama. Nada. Agatha levantó el colchón y se quedó ante lo que encontró.

Diez cráneos humanos.

- Estamos en la cama de un psicópata.

- Y de un fan de Harry Potter.- Anthony le mostró un cajón repleto con los siete libros de la saga literaria del niño mago. Todos firmados por su autora J.K Rowling.

Agatha, curiosa como siempre, agarró uno de los cráneos. Sus ojos se pusieron en blanco. Al parpadear fue transportada a otra época. Seguía estando en la misma habitación, pero mucho más limpia y ordenada. Agatha usaba otra ropa: una blusa blanca rasgada y una falda gris de tela cortada en uno de los lados. Sostenía un cuchillo de cocina, podía sentir el peso en su mano.

La persona que estaba parada frente a ella tenía los brazos levantados. Usaba una máscara roja que lo hacía lucir como un asesino de película de terror, o un supervillano de DC Comics. No usaba camisa. Sus abdominales estaban marcados. Este sujeto debe ir al gimnasio unas dos horas al día sin faltar, pensó.

Si Agatha no hubiera estado en una situación de vida o muerte (más muerte que vida) hubiera a si misma comiendo tallarines verdes en su pecho. El hombre de la máscara roja se le acercó. Estaban los dos solos. Agatha pensó en Anthony entrando a la puerta como un aliado y entre los dos le darían su merecido a este sujeto.

Como él se estaba demorando Agatha tuvo que actuar por su cuenta.

- ¡No te acerques!- exclamó asustada. Agatha retrocedió un paso al ver que el hombre de la máscara roja no obedecía. El cuchillo bailaba en sus manos sudorosas.

El hombre de la máscara roja levantó las manos y las puso detrás de su cabeza como si estuviera en una detención policiaca. Agatha se sintió más calmada. Esa calma se esfumó por completo al ver que el hombre dio otro paso al frente.

- ¡Te dije que te quedaras quieto!

Otro paso.

-          Te lo advierto.

El hombre de la máscara roja estaba tan cerca que Agatha pudo oler su loción para afeitar, le dio nauseas. El hombre no le dio otra opción. Tenía que apuñalarlo. Agatha buscó un lugar no letal para clavarle el cuchillo, no quería ser autora de un asesino. Eso la dificultaría considerablemente para conseguir otro trabajo.

Le apuñaló en el estómago.

El hombre comenzó a reírse, era la risa de un monstruo despiadado. Dio otro paso y el cuchillo se hundió aún más en su pecho. Agatha se sorprendió que no saliera sangre del vientre de ese hombre. Otra prueba de que no era humano, o tal vez…

Agatha levantó el cuchillo y pasó el dedo por la punta, no tenía filo. La hoja del cuchillo se hundió dentro del mango apenas hizo un poco de presión.

-          Parece real, ¿no?

Al ver que Agatha estaba indefensa el hombre de la máscara roja sacó un cuchillo de sus pantalones, muy parecido al que tenía en la mano, pero mucho más afilado.

- Este si es real.- lo comprobó pasando su dedo por la hoja, dejó una manchita roja.

El hombre de la mascara roja le dio un golpe en la cara, tan fuerte que le sacudió toda la neurona a Agatha. El golpe fue real, Agatha sintió mucho dolor. Ni siquiera los golpes de los fantasmas fueron tan dolorosos. Cayó al suelo, estaba apunto de perder el conocimiento. Vio como horror la jeringa.

- Adrenalina. No quiero que te desmayes, cariño. Hay mucho por hacer.

La aguja atravesó su piel, el liquido transparente entró a su sistema. Agatha abrió los ojos, se sentía más viva que nunca, con ganas de hacer muchas cosas. Tenía una agenda repleta. No podía moverse, el sujeto de la mascara roja estaba encima de ella. Agarró el cabello de Agatha y presionó su cabeza contra el suelo. Acercó el cuchillo hasta su cuello.

 Agatha soltó un grito que hizo que las paredes temblaran. Anthony saltó del miedo. Le quitó el cráneo y lo arrojó como si fuera una pelota de futbol americano. Chocó contra una pared causándole una rajadura. Agatha estaba temblando y llorando.

- ¿Qué te pasó?- le preguntó visiblemente preocupado.

- Lo vi: un hombre. Una máscara. Un cuchillo. Todo fue tan real.

Agatha no podía mover su hombro, le dolía bastante a pesar de no tener una herida visible ahí. Estaba temblando como un epiléptico tratando de bailar, las lágrimas salían como una catarata. Necesitaba confort. Anthony la abrazó con fuerza y protección.

- Descuida, ya pasó. Estoy aquí y me voy a asegurar que nada malo te pase.

Agatha no respondió. Lo abrazó con más fuerza, pudo escuchar los latidos de su corazón. Disfrutó del momento. El momento terminó cuando Anthony la separó. Agatha se sentía más calmada, quería comer un helado de chocolate. Eso siempre la animaba.

- No está- confirmó Anthony-. No esta dentro de esta habitación, pero los pendientes estuvieron aquí alguna vez. De eso estoy seguro.

Anthony le entregó un pañuelo a Agatha. Ella lo usó para limpiarse las lágrimas.

- ¿Cómo lo sabes?- preguntó Agatha con un mejor ánimo. Quería terminar este trabajo de una maldita vez para volver a casa, ver una película y comer un gran bol de helado de chocolate.

- La cómoda esta polvorienta, salvo por este cajón.- Anthony señaló el cuarto cajón de la cómoda, cuya perilla se veía un poco más limpia. Había huellas de dedos ahí.

La pista número dos era una cajita roja, donde pudieron caber los pendientes. La pista número tres era un zapato negro femenino con el tacón destruido. La pista número cuatro era el tacón.

- Alguien estuvo aquí y tomó esos pendientes.

Agatha examinó el zapato. Era de marca y era muy bonito, incluso se lo probó.

- Oye, eso pudo haberlo usado… eso.- le advirtió Anthony señalando el cráneo.

- Tengo cara de que me importe - los ojos de Agatha todavía seguían estando rojos. Agatha sonrió-. Mira, me quedan. ¿Y quien fue el que tomó los pendientes?

- ¿Qué fue lo que viste al tocar ese cráneo?

Agatha le contó todo lo que vio con el mayor lujo de detalle: El hombre de abdominales marcados de la mascara roja, el cuchillo, el cuchillo de broma, el golpe, la adrenalina. No solo lo que vio; también lo que sintió. El dolor del golpe, la hinchazón de un parpado, el desagradable olor a perfume barato que impregnaba todo el lugar. Lo peor de todo: el cuchillo atravesando su cuello.

- Ese sujeto me estaba decapitando viva. Pude sentir unos agonizantes minutos de dolor. Luego todo se volvió negro y regresé aquí.

- Decapitado, ¿eh? Creo que tengo una idea para una solución.

Agatha vio el cadáver decapitado pensando: Y yo que creí que era un costal de papas.

- ¿Cuándo me ibas a decir que habías encontrado un cadáver?- le recriminó Agatha.

- Esperaba que nunca.- le respondió Anthony desde el otro lado de la habitación. Estaba buscando algo.

El cadáver todavía seguía estando fresco, lo habrán asesinado hace unas horas. El corte fue muy irregular. No fue hecho por un profesional, pero si por alguien con mucha experiencia en el campo. Agatha maldijo en voz alta mientras se tocaba el cuello. Deseaba que no fuera el caso, pero parece que el sujeto de la máscara, de alguna forma, esta involucrado en esto.

- ¡Lo encontré!

Anthony le mostró la cabeza decapitada, se podía ver el cuello sobresaliendo de la carne. Uno de sus ojos estaba abierto, sus labios estaban morados. Anthony le acercó la cabeza demasiado a Agatha, daba la impresión que quería que le diera un beso francés al cadáver.

- ¡Aleja esa cosa de mi cara!- Agatha le dio una cachetada al cadáver haciendo que Anthony suelte la cabeza sin querer. Ambos escucharon el sonido de la cabeza estrellándose contra el suelo. Ambos esperaban que la cabeza rebotase como un balón, Anthony tenia las manos levantadas esperando para recibirla.

Anthony levantó la cabeza agarrándola de los cabellos. Sus dedos parecían esas pinzas metálicas de las maquinas para obtener un premio. La cabeza se le resbalaba de los dedos constantemente. Anthony tuvo que enredar sus dedos en los cabellos del sujeto decapitado para poder sostenerla con propiedad.

- Agatha; esta cabeza puede ser la solución de nuestros problemas. Puede decirnos donde están los pendientes.

- ¿Cómo carajos una cabeza puede…?

Agatha no completó su pregunta, se dio cuenta de lo que Anthony se refería. Su piel había recuperado su color natural solo para volver a palidecer. El horror había llegado a sus venas, para llegar directamente a su corazón lleno de colesterol. Recuerdos horrorosos pasaron por su mente. 

domingo, 12 de septiembre de 2021

La quinta misión. Capítulo 13: El barco encallado


 

Agatha y Anthony caminaban por el suelo arenoso de la playa. De cuando en cuando pisaban unos inocentes moluscos. Ambos llevaban pesadas bolsas de cuero. Se sentían como unos doctores que iban a hacerle una consulta personal a un paciente, como ocurrían en las películas y series clásicas. Ambos estaban listos para una emergencia que no tenía nada que ver con la medicina.

Anthony era un ex estudiante de medicina. Expulsado de la universidad por traficar con los medicamentos. Después de ese incidente Anthony vagó por la ciudad haciendo todo tipo de trabajados para sobrevivir, hasta que se reencontró con Agatha, una amiga de la infancia, mientras trabajaba de obrero en una construcción. Anthony dejó la carretilla repleta de bolsas de construcción para saludad a su amiga de la infancia.

Ambos habían sido amigos durante la primera y la secundaria. Se distanciaron durante la universidad, tanto porque ambos llevaron dos carreras que no podían ser más opuestas, como que Anthony se tuvo que mudar a otra provincia par completas sus estudios.

Al volverse a mirarse las caras renació la amistad. No se habían visto en casi diez años. Anthony perdió un poco de peso y ganó algo de masa muscular debido a su trabajo de obrero y Agatha también perdió peso y ganó músculos, en las piernas debido a todas las caminatas que tuvo que hacer para ir a varias entrevistas de trabajo.

Mientras tomaban café y comían rebanadas de pie de manzana se pusieron al día. Una de las razones por las cuales su amistad era tan fuerte era por la honestidad que había entre los dos. Ambos se contaron sus miserias sin edulcorar. Hablaron durante horas, hasta que el compañero de trabajo de Anthony lo llamó. Le hizo un Ultimátum diciendo que si no regresaba al trabajo mejor que no regrese.

Se despidieron de un gran abrazo e intercambiaron números.

Pasaron los días y Anthony consiguió mantener su trabajo como obrero, al menos hasta que el edificio de apartamentos este completo. Recibió un mensaje de Agatha, ofreciéndole un trabajo. Anthony lo aceptó sin dudarlo. Gracias a sus aptitudes y unas noches con la tía de Agatha pudo conseguir el trabajo. Anthony se rio pensando que jamás en su vida había pensado en dedicarse en ayudar fantasmas (y eso que era fanático de las películas de los Caza fantasmas). Pero era mucho mejor que trabajar de obrero.

Los dos vieron el barco encallado e inclinado con una ligera confusión.

- ¿Estás seguro que es aquí?- preguntó Agatha.

- Siguiendo las coordenadas de tu tía estoy seguro en un 99,9% de que es aquí.

- ¿Y el 0,1%?

- Siempre hay fallas en las probabilidades.

- ¿Y qué estamos esperando? Empecemos de una vez.

Ambos abrieron sus respectivas maletas de cuero. Gracias a este nuevo trabajo tanto Anthony como Agatha pudieron sacar a la luz una faceta que tenían escondida: la de inventores. Anthony se encargaba del diseño y funcionamiento; y ambos los construyen.

El dúo consiguió crear algunos inventos que les facilitaron las misiones. Anthony sacó un par de lentes negros que tenían un foquito verde en el centro, una lata de pintura, una pequeña aspiradora y una linterna. Agatha sacó dos bates de Baseball.

Los lentes le permitían a Anthony ver a los fantasmas mas no comunicarse con ellos, ese era el trabajo de Agatha. Con los lentes puestos Anthony lo veía todo verde. El rostro verde de su amiga lucía como un espectro, sobre todo por la nariz blanquecino. Agatha agitó la lata de pintura varias y roció el líquido transparente en los bates de Baseball. Le entregó un bate a su amigo. Este le hizo un swing a una pelota imaginaria. De seguro no le dio y fue un strike pensó Agatha sonriendo.

Agatha levantó la aspiradora con suma facilidad. Antes usaban unas pesadas mochilas para esparcir la sal, era uno de sus primeros inventos. Pero lo descartaron a darse cuenta de lo pesados que eran. Ambos iban a terminar con una joroba con forma de media luna si seguían usándola. Después de unas agitadas elecciones y de una votación de dos votos contra cero Agatha y Anthony optaron por usar la pequeña aspiradora en su lugar.

La democracia había ganado.

- Todo parece estar en orden.- dijo Agatha.

Un brillo amarillento le llegó a la cara. Agatha se cubrió los ojos.

- ¿Qué estás haciendo estúpido?

- La linterna funciona a la perfección.

Ambos rezaron antes de entrar, era la costumbre. Nunca había funcionado. Jamás una entidad fuera de la establecida los había ayudado con sus problemas. Jamás habían experimentado lo que muchos llaman: “un milagro”. Solo lo hacían porque los hacia lucir más profesionales. Eso era lo único que les importaban.

Agatha y Anthony entraron al barco.

El dúo se estremeció al escuchar el crujido de la madera al dar el primer paso. Agatha se movió con pasos más cuidadosos como si estuviera moviéndose en la cuerda floja más ancha de la historia. Gracias a la linterna pudieron ver con claridad una parte de la sala del barco. Caminaron hasta uno de los bordes, Agatha encendió la aspiradora y comenzó a rociar sal por los suelos. Ambos hicieron un acuerdo de no separarse por nada del mundo.

Entraron al pasillo y continuaron rociando la sal. Agatha no vio a ningún fantasma, solo madera mohosa. Todo parecía estar tranquilo. Ambos se sintieron aliviados al respecto. La misión era simple y podrían completarla en unos minutos. Aunque Anthony no hubiera tenido problemas con tener un poco de acción. Pero Agatha, gracias a la experiencia de sus anteriores casos, creía que mientras menos acción tuviera mejor.

Mientras caminaban Agatha habló.

- Sé que un barco abandonado es el lugar menos adecuado para decir esto, pero es algo que ha estado dentro de mi durante mucho tiempo y tengo que sacarlo sino me voy a volver loca- Agatha tomó un poco de aire rancio-. Lo conocí cerca de la construcción, estaba comiendo de un platito. Fue amor a primera vista. No pude decírselo a nadie. Lo he guardado mucho tiempo dentro de mí, no pude decírselo a nadie- Agatha sonrió-. Creo que ahora es el momento adecuado- Agatha estaba tan enfrascada en sus palabras que no se dio cuenta que estaba rodeada por la oscuridad-. Quería saber su opinión. Hay un perrito muy hermoso en una tienda de mascotas y quería saber si…

Agatha se golpeó la cara con una pared, era el fin del pasillo. Cualquier intento de conversación había desaparecido de su sistema. Le dolía mucho la nariz. Maldijo a su amigo; unos segundos después lo extrañó. Agatha estaba completamente sola.

- Anthony, inútil ¿Dónde diablos estas?- preguntó con voz temblorosa.

Agatha caminó por el oscuro pasillo, tenía que encontrar a su amigo. La única compañía que tenía eran los ruidos de pasos y el sonido del espeso viento tratando de atravesar la madera. Con la compañía de Anthony los sonidos no la asustaban. Ahora el mínimo murmullo bastaba para convertir su cabello pelirrojo en una mata blanquecina. Hacia demasiado frio, a mala hora decidió ponerse una falda. Las rodillas le temblaban por el horror y viento que pasaba entre sus piernas.

Agatha trataba de calmarse dándose un par de bofetadas y diciéndose a su misma que se comportara de manera profesional al menos una vez en la vida. 

Un soplido en el oído bastó para hacerla temblar. Agatha escuchó risas. Alguien la empujó, Agatha por poco se cae al suelo. Las risas se incrementaron. Agatha miró a todos lados para ver quien la había empujado. Levantó el bate de baseball.

-          ¿Quién anda ahí? Tengo un bate de Baseball y sé como usarlo.- intentó amenazar Agatha.

Todo estaba tan oscuro que si incluso hubiera alguien no podría verlo. Agatha caminaba y escuchaba los sonidos de unos pasos haciendo un compa con los suyos. Agatha temblaba de miedo ante la idea de que hubiera alguien detrás de ella. Agatha se puso de espaldas contra una pared a su derecha. Había soltado la aspiradora cuando se golpeó la cara. Solo tenia el bate de baseball para protegerse.

Agatha recibió una palmada en el lado derecho de la cabeza. Volteo hacia la derecha. No había nadie. Recibió una palmada en el lado izquierdo de la cabeza. Volteó hacia la izquierda. Nadie. Volvió a recibir otra palmada, esta vez en la derecha. Agatha estaba tan asustada como irritada.

-          Basta. Esto no es divertido.

-          ¿Qué tal esto?

Agatha estaba parada detrás de una puerta. Varias manos salieron del otro lado, rompieron la puerta y la rodearon. La agarraron de los brazos y las piernas y la metieron dentro de la habitación con todo y puerta. Agatha soltó el bate, quiso gritar, pero una mano blanca y pegajosa le cubrió toda la cara.

La puerta regresó a su lugar.

Anthony estaba sentado en el suelo con la linterna en su boca. Estaba alumbrando sus pies. Se estaba amarrando los pasadores de sus zapatos. Era mucho más difícil cuando hay muy poca luz disponible. A Anthony le gustaba verse y sentirse elegante, y unos zapatos desamarrados le daban una mala imagen. Tenía que amarrarlos cueste lo que cueste. Después de varios intentos lo consiguió. Se sintió contento de tener unos zapatos bien amarrados.

- ¿Me decías Agatha? ¿Agatha?

Se dio cuenta demasiado tarde que estaba completamente solo en la entrada del pasillo. Se había quitado los lentes negros para poder ver mejor sus pasadores (con los lentes puestos se veían como serpientes deseando aparearse). Se los volvió a ver y alumbró al frente.

¡ESTAMPIDA!

Un hombre obeso y barbudo se acercó a él a excesiva velocidad. Lo golpeó con su hombro de tal forma que lo mandó volando. Anthony se elevó unos centímetros en el aire, esta no era la clase de “elevación” que le gustaba. Cayó de espaldas al suelo. Sintió que algunas de sus vertebras se salieron de su lugar.

Intentó levantarse, pero su mano derecha resbaló con un líquido espeso regresándolo al suelo. Anthony lo iluminó con la linterna. Se trataba de un cuerpo decapitado. Anthony gritó de miedo, solo se calló cuando el hombre obeso le dio un golpe en la cara. El hombre obeso miraba a Anthony divertido. Quería matarlo, pero no quería hacerlo de inmediato. Quería divertirse y Anthony era su juguete. Le causaba gracia el bate de baseball que sostenía. El pobre infeliz pensaba que podía defenderse.

En una pelea entre una persona y un fantasma (cosa que ocurre mucho más seguido de lo que piensan) siempre es el fantasma el que tiene toda la ventaja. El fantasma podía golpear a su oponente, pero el oponente no podía lastimarlo. Mucho menos matarlo.

- Vamos, dame tu mejor golpe flacucho de mierda.- le provocó el obeso barbón.

El obeso barbón se puso en posición de pelea poniendo los puños juntos. A Anthony le recordó mucho a la primera película de Rocky, si esta fuese sobre una pelea de vagabundos y no sobre un combate de boxeo profesional. Anthony no entendía nada de lo que el obeso barbón le decía. Todavía no había perfeccionado ningún dispositivo que le permitiera comunicarse con el espíritu.  

Una señal (el dedo corazón) bastó para que Anthony entendiera lo que el obeso barbón quería. Quería que le diera la paliza de su vida. Anthony levantó el bate de baseball y corrió hacia donde estaba el espectro y le dio un tremendo golpe en la boca. El gordo barbón retrocedió asombrado.

El golpe… el golpe… el golpe fue real.

Sintió como el bate

- Puedes lastimarme. Debo avisar…

El segundo golpe le hizo callarse. El tercero le impidió hablar adecuadamente. El fantasma cayó al suelo. Vio a Anthony parado, con una sonrisa sádica y el bate de Baseball en su hombro. Era la primera vez que una fantasma tenía miedo de una persona. Y Anthony apenas había comenzado.

- Eshpera, eshpera…

- No entiendo nada de lo que dices, pero estoy seguro que esto es lo que quieres.

Anthony siguió golpeándolo. No se detuvo cuando el gordo barbón dejó de moverse. Se detuvo cuando se cansó. Tomó un descanso, tomó su refrigerio (Agatha preparó sándwiches), recuperó la energía y la lluvia de golpes continuó.

No recordaba haber disfrutado tanto golpeando a alguien desde el día que golpeó a Ricardo Ángeles, el abusivo del colegio, varias veces con su lonchera de Spiderman. Se cansó después del golpe número diez. Un compañero le dio un poco de leche chocolatada mientras descansaba sentado en una esquina. Una vez recuperado continuó con dos golpes más.

Hubieran sido tres si el profesor no le hubiera quitado la lonchera. Tenía ocho años y Ricardo Ángeles, trece. Anthony con las justas le llegaba al pecho. Le dio una patada en los huevos para bajar su cabeza a su nivel. Después le golpeó en la cara con la lonchera. Ese fue el único golpe que le dio en la cara, dejándole una pequeña cicatriz en la ceja derecha. Los demás golpes fueron en la espalda, el brazo y el hombro.

Lo castigaron con una suspensión de una semana y un par de horas después de clases. Cuando entró a la sala de castigo se dio cuenta de que no estaba solo. Una niña estaba sentada en una esquina. Se sentó a su lado.

- Hola.

- Hola.  

Después de ese saludo desinteresado ambos quedaron en silencio. La niña estaba leyendo un libro de R.L Stine, un autor de terror infantil y juvenil. La historia era sobre un fantasma que asechaba una escuela.

- ¿Por qué estás aquí?- preguntó Anthony. Estaba tan aburrido que quería hacer una conversación.

- Le jalé los cabellos a María Susana, la niña más caprichosa, egoísta, irritante y fastidiosa que conozco. Wendy me había advertido que primero debí lavarme las manos antes de jalarle los cabellos- la niña se rio un poco-. Es que tenia las manos llenas de pegamento por la clase de arte.   

La niña levantó las manos revelando unos mechones rubios en ambas palmas.

- ¿Y tú porque estás aquí?

- Mas o menos lo mismo. Golpee a un abusivo en la cara con una lonchera.

- Increíble.

Anthony sacó su lonchera y la puso encima de su pupitre. Esta tenia el cierre destruido, una de las esquinas era casi inexistente y el rostro de tu amigable vecino, el hombre araña, destruido. Con un toque abrió la lonchera. Dentro había unos sándwiches de jamón. Le entregó uno a la niña.

- Gracias- le dio una mordida y con la boca llena dijo:-. Soy Agatha.

- Soy Anthony.

Anthony estaba cansado, de nuevo. Del fantasma del gordo barbón solo quedaba un lago verde que burbujeaba constantemente. Anthony jadeaba de la fatiga. Se secó la frente con su manga. Sonrió con levedad, como si fuera una persona enferma tratando de animar a quien lo cuida todos los días.

- Misión cumplida.

Dejó de sonreír cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando. Si había un fantasma en un lugar abandonado siempre había grandes posibilidades de que hubiera dos, quizá tres. Corrió al interior del pasillo.

- ¡Agatha!

Anthony vio una puerta mal puesta. La abrió de una patada como un policía en una película americana. Lo que vio le hizo querer llamar a unos esfuerzos inexistentes. Unos diez espectros rodeaban a Agatha en forma de media luna. Uno de ellos sostenía su bate de baseball. Ella estaba colgada de una pierna. Parecía una piñata. Su cuerpo tenía algunas magulladuras.

- ¿Podrías ayudarme?- pidió Agatha con una voz de borracha, el estar colgada bocabajo le causaba mareos.

- Suéltenla inmediatamente.- ordenó deseando que no hayan notado el temblor de su voz. 

domingo, 11 de julio de 2021

La quinta misión Capitulo 6: El vouyerista



En esta cuarta y última misión los expertos en los paranormal se involucraron en otro desalojo. También era la primera misión involucrada con personas vivas. Se trataba de una joven que sufría constantes ataques paranormales en su propia casa. Causados por el espíritu de Vicente Aguilar, un prisionero que se suicidó en la cárcel después de haber sido condenado a 25 años de cárcel al cuadrado por el envenenamiento de toda su familia con la intención de quedarse con la herencia familiar.

Vicente se suicidó amarrando una bolsa de plástico que consiguió gracias a un trueque (unos caramelos, una cajetilla de cigarros y dos sobrecitos de café por la bolsa). Fue un cambio justo.

No tan justo como pensó ya que tuvo que cambiar otra cajetilla de cigarros por un poco de cinta adhesiva. En la mitad de la noche se suicidó poniendo la bolsa en su cabeza y amarrándola con cinta adhesiva. Su muerte fue instantánea, después de dos minutos de agonía.

Escapó de la cárcel siendo un fantasma. Lo cual era genial. Podía hacer lo que quisiera y nadie podía hacer nada para evitarlo.

Ahí entró Sofia Maldonado, de 25 años. Ella consiguió una promoción en su trabajo como encargada de las relaciones publicas de una empresa de refrescos. Sus nuevos ingresos bastaron para conseguir un pequeño apartamento y obtener esa independencia que tanto quería.

El problema era que Vicente también vio ese apartamento como su nuevo hogar y al mudarse no se llevaron nada bien. Sofia encontraba su ropa fuera de los cajones, sentía constantes pellizcos en distintas partes de su cuerpo y una noche le cortaron el cabello porque a Vincent le gustaban las chicas con el cabello corto.

Sofia no confiaba en los anuncios de internet. Solo eran promesas para ser millonario, aprender inglés fluido en tres días o perder cincuenta kilos en un mes. Todo sin esfuerzo o sacrificio. Sofia lo veía como un insulto. Ella tuvo que sacrificar mucho para llegar a donde estaba.

Sin embargo, el anuncio de F.G.S.A llamó su atención. Una chica bajita con un traje de oficina que parecía ser de su hermano mayor y unos lentes gruesos, que usaría una abuela para leer libros con letras diminutas, gritaba ante la presencia de un fantasma, que era una marioneta agrandada que se movía con efectos de Stop Motion.

- Que simpático.- comentó Sofia. La chica gritaba de terror, era más un bostezo que un grito.

Un hombre apareció, vestía un horrible uniforme y llevaba una mochila parecida a la de Los Cazafantasmas. Disparó al fantasma con un rayo blanquecino. Este se alejó. Eso era lo que buscaba Sofia. Pero le costaba decidirse sobre si contratarlos o no.

Se levantó para tomar un poco de agua cuando sintió un ventarrón que le subió la falda.

- ¿Por qué me puse una falda?- se preguntó. Había llegado a tal extremo que Sofia tenía miedo de usar la ropa que quería en su propia casa.

Esto ya era demasiado.

Sofia marcó el número de teléfono.

Esperó impacientemente hasta que escuchó los golpes a la puerta. Al abrirla se topó con la actriz que bostezaba en lugar de gritar y el héroe de acción más inexpresivo de todos los tiempos. Ambos seguían luciendo esos uniformes horribles. Era un chaleco blanco con el logo de la empresa y unos pantalones negros muy ajustados. Se notaba que no tenían la talla para el chico alto y la enana tuvo que recortarlos un poco.

- ¿Ustedes son de F.G.S.A?- Preguntó Sofia. Ya se estaba arrepintiendo de haberlos llamado. Sofia no era de las personas que juzgaban a los demás por su apariencia, pero estos tipos no eran capaces de resolver sus problemas.

Aun así, decidió darles el beneficio de la duda.

- Así es.- respondió Agatha, trataba de ocultar su nerviosismo. Era la primera vez que hablaba con un cliente humano. Señaló el logo de su pecho.

- Ya nos informaron de su problema - Anthony también problemas de fingir ser más profesional de lo que realmente era-. Estamos aquí para ayudar. 

Sofia los invitó a pasar. Agatha se quedó asombrada por la preciosidad de la sala. Con las paredes pintadas de color crema de leche, con un gigantesco cuadro de una ensalada de frutas encima de un sillón negro y una mesa de vidrio, que tenía un tazón repleto de frutas de cera.

- Que sala tan bonita tienes.- dijo Agatha, hizo unas notas mentales de las cosas que debería tener en su sala cuando regrese.

- Y me salió barato- confesó Sofia-. Soy capaz de hacer maravillas con poco presupuesto.

Ambos estuvieron de acuerdo. Sofia era una fanática de las novelas románticas. Había una pequeña colección de novelas de Danielle Steel en el mismo mueble donde estaba la televisión. Agatha no había leído nada de ella, pero su atractivo nombre le causaba curiosidad. Es probable que no le guste. Lo suyo eran las novelas policiales o de aventuras. No suele leer o ver películas de terror, con su propia vida y las cosas que tiene que lidiar son suficientes.

Anthony no les prestó atención a los gustos literarios de Sofia, o de Agatha. No suele leer ficción.

Ambos ajustaron sus mochilas. Sofia recién se dio cuenta que las tenían puestas en su espalda.

- ¿Para qué son esas mochilas?- le preguntó a Agatha.

Agatha respondió su pregunta con otra pregunta.

- ¿De casualidad eres alérgica a la sal?

La pregunta tomó a Sofia por sorpresa.

- No.- respondió con nerviosismo y deseando que esto no avance a mayores.

Agatha y Anthony se pusieron a rociar el suelo con la sal en pequeñas cantidades y en las esquinas. Habían aprendido de sus errores en la misión de Karina.

- La sal molesta a los fantasmas.- comentó Agatha.

Sofia asintió frustrada. De haberlo sabido ella misma habría comprado la sal y la hubiera esparcido por su cuenta. Se calmó pensando que el precio por contratarlos era más barato de lo que esperaba, pero no tanto como lo que hubiera gastado si lo hubiera resuelto por su cuenta.

Rociaron la sal por todo el apartamento. La sala. La cocina. El baño. Agatha abrió la puerta del dormitorio, el único lugar que no estaba salado. La cerró de inmediato y con suavidad.

- ¿Esta ahí?- preguntó Anthony.

Agatha asintió.

- Bien.- respondió este.

Sofia pensó que iba a continuar el baño de sal, pero se horrorizó cuando vio los bates de baseball. Agatha sacó una lata de pintura de color rojo y Anthony, unos ridículos lentes verdes.

- No se les ocurra hacer pintadas en mi casa.- les advirtió Sofia.

- Esa no es nuestra intención.- le respondió Anthony con una sonrisa encantadora.

La lata era roja; pero el líquido, transparente. Lo rociaron en los bates de Baseball. La madera se fue oscureciendo con la pintura.

- ¿Qué van a hacer?- preguntó Sofia con algo de pánico. Se dio cuenta que ha dejado entrar a dos sujetos con dos bates de baseball. Esto no podía llegar a una buena dirección.   

Anthony le entregó un par de esos lentes verdes. Le pidió que se los pusiera. Sofia obedeció y Anthony le ayudó a ajustárselos.

-          Te aseguro que esto te va a gustar.- le dijo Agatha con una sonrisa cruel que no le gustó nada a Sofia.

Antes de entrar Sofia le ordenó que se limpiara los pies en un tapete que decía: “bienvenido”. Agatha fue la primera en entrar, se movió de puntillas por el nuevo territorio. El dormitorio era el lugar más limpio de toda la casa. Para Sofía el dormitorio era una especie de templo en el que podía relajarse después de un duro día en el trabajo.

Podía.

Hoy en día es imposible relajarse cuando hay un fantasma gordo y calvo revisando tu cajón de ropa interior. Agatha estaba cerca del fantasma, tenía un olor desagradable. No es que los fantasmas se caracterizasen por tener un precioso aroma, pero este se llevaba las palmas en lo que a mal olor se refería. Era muy probable que en vida tuviera un olor corporal tan horrible que las flores se marchitaban ante su presencia. Agatha levantó el bate de baseball, lista para dar el primer golpe.

El fantasma detectó la presencia de Agatha y le dio un golpe en el estómago antes de que ella pudiera atacar. Agatha no fue tan sigilosa como creía, estuvo arrastrando un juguete antiestrés mientras caminaba. El golpe la hizo perder el aire, pero no soltó el bate. Este se sentía más pesado y resbaladizo en sus dedos. Intentó levantarlo de nuevo pero un nuevo golpe llegó con fuerza y en el mismo lugar.

Agatha cayó de rodillas y soltó el bate. El fantasma cerró la puerta para divertirse un poco con la joven adolorida. Tenía tantos planes en su retorcida cabeza. Dichos planes tendrían que esperar otros mil años porque Anthony abrió la puerta de una patada.

- Tengo una llave.- le dijo Sofia y le mostró la evidencia.

- Lo lamento.

- imbécil - le dijo Sofia en voz baja. Sofia gritó al ver al fantasma flotando muy cerca de Agatha, quien había vomitado en su alfombra nueva.

Anthony corrió para darle un buen golpe al fantasma. Pero este lo esquivó varias veces. Anthony era demasiado lento y el fantasma, muy escurridizo. En fantasma le arrojó un reloj despertador. Anthony lo esquivó. El reloj se hizo pedazos en la puerta, por suerte Sofia la cerró sino le hubiera caído justo en la cara.

El fantasma le arrojó todo lo que estaba a su alcance: una almohada, estuches de maquillaje, un viejo adorno con forma de toro, una caja de hisopos. Pero la cosa que consiguió lastimar a Anthony fue un consolador negro que estaba en el fondo del cajón de la ropa interior de Sara. Ella enrojeció cuando vio que el pene de goma golpeaba a Anthony como si fuera un látigo.

Anthony retrocedió para evitar más golpes con el consolador. Se resbaló con una almohada y cayó de espaldas. El fantasma se puso encima de él. Tenía otro consolador en la mano (un rosado con varias luces de navidad). El fantasma era muy fuerte, le abrió la boca a Anthony y le introdujo el consolador en la boca. Lo encendió y el interior de la boca de Anthony se convirtió en un 25 de diciembre, pero en lugar de unos villancicos sonaba una canción sobre la masturbación, daba la impresión de ser cantada por un viejo de sesenta años, admirador de Bob Dylan.

El fantasma siguió golpeándolo con el otro consolador. Se detuvo de golpe y soltó el consolador negro. El fantasma había recibido un fuerte golpe en la cabeza con el bate de baseball. Sofia no podía continuar viendo este vergonzoso espectáculo así que decidió cortar por lo sano.

El fantasma cayó al suelo.

- Con ese aerosol podemos lastimarlos - informó Anthony. Se agarró las fosas nasales para evitar que estas sigan sangrando-. No sé si sienten dolor. Solo sé que podemos lastimarlos.

Sofia no había escuchado las explicaciones de Anthony. Estaba empeñada en seguir golpeando al fantasma hasta convertirlo en un charco blanquecino de dudosa procedencia. Con la mirada Anthony buscó a Agatha, no estaba en la habitación. La vio entrar de nuevo. Estaba comiendo un sándwich de jamón.

- ¿Qué estás haciendo?- le preguntó Anthony.

- Ese maldito fantasma me hizo expulsar hasta la papilla. Después de tomar un poco de enjuague bucal para quitarme el sabor a vomito de la boca me dio hambre, así que me preparé algo de comer.

Anthony vio con hambre el emparedado que estaba comiendo Agatha.

- ¿Puedo comer un poco? – le preguntó a Agatha.

- Hay bastante en la cocina. Prepárate uno si quieres.  

Agatha y Anthony comían y bebían (gaseosa) mientras disfrutaban el espectáculo. Sofia golpeaba al fantasma con fuerza, no se mostraba cansada. Estuvo yendo al gimnasio por varias horas todos los días, para escapar del desagradable fantasma. Todo ese ejercicio valió la pena, no solo en los cinco kilos que perdió.

- 101

- 102

- 103

Apostaron a que llegaría a los 200 golpes. Para la mala suerte de Agatha se detuvo en el golpe 159. Le debía a Anthony 20 soles. Sofia soltó el bate de baseball, sudaba y tenía una sonrisa de satisfacción en la cara. Nada como acabar con tus problemas a golpes. Cuando volteó para verlos Agatha apuró su sándwich. Se lo tragó casi sin masticar. Anthony siguió comiendo tranquilamente. Prefería que lo atraparan a tener problemas en el estómago.

- Hemos tomado unos sándwiches. Descuida, los pagaremos.

- Olvídenlo. Olvídenlo. La casa invita- Sofia se rio de su comentario. Ninguno de sus dos oyentes encontró la gracia.

Levantó el bate de Baseball. Sofia estaba teniendo problemas para recuperar el aliento.

- Lo necesitaba- golpeó el suelo blanco de nuevo-. Este desgraciado no ha hecho más que causarme problemas.

Sofia se sentó en su cama, en medio de los dos expertos en los paranormal. Agatha se alejó, no podía soportar a una persona demasiado sudorosa.

- ¿A cuánto me lo venden? El bate y un poco de ese aerosol.

- No está a la…

Agatha le cubrió la boca a Anthony.

- Cien soles por los dos. Están de oferta, usualmente los vendemos más caro.

En el suelo estaba su billetera. Sofia le entregó 200 soles a Agatha. 100 por la consulta y 100 por el bate. Sofia no pudo convencer a Anthony para que le vendiera el par extra de lentes verdes; pero su pudo convencerlo de que se lo regale. Todo a cambio de una cena juntos. Agatha tomó al fantasma con las manos y lo tiró lejos del edificio. Iba a volver, pero Sofia tenía un arma para defenderse y eso aliviaba a Agatha.

Se despidieron. Sofia les dio las gracias por partida doble y se fueron.

- Tenemos más dinero- le comentó Sofia-. Con esta nueva riqueza podremos divertirnos un poco este fin de semana.

 “Con 100 soles no alcanza ni para un gramo”, pensó Anthony.

- ¿Me puedes explicar cómo fue eso un fracaso?- preguntó Agatha-. Cumplimos la misión y nos quedamos con un cliente satisfecho.

- Demasiado satisfecho- respondió Gloria molesta-. Al venderle el bate de baseball hicieron que ya no nos necesite. Por eso la misión fue un fracaso.

Agatha miró a Anthony con unos ojos acusadores.

- ¿Le dijiste algo? Acordamos dejarlo en secreto.

 “¿De qué diablos está hablando está loca?”, se preguntó Anthony confundido.

- Fuiste tú la que habló sobre el tema. Lo escribiste en tu reporte.- Gloria Beltrán añadió una risa maliciosa.

 “La venta del bate de Baseball y el aerosol fue una gran idea, obviamente lo fue. Se me ocurrió a mí. Anthony trató de impedir la venta, pero esta se concretó de todos modos. Anthony es una persona maravillosa, pero le falta una visión empresarial. Sus inventos pueden ser muy rentables. Mientras recorríamos la ciudad yo le dije que lo mantuviéramos en secreto. No quería saber como reaccionaria al respecto. Lo más seguro es que no le guste.”

- Y tienes toda la maldita razón.- dijo Gloria Beltrán con el ceño fruncido. Estaba muy irritada.  

A pesar de la evidencia presentada Agatha seguía sin creer que ella había escrito eso. Se frotaba la cabeza como si esa fuera una forma de activar su cerebro y abrir su banco de recuerdos. Con el dinero extra compraron hierba. Ella se puso a escribir en su computadora mientras se reía a carcajadas de las palabras aparecidas en la pantalla. Anthony fumaban hierba para encontrar las comedias de Seth Rogen más divertidas de lo que realmente son.

 “Para estar drogada redacto muy bien”, se dijo a si misma.

Gloria Beltrán presionó otro botón y en la pantalla aparecieron un par de pendientes azules. 

domingo, 4 de julio de 2021

La quinta misión Capitulo 5: Invasores indeseables


 

Agatha sentía como el extraño liquido verde ensuciaba su ropa y sus zapatos. Ella se movió un poco y la niña hizo más presión en su abrazo, como si no quisiera que su escapase. La niña lloró con más fuerza haciendo que Agatha se pusiera más incómoda. Tanto Anthony, como Gloria se aguantaban la risa.

-          Todo esto es una puta mierda.- dijo la niña entre sollozos.

Su nombre era Karina Arévalo, tenía siete años y murió de un ataque al corazón. No gracias al exceso de grasas y cigarrillos, sino a una terrible enfermedad hereditaria que su familia tenía. No era la única que la había sufrido. Su hermano Joaquín también murió de un ataque al corazón. Tenía 15 años. 

La niña estaba llorando por más de diez minutos, para Agatha fueron diez años. Jamás había sido muy buen tratando de consolar a una persona desdichada, mucho menos a una niña. Aun así, decidió intentarlo.

-          Descuida, dentro de unos años tus padres se reunirán contigo y juntos serán una familia feliz.

Ese comentario desatinado aumentó aún más el llanto. Tanto su ropa, como sus zapatos quedaron inservibles. Las manchas de ectoplasmas (fluidos fantasmales) son imposibles de quitar.

-          Oye, Agatha- comentó un malicioso Anthony-. Este ha sido un mal momento para estrenar tu ropa nueva, ¿No?

-          Vete al diablo.

El agarre fue perdiendo fuerza hasta que la niña soltó a Agatha. Gloria Beltrán le pasó un pañuelo, que ella tornó verde apenas se limpió la cara. Había venido por una razón, y no estaba relacionado con su llanto. Tras morir ella decidió quedarse en casa, acompañando a sus padres, cuyas vidas trataban de recomponer a base de salir seguido de casa: Visitas al cine, al teatro, clases de baile, clases de piano, clases de tejido, clases de arte, voluntarios en albergues, cualquier cosa que los mantenga alejados de casa.

La muerte de dos hijos no es algo de lo que te recuperas con facilidad.

Joaquín, quien también se quedó en casa, aprovechó las constantes salidas de sus padres para apoderarse de la casa. Se alió a una pandilla de fantasmas, que murieron en un tiroteo con la policía. Ellos se enorgullecían cada vez que contaban como se habían llevado a tres policías con ellos. La pandilla se mudó a la casa de Karina Arévalo causando todo tipo de desastres. Cada vez que sus padres regresaban encontraban la casa hecha un desorden, con polvo en el suelo y las sillas apiladas encima de la mesa.

Karina sabía que no podía resolver esto sola, necesitaba ayuda. Encontró un anuncio de “F.G.S.A” encima de un volante de un niño desaparecido. La frase “Ayudar a los fantasmas” captó su atención. Se llevó el anuncio y fue volando a visitar a Gloria Beltrán.

Entre los cuatro acordaron que el 31 de mayo iban a ser la fecha en el que Agatha y Anthony iban a echar a esos delincuentes de la casa. El 31 de mayo era el aniversario de los padres de Karina y Joaquín, 25 años de matrimonio. La tradición era irse al Cusco por una semana, lugar donde el futuro marido le propuso matrimonio a la futura esposa.

La casa era de dos pisos, pequeña y acogedora. El primer piso estaba cubierto de mayólicas marrones, mientras que el segundo piso estaba pintado de blanco. La puerta era de madera y había una ventana al lado de la puerta, con una bella cortina purpura. Karina abrió la puerta y los tres entraron. Aun siendo el escenario de muchas tragedias el interior tenía un aire cautivador. Las paredes estaban pintadas con colores cálidos: amarillo y durazno. Los muebles eran blancos, y las paredes estaban adornadas con varios cuadros familiares.

La niña volvió a llorar. Agatha se escondió detrás de Anthony.

Anthony informó que las pareces estaban recién pintadas.

- Yo solía pintar las paredes. Pintaba flores y animales. No lo hacía tan mal, mi padre me animaba diciendo que tenía madera de artista.- informó la niña.

Agatha se sintió incomoda al respecto. Sudaba y le escocían los ojos. Deseó que algo ocurriera y que rompiera toda esta tensión. Escucharon el sonido de algo rompiéndose en la cocina.

-          Gracias.- dijo Agatha en voz baja.

La pandilla estaba ahí dentro. Joaquín y otros cinco malandrines que no tenían nada mejor que hacer con sus vidas eternas. La gran mayoría de los fantasmas que conoció Agatha fueron muy amables. Ella les ayudaba lo máximo que podía, y ellos le contaban todo tipo de historias (agradables, divertidas, trágicas y oscuras). Sin embargo, estos espectros causaban un enorme malestar en Agatha. Los cinco estaban flotando alrededor de una mesa con las sillas apiladas.

Los cinco tenían una apariencia amenazante, si estuvieran vivos lo más probable es que fueran más altos que ella. Todos tenían cortes en el rostro, causados por una vida de peleas callejeras. Agatha no era una heroína de película de acción. Apenas podía levantar una pierna para dar una patada.

Agatha se sentía vulnerable ante esos espectros.

Anthony le chasqueó los dedos en la cara Agatha.

- Necesitamos a la experta en comunicaciones - le dijo Anthony, quien ocultaba mejor su nerviosismo. Estaba grabando a los objetos flotantes con su celular-. Fascinante.

Uno de los fantasmas un sujeto de larga cabellera con trenzas estaba haciendo mal abalares con las tazas. Otro, un calvo muy alto, le iba arrojando más cosas, algunas una taza cayó al suelo. Agatha la atrapó lanzándose al suelo como un jugador de futbol americano tratando de atrapar una pelota.

La ausencia de ruido hizo que los fantasmas se dieran cuenta de la existencia de Agatha y Anthony. Karina se lo hizo saber a su hermano.

- Mira lo que acabo de traer.- le comentó Karina. Esperando que la presencia de Agatha y Anthony cause miedo en Joaquín.

Su hermano en entendía nada. Solo veía a una chica tratando de ponerse de pie y a un sujeto con un celular.

- ¿Quiénes son estos imbéciles?- preguntó su hermano con amargura.

- Estos imbéciles son dos expertos en los paranormal. Los van a echar de aquí inmediatamente.

El líder de la pandilla (cuando estaban vivos y cuando estaban muertos) se acercó a toda velocidad hacia donde Karina estaba parada, mucho más decidida y desafiante que los llamados expertos en lo paranormal.

- Agradece que no golpeamos a niños. Será mejor que te largues a jugar con tus muñecas, o alguna mierda por el estilo y llévate a tus amigos si no quieres que los lastimemos.

Ni Karina, ni sus “amigos” se movieron. Ella se dirigió a su hermano.

- Se los pedí. Se los supliqué. Váyanse por favor. Están destrozando las cosas de nuestros padres.

- Ellos dejaron de ser mis padres cuando morí- esbozó una sonrisa maligna-. Ahora soy independiente. Solo nos estamos divirtiendo a expensas de unos ancianos que no pueden hacer nada para detenernos.

Para probar su punto arrojó una licuadora al suelo. El vaso de plástico rebotó y algunas piezas del motor de separaron de su lugar. La licuadora quedó inservible.

La niña suspiró. Retrocedió hasta salir de la habitación y cerrar la puerta. Sacó la cabeza por la puerta y dijo:

- Ustedes háganse cargo.- Agatha y Anthony escucharon con horror como la niña le echaba seguro a la puerta.

Los expertos en lo paranormal estaban encerrados con los espectros.

Agatha tenía tanta sed que un vaso de agua en el envase de la licuadora sería una maravilla descomunal. Ella dejó de pensar en el agua y se enfocó en los fantasmas. Tenía que deshacerse de ellos.

La pregunta es: ¿Cómo?

No le quedó otra que improvisar.  

Ella dio el primer paso. Los fantasmas no habían visto a una mujer en años, y alguien tan promedio como Agatha bastó para encender sus hormonas. Comenzaron a piropearla, con comentarios cada vez más ofensivos y desagradables. Agatha enrojeció ante la combinación de palabras que entraban por sus oídos. Trató de ser civilizada y no mandarlos a la mierda.

Algo mucho más difícil de lo que pensaba.

Los fantasmas encontraron a la chica atractiva; el chico, por el otro lado, podía morirse si quería.

-          Buenas tardes- saludó Agatha pensando que un saludo podría servir-. Mi nombre es Agatha Beltrán y él es…

Agatha no pudo continuar porque uno de los espectros les arrojó una taza. Los dos se agacharon al mismo tiempo esquivándola. El ruido que causó al romperse fue el mismo de una granada. Anthony reaccionó furioso, agarró la taza que Agatha había puesto encima de la mesa y la arrojó al aire. Anthony no podía ver a los fantasmas, no supo si le había atinado o no.

-          ¿Qué estás haciendo?- le increpó Agatha.

-          Ellos comenzaron… ¿Al menos le di?

-          Son fantasmas. No los podemos lastimar con objetos físicos. Tenemos que…

Nuevamente volvieron a interrumpir el discurso de Agatha. Uno de los fantasmas le arrojó una tortilla en la cabeza. Agatha, enfadada, tomó la tortilla y la arrojó de regreso a los fantasmas.

- ¡Oigan!, ya escucharon a la niña. Váyanse de aquí o sino…

Joaquín voló hasta estar frente a frente con Agatha. Estaba tan cerca que ella pudo contar cuantas pecas tenían en la cara. Era un muchacho con las mejillas infladas (parecía una ardilla acumulando bellotas para el invierno) y ojos pequeños, estos estaban ocultos ante la grasa de las mejillas.

- ¿Y si no nos vamos, que harán?

Ninguno de los dos respondió. Agatha miraba a Anthony y viceversa, como si dos estudiantes intentaran copiar los exámenes del otro; y ninguno de los dos supieras las respuestas correctas.

- Así es. Nada.

Entre todos levantaron a Agatha como si fuera una celebridad en un concierto. La levantaron hasta que su cabeza chocó con el techo. Ella intentaba moverse, pero los fantasmas la tenían bien agarrada. Los fantasmas la lanzaban hacia arriba, el cuerpo de Agatha chocaba contra el techo y la atrapaban. Entre todos se pusieron a dar vueltas sobre el mismo eje mareando a Agatha.

- ¡Ayúdame Anthony!- exclamó desesperada.

Los fantasmas la imitaron con un tono más burlón. Anthony agarró lo primero que estuvo en su alcance: un tarro de sal. Lo arrojó con fuerza. El tarro estaba a medio abrir. Este atravesó a uno de los fantasmas y le dio en el hombro a Agatha, dejándole una marca que se quedará con ella por semanas.

- Muchas gracias, inútil.- dijo Agatha.

La sal se derramó en el rostro de uno de los fantasmas. Agatha lo vio y exclamó un grito. Los fantasmas la soltaron como el si fuera una muñeca de trapo. Agatha cayó encima de la mesa lastimándose la espalda. Anthony solo vio un cuerpo descender gracias a la fuerza de la gravedad. Antes de que pudiera si quiera decir “Ouch” los demás fantasmas la volvieron a agarrar; dos agarraron sus axilas y otros dos sus piernas. Uno abrió su mano con suma facilidad e introdujo un cuchillo en su palma. Cerró la mano. La levantaron como si fuera una marioneta. Su cuerpo flotaba unos centímetros del suelo.

Agatha se acercó a Anthony moviendo el cuchillo de un lado a otro. Los seis titiriteros manejaban la marioneta a su antojo. Anthony esquivaba los intentos de apuñalamiento. Eso no evitaba que recibiera uno o dos cortes. “Lo siento”, susurraba Agatha con una voz quebrada por el miedo. Anthony no tuvo más espacio para retroceder. Su espalda chocó contra la puerta. Agatha levantó el brazo lo máximo que pudo y el cuchillo avanzó con suma velocidad y chocó contra la pared hundiendo la cuchilla hasta la mitad, muy cerca de la cabeza de Anthony.

Este tocó la puerta con sus nudillos. La puerta se abrió. Los fantasmas levantaron a Agatha y la pusieron en posición horizontal como si fuera un tronco, listo para usarse para abrir una puerta. Los fantasmas hicieron un conteo: Tres, dos, uno.

Y arrojaron a Agatha.

Ella colisionó con Anthony, quien tenía los brazos abiertos listo para atraparla. Ambos chocaron mutuamente y salieron bruscamente de la cocina. Anthony también se lastimó la espalda.

La cabeza de Joaquín atravesó la puerta.

- Y no regresen. Si lo hacen no seremos tan amables.

Se paso el dedo por el cuello e hizo un ruido que implicaba que les iba a cortar la cabeza. Anthony y Agatha entendieron el mensaje y salieron de la casa, ignorando los quejidos de Karina.

- ¿Eso es todo? ¿Van a rendirse así no más?- preguntó irritada.

No respondieron. Karina se puso a insultarlos: “Cobardes”, “cerdos”, “maricas”, “idiotas”, “imbéciles”, “eyaculaciones accidentadas”.

Ese último si captó la atención de los dos.

- ¿No tiene como siete años?- le preguntó Anthony a su compañera.

Agatha se frotaba la espalda con la mano (lo que podía alcanzar). Respondió:

- Yo apenas aprendí que era una eyaculación hasta recién entrada la adolescencia. Siempre pensaba que los hombres se ordeñaban solos.

Cinco días después.

Agatha y Anthony regresaron a la casa. Karina estaba sentada en uno de los escalones. Cuando los vio su expresión pasó a la sorpresa a la decepción.

- ¿Qué quieren?- preguntó con una voz sollozante.

- ¿Siguen ahí?- preguntó Agatha con un tono serio y profesional.

La niña asintió. El solo pensar en el estado de su casa la hizo volver a llorar.

- Lo están destruyendo todo.

Entraron a la casa. Karina recién se dio cuenta de las pesadas mochilas y en la joroba que se le formando a Agatha en la espalda. La casa parecía abandonada. Las paredes estaban pintadas; los muebles, rasgados con un tenedor; los cuadros tenían al padre diciendo: “Soy un estúpido” y a la madre chupando una verga blanca (el que la dibujó añadió el detalle de las venas).

Agatha levantó la boca de la aspiradora, conectada a su mochila. Presionó un botón rojo y la sal comenzó a salir. Anthony hizo lo mismo. Rociaron de sal toda la sala, el dormitorio, el baño y el resto de la casa. Lo hicieron con el máximo sigilo posible. Los fantasmas estaban en la cocina, su lugar predilecto.

Ambos estaban parados frente a la puerta. Anthony agarró la mano de Agatha y le hizo una señal de asentimiento. Le estaba diciendo que iba a estar con ella hasta el final. Agatha le dio una patada a la puerta. Esta se abrió suavemente. Los fantasmas estaban jugando con el microondas, calentando un zapato. Joaquín se dio cuenta de la presencia de una iracunda Agatha. Esbozó una sonrisa diabólica al verla.

- ¡Chicos! Nuestros juguetes preferidos regresaron- los demás dejaron de prestarle atención al microondas para enfocarse en las indeseables visitas.

Agatha ignoró las burlas y los piropos. Estaba tan enfadada con ellos que si estuvieran vivos los mataría. Levantó la aspiradora, apuntando directamente a Joaquín.

- ¿Qué es esa cosa?- preguntó Joaquín entre risas.

- Es una mujer con una aspiradora, ¿Qué esperabas?

- Es verdad.

Joaquín soltó un plato y este se rompió en pedazos al colisionar contra el suelo.

-          Limpia eso.

Agatha disparó y un montón de sal salió de la boca de la aspiradora. Joaquín quedó cubierta por la misma. Lo que Anthony vio fue un montón de sal flotando, tenía una apariencia humanoide. Joaquín soltó un grito de dolor. Los demás veían como la sal hervía su piel fantasmagórica hasta convertirlo en una sopo grumosa, del cual era casi imposible distinguir sus rasgos faciales. Joaquín salió volando de la cocina para darse con la horrible sorpresa que toda la casa estaba cubierta de sal.

Salió de la casa. 

Agatha y Anthony siguieron disparando sal a los demás fantasmas. Como Anthony no podía verlos Agatha lo guiaba señalando hacia donde debía disparara. Todos chillaban de dolor y se derretían. Salieron de la casa para seguir a Joaquín. Una vez con siguieron sacarlos Agatha y Anthony dejaron de lado la seriedad. Agatha soltó la mochila al silo y saltó de la alegría, dejó de hacerlo cuando le dio un calambre en la espalda.

- Ten cuidado. Es una mochila muy sensible.

- ¡Lo hicimos Anthony! ¡Lo hicimos! ¡Yupi!

Agatha agarró la mano de Anthony y los dos se pusieron a dar vueltas por el jardín como si fueran niños. Karina también estaba feliz de por fin poder recuperar su hogar.

- No sabía que la sal nos hacia daño.- comentó la niña al ver como unos granos de sal salían de la boca de la aspiradora.

- Y nosotros tampoco. Es algo que nos dimos cuenta recién.- respondió Anthony, contagiado por la alegría de Agatha.

Anthony no vio el daño que la sal le causó a uno de los espectros, pero Agatha sí. Después del fracaso de la misión ambos fueron a un restaurante. Apenas se sentaron en la mesa Agatha se puso a llorar, incomodando a los clientes. Anthony miraba su reloj de cuando en cuando. Bebía un poco de su milkshake de chocolate.

-          Agatha, llevas llorando más de diez minutos. Estas incomodando a la gente.- dijo Anthony con una voz más o menos muerta.

-          ¿Quién ordenó las papas fritas?- dijo la mesera.

Agatha levantó la mano haciendo una señal, mientras cubría su cara con la otra. La mesera solo se limitó a dejar el plato e irse. Anthony pidió otro milkshake.

-          Agatha, llegó tu orden. Será mejor que empieces a comer.- Anthony no sabia como continua la conversación, si ese que había una.

Anthony acercó la mano para agarrar una papa frita, pero Agatha le dio una manaza débil. Su llanto sufrió una metamorfosis hasta convertirse en una cruel carcajada. Agatha agarró el salero y se lo mostró a Anthony, se lo pegó en la cara como si quisiera que sus moléculas se fusionaran.

-          ¡Es la sal!- exclamó con una sonrisa macabra. El maquillaje de sus ojos se había corrido hasta formar dos ojeras negras-. ¡La sal los debilita!

-          Agatha, vas a hacer que nos echen… ¿fingiste que estabas llorando por más de diez minutos solo para informarme lo de la sala?

-          Sip.- respondió Agatha sacando la lengua.

-          ¿Por qué?

-          Me gustan las entradas espectaculares.

Anthony solo se limitó a levantar los hombros. A veces su amiga podía ser un poco rara.

-          Explica lo de la sal.

Agatha le explicó todo lo relacionado con la sal y el efecto en los fantasmas. Anthony lo encontró muy fascinante. Los dos se pusieron a trabajar en un arma para detenerlos usando las servilletas del restaurante, trabajaron hasta que los echaron. Estuvieron trabajando cinco horas.

Ente los dos fabricaron las mochilas rociadoras de sal durante cuatro días y tres noches ignorando las llamadas de Gloria Beltrán. Ella les hizo una visita solo para verlos dormitando después de tanto trabajo.

- Par de flojos.- susurró y cerró la puerta con fuerza. El sonido no bastó para despertarlos.

Agatha y Anthony se levantaron después de unas cuantas horas de sueño reparados. Listos para acción. Compraron más sacos de sal de los que necesitaban y salieron, listo para un contraataque.

- Lo hemos logrado - dijo Agatha. Miraba al horizonte con la intención de ver fantasmas sedientos de venganza. Nada-. Nuestro trabajo aquí ha terminado. Sé que nos extrañaran, pero debemos partir-. Vociferó Agatha como si le hablara a un grupo de personas después de cometer una hazaña heroica propia de los héroes de Marvel. En realidad, su único publico era Karina y deseaba no volverlos a ver.

Karina se los agradeció desde el fondo de su corazón inexistente.

Agatha y Anthony caminaron hasta el paradero de autobuses. Llegaron a tiempo, un autobús repleto de pasajeros se detuvo. Apenas subieron Agatha sugirió.

- Necesitamos un vehículo urgentemente.

Anthony se mostró de acuerdo con la propuesta. Los dos se fueron.

Agatha puso los pies encima de la mesa y exclamó satisfecha:

- ¡Lo hicimos!

- Baja tus malditos pies de esa mesa de caoba.- le increpó furiosa Gloria Beltrán.

- Cumplimos la misión, ¿Por qué esta en nuestra corta lista de fracasos?

Para Anthony cuatro era una lista muy corta.

Alguien tocó la puerta interrumpiendo la conversación. Gloria presionó un botón y dijo: “Adelante”. Karina entró cargando unos documentos muy pesados. Miró con rabia a Agatha, quien levantó la mano para saludarla. Si la niña no tuviera las manos ocupadas le hubiera mostrados ambos dedos medios. Agatha y Gloria habrían sido los únicos que podrían verlos.

- Llamó su editor. Quiere que lea y firme estos contratos.

- Déjalos en la mesa - dijo Gloria Beltrán. La fantasma obedeció dejándolos caer cerca a Agatha, quien estaba descansando los ojos. El ruido la despertó-. Llévate estos platos.

Karina asintió. Ahora que tenía las manos libres le mostró los dos dedos medios a Agatha. Les quitó las galletas y se fue con la bandeja.

- Primero que nada, gracias por entregarme una empleada gratis de por vida. Y por el otro lado: ustedes, idiotas, hicieron que ella no pudiera entrar a su propia casa al llenarla de sal. Además, que al llevar sus padres y ver todo el desastre salado que causaron decidieron mudarse lo más lejos de aquí. Se fueron a Rusia por el amor a Dios.

- Digamos que fue un éxito a medias- comentó Agatha-. Malagradecida.- susurró.