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lunes, 11 de octubre de 2021

La quinta misión. Capitulo 14: Diez fantasmas


 

Anthony contó a diez espectros, que estaban parados en un medio circulo con una expresión divertida, como espectadores de una fiesta en la que tenían que romper la piñata (Agatha). Estos eran un sujeto demasiado delgado para su propio bien que vestía unos pantalones rasgados, permanentemente mojados; un sujeto disfrazado de Santa Claus; una niña con un vestido morado antiguo; un calvo obeso con una larga barba a lo Gandalf; una adolescente delgada con unos shorts rojos y una blusa amarilla que parecían venir de los años 70; una mujer de mediana edad, delgada, y con un cabello inexistente; un hombre alto y con un traje elegante; un hombre vestido con el uniforme de la marina de guerra del Perú cuyas piernas fueron arrancadas por unos poderosos mordiscos; un joven adulto con una amplia cabellera negra y con una playera que tenía el logo de un grupo de Metal imposible de leer y un hombre delgado, de mirada asesina y que no dejaba de tocarse la entrepierna.

-          Suéltenla inmediatamente.- ordenó Anthony, deseando que no hayan notado el temblor de su voz.

Santa Claus era el sujeto que sostenía la cuerda. Obedeció y la soltó. Agatha cayó a un suelo sin colchoneta. Anthony corrió y le dio un golpe al naufrago de los pantalones mojados. Los demás fueron en su defensa y se unieron a la pelea. Anthony golpeaba a los que podía, pero eran diez contra uno. Una batalla perdida.

Perdida con ganas porque uno de ellos tenía el bate de Baseball.

A Agatha le dolía la espalda, como si alguien hubiera hecho explotar unos fuegos artificiales muy cerca de ella. Se levantó como pudo, sacó una lata de pintura del bolsillo trasero de su falda, agarró una silla que tenía más cercana, la roció con la pintura y la levantó. Corrió con una furia vengativa hacia el primer espectro que sus ojos, casi morados, vieron: la niña de diez años. Le dio un golpe tan fuerte que rompió la silla. La niña se desmayó.

Continuó con los demás. Le dio un golpe en la cara a la adolescente de ropa setentera. El hombre alto del traje de negocios era el que tenía el bate de Baseball, se imaginó a Agatha con el rostro de su mejor amigo, que lo envenenó para darle unos golpes con más rabia. Agatha le atravesó la pata de la silla con mucha fuerza. No bastó para lastimarlo, pero si para sorprenderlo. Soltó el bate de Baseball, Agatha lo tomó rápidamente. Primero le dio un golpe en la rodilla, que lo hizo caer, luego en el hombro y finalmente en la cabeza.

Agatha golpeaba a sus víctimas con una furia salvaje.

Anthony aprovechó que el número de espectros se redujo para ponerse de pie, no soltó el bate de Baseball sin importar cuantos lo golpearan y lo patearan. Anthony golpeó a cada espectro que se encontrara. Anthony era mucho más fuerte que Agatha así que sus golpes lastimaban con más ferocidad a los espectros, quienes no estaban acostumbrados al dolor (no lo habían sentido en décadas)

- ¿Quién sigue?- exclamó Agatha-. Puedo hacerlo toda la noche- levantó el bate de Baseball para demostrarlo.

El fantasma sin piernas le quitó el bate de baseball con suma facilidad y lo arrojó muy lejos. Agatha volteó, desarmada, y le mostró una sonrisa tímida como si estuviera diciendo: Estaba bromeando. El marine la agarró del cuello y la levantó. Voló un poco para mantenerse fuera del alcance de Anthony.

Los ojos del fantasma eran blancos, pero transmitían tanto odio que asustaban a Agatha.

- Debimos matarte apenas te encontramos. Tu delicioso cuerpo formaría parte de nuestro control.

Anthony también tenía una lata de pintura en su bolsillo, mucho más pequeña que la de Agatha. Anthony tenía tantas cosas en los variados bolsillos de su casaca (en su mayoría drogas). Entre ella un pequeño cuchillo. Lo roció con pintura. Corrió y apuñaló al fantasma en la rodilla con todas sus fuerzas. El fantasma soltó a Agatha. Esta vez no cayó al suelo, sino en los brazos de Anthony. Pero este con la lata de pintura y ambos cayeron al piso.

El fantasma se acercó volando a la cara de Anthony. Este aprovechó para apuñalarle en la cara. La hoja del cuchillo atravesó su boca. El fantasma se alejó para intentar quitar el cuchillo.

-          ¡Oye, Caracortada!- exclamó Agatha, este levantó la cara. Agatha le dio un fuerte golpe en la cabeza con el bate de Baseball.

Anthony se levantó y se puso al lado de su amiga. Todos los fantasmas estaban lastimados en el suelo.

- Es hora de encerrarlos- dijo Agatha-. ¿Dónde están la botella y el libro?

- ¿Que?- preguntó Anthony, quien deseaba tener una bolsa de hielo.

Agatha repitió la pregunta. Los fantasmas burbujeaban.

- Creí que te tocaba traerlos a ti.

- Siempre los traes tú.

- Deben estar en el auto. Voy por ellos- se ofreció Anthony-. Tú cuida de los fantasmas.

- Olvídalo. Yo voy por ellos, tú cuida de los fantasmas.

Ninguno de los dos estaba dispuesto a dar su brazo a torcer en esta discusión, discusión que tenía que terminar rápido porque los fantasmas se estaban regenerando. Los golpes solo servían para retenerlos, mas no para matarlos.

Es imposible matar a un fantasma.

- Vamos los dos, ¿De acuerdo?

Agatha y Anthony se tardaron unos cinco minutos en ir y venir con el maletín negro que estaba dentro del auto, dejaron todas las demás cosas menos los bates de baseball. Dentro solo había una botella de vino (que Agatha escribió “Propiedad de Gloria BELTRAN” en la etiqueta) y un libro negro, que adornaría perfectamente una iglesia satanista.

Anthony puso la botella en el suelo, al lado de los fantasmas, y la rodeo con sal. Agatha se puso a leer el libro. Era un libro de hechizos antiguos que Gloria Beltrán había conseguido en una subasta (le costó más de 1000 soles). Agatha solo pudo aprender ese conjuro, se requerían años de estudio y entrenamiento aprender los demás.

Gloria se sorprendió de lo rápido que había aprendido ese conjuro, en menos de un mes. Si estudiaba con mucha dedicación podría aprender todos los conjuros del libro en un año. Agatha leía el conjuro con una fluidez sorprendente. Los fantasmas se elevaron y formaron un pequeño tornado que se direccionó a la boca de la botella. Agatha y Anthony escucharon varios gritos desgarradores venir desde dentro del tornado.

- No sé por qué gritan tanto.- comentó Anthony.

- Yo tampoco entiendo. Solo los vamos a encerrar en una botella por el resto de la eternidad, o hasta que la botella se biodegrade que será dentro…- Agatha se puso a hacer unos cálculos.

- Unos cien años a lo mucho.  

El tornado se introdujo dentro de la botella dejando solo un líquido negro. La botella solo se había llenado en su cuarta parte. Anthony la cerró con un corcho y la levantó la botella en señal de orgullo. Con lo mucho que les había costado encerrar a esos desgraciados. Casi estuvo a punto de decir: “Misión cumplida” hasta que se dio cuenta que esa no era la verdadera misión. Aunque sin fantasmas asechando por ahí los dos podrían buscar los pendientes con más tranquilidad.

Buscaron por todas las habitaciones del pequeño barco. Había varias habitaciones compartidas con dos o tres canas, una cocina mugrosa y un salón de juegos con un Monopolio a la mitad. Una de las puertas decía: “Almacén”, al abrirla se toparon con varias cajas con nombres en chino y unas fechas anteriores a 1991. Apenas pusieron un pie varias ratas se fueron corriendo, los intrusos las aterraban.

Agatha quería saltar y caer en los brazos protectores de Anthony.

Anthony también quería hacer lo mismo.

- Aquí no está.

- No, aquí no hay nada.

Solo faltaba una habitación, la que estaba al fondo a la derecha. La puerta estaba junta. Al abrirla se dieron cuenta que esta era la única habitación decorada. Las paredes estaban pintadas de un blanco descolorido; los suelos estaban barnizados y había ocho posters de las ocho películas de Harry Potter.

Buscaron por todos los rincones del lugar. Abrieron los cajones de la cómoda y revisaron debajo de la cama. Nada. Agatha levantó el colchón y se quedó ante lo que encontró.

Diez cráneos humanos.

- Estamos en la cama de un psicópata.

- Y de un fan de Harry Potter.- Anthony le mostró un cajón repleto con los siete libros de la saga literaria del niño mago. Todos firmados por su autora J.K Rowling.

Agatha, curiosa como siempre, agarró uno de los cráneos. Sus ojos se pusieron en blanco. Al parpadear fue transportada a otra época. Seguía estando en la misma habitación, pero mucho más limpia y ordenada. Agatha usaba otra ropa: una blusa blanca rasgada y una falda gris de tela cortada en uno de los lados. Sostenía un cuchillo de cocina, podía sentir el peso en su mano.

La persona que estaba parada frente a ella tenía los brazos levantados. Usaba una máscara roja que lo hacía lucir como un asesino de película de terror, o un supervillano de DC Comics. No usaba camisa. Sus abdominales estaban marcados. Este sujeto debe ir al gimnasio unas dos horas al día sin faltar, pensó.

Si Agatha no hubiera estado en una situación de vida o muerte (más muerte que vida) hubiera a si misma comiendo tallarines verdes en su pecho. El hombre de la máscara roja se le acercó. Estaban los dos solos. Agatha pensó en Anthony entrando a la puerta como un aliado y entre los dos le darían su merecido a este sujeto.

Como él se estaba demorando Agatha tuvo que actuar por su cuenta.

- ¡No te acerques!- exclamó asustada. Agatha retrocedió un paso al ver que el hombre de la máscara roja no obedecía. El cuchillo bailaba en sus manos sudorosas.

El hombre de la máscara roja levantó las manos y las puso detrás de su cabeza como si estuviera en una detención policiaca. Agatha se sintió más calmada. Esa calma se esfumó por completo al ver que el hombre dio otro paso al frente.

- ¡Te dije que te quedaras quieto!

Otro paso.

-          Te lo advierto.

El hombre de la máscara roja estaba tan cerca que Agatha pudo oler su loción para afeitar, le dio nauseas. El hombre no le dio otra opción. Tenía que apuñalarlo. Agatha buscó un lugar no letal para clavarle el cuchillo, no quería ser autora de un asesino. Eso la dificultaría considerablemente para conseguir otro trabajo.

Le apuñaló en el estómago.

El hombre comenzó a reírse, era la risa de un monstruo despiadado. Dio otro paso y el cuchillo se hundió aún más en su pecho. Agatha se sorprendió que no saliera sangre del vientre de ese hombre. Otra prueba de que no era humano, o tal vez…

Agatha levantó el cuchillo y pasó el dedo por la punta, no tenía filo. La hoja del cuchillo se hundió dentro del mango apenas hizo un poco de presión.

-          Parece real, ¿no?

Al ver que Agatha estaba indefensa el hombre de la máscara roja sacó un cuchillo de sus pantalones, muy parecido al que tenía en la mano, pero mucho más afilado.

- Este si es real.- lo comprobó pasando su dedo por la hoja, dejó una manchita roja.

El hombre de la mascara roja le dio un golpe en la cara, tan fuerte que le sacudió toda la neurona a Agatha. El golpe fue real, Agatha sintió mucho dolor. Ni siquiera los golpes de los fantasmas fueron tan dolorosos. Cayó al suelo, estaba apunto de perder el conocimiento. Vio como horror la jeringa.

- Adrenalina. No quiero que te desmayes, cariño. Hay mucho por hacer.

La aguja atravesó su piel, el liquido transparente entró a su sistema. Agatha abrió los ojos, se sentía más viva que nunca, con ganas de hacer muchas cosas. Tenía una agenda repleta. No podía moverse, el sujeto de la mascara roja estaba encima de ella. Agarró el cabello de Agatha y presionó su cabeza contra el suelo. Acercó el cuchillo hasta su cuello.

 Agatha soltó un grito que hizo que las paredes temblaran. Anthony saltó del miedo. Le quitó el cráneo y lo arrojó como si fuera una pelota de futbol americano. Chocó contra una pared causándole una rajadura. Agatha estaba temblando y llorando.

- ¿Qué te pasó?- le preguntó visiblemente preocupado.

- Lo vi: un hombre. Una máscara. Un cuchillo. Todo fue tan real.

Agatha no podía mover su hombro, le dolía bastante a pesar de no tener una herida visible ahí. Estaba temblando como un epiléptico tratando de bailar, las lágrimas salían como una catarata. Necesitaba confort. Anthony la abrazó con fuerza y protección.

- Descuida, ya pasó. Estoy aquí y me voy a asegurar que nada malo te pase.

Agatha no respondió. Lo abrazó con más fuerza, pudo escuchar los latidos de su corazón. Disfrutó del momento. El momento terminó cuando Anthony la separó. Agatha se sentía más calmada, quería comer un helado de chocolate. Eso siempre la animaba.

- No está- confirmó Anthony-. No esta dentro de esta habitación, pero los pendientes estuvieron aquí alguna vez. De eso estoy seguro.

Anthony le entregó un pañuelo a Agatha. Ella lo usó para limpiarse las lágrimas.

- ¿Cómo lo sabes?- preguntó Agatha con un mejor ánimo. Quería terminar este trabajo de una maldita vez para volver a casa, ver una película y comer un gran bol de helado de chocolate.

- La cómoda esta polvorienta, salvo por este cajón.- Anthony señaló el cuarto cajón de la cómoda, cuya perilla se veía un poco más limpia. Había huellas de dedos ahí.

La pista número dos era una cajita roja, donde pudieron caber los pendientes. La pista número tres era un zapato negro femenino con el tacón destruido. La pista número cuatro era el tacón.

- Alguien estuvo aquí y tomó esos pendientes.

Agatha examinó el zapato. Era de marca y era muy bonito, incluso se lo probó.

- Oye, eso pudo haberlo usado… eso.- le advirtió Anthony señalando el cráneo.

- Tengo cara de que me importe - los ojos de Agatha todavía seguían estando rojos. Agatha sonrió-. Mira, me quedan. ¿Y quien fue el que tomó los pendientes?

- ¿Qué fue lo que viste al tocar ese cráneo?

Agatha le contó todo lo que vio con el mayor lujo de detalle: El hombre de abdominales marcados de la mascara roja, el cuchillo, el cuchillo de broma, el golpe, la adrenalina. No solo lo que vio; también lo que sintió. El dolor del golpe, la hinchazón de un parpado, el desagradable olor a perfume barato que impregnaba todo el lugar. Lo peor de todo: el cuchillo atravesando su cuello.

- Ese sujeto me estaba decapitando viva. Pude sentir unos agonizantes minutos de dolor. Luego todo se volvió negro y regresé aquí.

- Decapitado, ¿eh? Creo que tengo una idea para una solución.

Agatha vio el cadáver decapitado pensando: Y yo que creí que era un costal de papas.

- ¿Cuándo me ibas a decir que habías encontrado un cadáver?- le recriminó Agatha.

- Esperaba que nunca.- le respondió Anthony desde el otro lado de la habitación. Estaba buscando algo.

El cadáver todavía seguía estando fresco, lo habrán asesinado hace unas horas. El corte fue muy irregular. No fue hecho por un profesional, pero si por alguien con mucha experiencia en el campo. Agatha maldijo en voz alta mientras se tocaba el cuello. Deseaba que no fuera el caso, pero parece que el sujeto de la máscara, de alguna forma, esta involucrado en esto.

- ¡Lo encontré!

Anthony le mostró la cabeza decapitada, se podía ver el cuello sobresaliendo de la carne. Uno de sus ojos estaba abierto, sus labios estaban morados. Anthony le acercó la cabeza demasiado a Agatha, daba la impresión que quería que le diera un beso francés al cadáver.

- ¡Aleja esa cosa de mi cara!- Agatha le dio una cachetada al cadáver haciendo que Anthony suelte la cabeza sin querer. Ambos escucharon el sonido de la cabeza estrellándose contra el suelo. Ambos esperaban que la cabeza rebotase como un balón, Anthony tenia las manos levantadas esperando para recibirla.

Anthony levantó la cabeza agarrándola de los cabellos. Sus dedos parecían esas pinzas metálicas de las maquinas para obtener un premio. La cabeza se le resbalaba de los dedos constantemente. Anthony tuvo que enredar sus dedos en los cabellos del sujeto decapitado para poder sostenerla con propiedad.

- Agatha; esta cabeza puede ser la solución de nuestros problemas. Puede decirnos donde están los pendientes.

- ¿Cómo carajos una cabeza puede…?

Agatha no completó su pregunta, se dio cuenta de lo que Anthony se refería. Su piel había recuperado su color natural solo para volver a palidecer. El horror había llegado a sus venas, para llegar directamente a su corazón lleno de colesterol. Recuerdos horrorosos pasaron por su mente. 

domingo, 29 de agosto de 2021

La quinta misión. Capitulo 12: Una sorpresa para el principe


 

Charlie Adler salió de la habitación con un cuchillo en una mano y una máscara roja en la otra. Junto a ella la acompañaban muchas más personas, todas heridas de alguna manera u otra. Hachazos en la cabeza, disparos (muchos disparos), extremidades perdidas, puñaladas, camisas manchadas de sangre (vomito rojo por envenenamiento). Charlie Adler tenía una compañía interesante. 

Literalmente caminó hacia la luz. Frente a ella había una luz amarilla que la alumbraba a medias. Puso el cuchillo y la máscara detrás de ella, quería darle una buena sorpresa a ese sujeto. Llegó a la sala y vio a un joven vestido como un príncipe de una película de Disney. No recordaba cual. ¿La cenicienta? ¿Frozen? ¿Big Hero 6?

No importaba.

Lo que importaban eran los temblores que estaba sintiendo en la mano izquierda, mano que sostenía el cuchillo. Charlie Adler temblaba de la emoción. Era una sensación patológica, como una droga. Charlie Adler había sido una asesina durante casi toda su vida, comenzando por animales y terminando por personas.

Extrañaba el sonido del cuchillo atravesando la carne.

Charlie dio unos pasos hacia su príncipe, ansiosa. El príncipe tenía los ojos cerrados. La luz la alumbraba dándole un aspecto divino a Charlie Adler, como un ángel dispuesto a resolver sus problemas. El príncipe escuchaba con expectación los pasos de la asesina acercándose lentamente hacia él. No era el único Charlie ya lo veía como un cadáver ensangrentado en el suelo.

Se puso de cuclillas y acercó su rostro al de su novio. Notó que su príncipe tenía una cicatriz en la frente. “Como Harry Potter”, fue lo primero que pasó por su cabeza.

- Ya puedes abrir los ojos, cariño.- dijo Charlie Adler.

El príncipe abrió los ojos. Charlie Adler no se esperaba una cara tan decepcionada.

- ¿Esperabas algo más, cariño?- le preguntó Charlie Adler haciéndole una mueca de reproche.

- No, bueno sí. Me dijiste que esperara con los ojos cerrados porque tenías una sorpresa para mí- el príncipe ganó un poco de confianza-. Estoy viendo la sorpresa, pero todavía sigue en su paquete.

Charlie Adler se dio una palmada caricaturesca en la frente. Ya entendió a que se refería.

- ¡AH! Lo olvidé. Lo siento cariño. Estaba buscando algo muy importante. Anda, cierra los ojos de nuevo y vas a ver la tan ansiada sorpresa.

Andrés se emocionó ante las palabras de su novia. Había un tono juguetón en su voz que le gustaba mucho, le garantizaba un placer venidero. Cerró los ojos y les puso un poco de presión, como si no quisiera que se abrieran en contra de su voluntad.

- Ya puedes abrirlos.

El príncipe abrió los ojos y lo primero que vio fue el filo de un cuchillo oxidado.

- ¿De dónde sacaste eso?

Su novia le respondió, pero no era la respuesta que esperaba.

- Solo me costó 10 soles, pero estuvo conmigo por más de 10 años. Me acompañó en las buenas y en las malas.

Un: “Me lo encontré tirado en el suelo y me gustó tanto que me lo quedé” hubiera sido una respuesta más satisfactoria para el príncipe.

- ¿De que estas hablando?- preguntó el príncipe asustado-. Si esto es un juego no me gusta nada.

El príncipe recién se fijó en la máscara roja. Esto ya estaba cruzando umbrales insospechados. No recordaba ningún juego en el que la pareja fingía ser un asesino de una película mala de los ochentas. Andrés recordaba haber visto la máscara en las noticias una vez, pero fueron recuerdos muy borrosos. Era un niño cuando Charlie Adler murió.

Charlie Adler levantó el cuchillo. Con la luz su cuerpo parecía un ente maligno dispuesto a llevarlo a infierno y que solo tiene una idea en su mente: Asesinar. Charlie Adler trató de apuñalar al príncipe, pero este consiguió esquivar la hoja por los pelos. Su corazón comenzó a latir más de lo acostumbrado. No estaba acostumbrado a este tipo de ejercicios.

El príncipe se puso de pie, casi se resbala. Se alejó de su ella, ya no era su novia. Su novia jamás hubiera intentado lastimarlo. La última vez que lo intentó fue cuando le arrojó un oso de peluche con fuerza. Ya no había rastro de la chica dulce y agradable, que gustaba del jugo de piña y de dar largo paseos por la playa.

Irónicamente a Charlie Adler le encantaba el jugo de piña y el dar largo paseos por la playa. Era bueno para el estómago y lo ayudaban a pensar, respectivamente.

- No huyas cariño. ¿No ves que soy tu novia?- dijo Charlie Adler con un tono diabólicamente socarrón. Se formó una larga sonrisa detrás de la máscara, apenas se veía.

- ¿Desde cuándo me llamas “cariño”?

- Desde ahora.

El príncipe Andrés corrió lo más rápido que pudo. La salida estaba cerca y lejos al mismo tiempo. La salida estaba frente a sus ojos, un pequeño sabor a libertad. Si quería tomar el trago entero tendría que correr por la playa también. Era poco probable que la asesina se detuviera ahí mismo. El príncipe Andrés estaba tan enfocado en sus sueños de libertad que no vio el pie frente a él.

En realidad, no pudo verlo, aunque estuviera concentrado en sus pasos. Era el pie invisible de un fantasma, una bota mojada después de pasar décadas bajo el agua. El príncipe Andrés se resbaló y cayó de cara al suelo. Lástima por su cara porque había un clavo salido en el suelo. Este atravesó su cachete.

Charlie Adler bajó la velocidad. Sus pasos siguieron el ritmo de una canción de los setenta que tocaba en su cabeza.  Se movía bailando. Ella vio el pie que presionaba la espalda del príncipe Andrés. Era un pie descalzo, cuya planta estaba cubierta de una sustancia blanquecina. ¿Será una especie nueva de hongos? No se sabe.

El príncipe Andrés intentaba levantarse, pero la presión era cada vez más fuerte.

-          Gracias chicos- Charlie Adler comenzó a hablarle a la nada-. He estado sin practica tantos años que perdí el toque y me alegro que hayan decidido ayudarme a dar el primer…

“paso”.

El mismo pie de la bota mojada le puso la zancadilla a Charlie Adler. Como si fuera un edificio al que le explotaron las columnas del primer piso Charlie Adler se desplomó. Cayó encima de la espalda del príncipe Andrés, siendo su rodilla la que aterrizó primero destrozando algunas vertebras. Ambos escucharon el ruido de unos huesos romperse.

-          ¿Quién ha sido?- preguntó Charlie Adler enojada. Se puso de pie encima de la espalda del príncipe Andrés. Esto parecía esos masajes donde una mujer delgada se paraba en tu espalda y caminaba en sitios específicos de la misma para generar un placer relajante. Con la diferencia de que esto era más doloroso y menos profesional.

-          Fui yo.-respondió un fantasma calvo y enorme que vestía un mono gris y un delantal negro de cuero.

-          ¿Y por qué lo hiciste?

-          Porque me debías dinero de la apuesta, ¿Lo recuerdas? - respondió el fantasma calvo con confianza.

-          Ahora que tengo este cuerpo te lo voy a devolver. Te lo prometo. Además ¿Para qué demonios un fantasma necesita dinero?

-          No lo necesito. Solo quiero cobrarlo.- respondió el fantasma calvo con seguridad.

En uno de sus momentos de ocio Charlie Adler apostó con el fantasma calvo cuanto tiempo se tardaría en morir una rata enferma que se había quedado a vivir con ellos. El fantasma calvo ganó por unos meses. Si un veterinario la hubiera examinado se hubiera percatado del bultito que tenía en la espalda, del tamaño de un frijol.

Los gritos de dolor del príncipe Andrés sacaron de sus pensamientos ratoniles a Charlie Adler.

-          Ya no siento las piernas.- dijo con una voz quebrada. Las lágrimas no dejaban de caerle de los ojos.

Charlie Adler se alejó de él. Lo ayudó a darse la vuelta para que pueda ver a su futuro verdugo. Charlie Adler sonreía como un niño en una juguetería detrás de esas mascara roja. Charlie Adler veía con total indiferencia el rostro adolorido del príncipe, era como ver una araña sin patas intentando moverse con los restos de sus extremidades.

-          Seguro que esperaba ver esto, ¿No es así?

Charlie Adler se desabotonó la blusa revelando un sostén blanco y unos pechos enormes. El príncipe estaba demasiado moribundo como para apreciar la belleza de su novia. Charlie Adler apuñaló en el estómago al príncipe Andrés con fuerza, giró el cuchillo un par de veces como si fuera un tornillo que necesitaba un gran ajuste.

El príncipe Andrés murió y a nadie del reino le importó.

Charlie Adler retiró el cuchillo de su barriga. El suelo ya estaba manchado de sangre, al igual que parte de su ropa. Tomó un poco de aire, lista para el último paso. El sello de su regreso. Clavó el cuchillo en su cuello y fue cortando la cabeza poco a poco. Levantó la cabeza como si fuera una guerrera bárbara de una historia de Robert E. Howard, acaba de derrocar a un príncipe incompetente y se sentía feliz al respecto, realizada.

Charlie Adler miró los ojos desorbitados de la cabeza. Pellizcó su monumental nariz. Unos segundos después le dio una patada como si fuera un balón de futbol. La cabeza chocó contra una pared y desapareció en la oscuridad.

¡Que se corra la voz! El asesino de la cabeza roja había regresado. Charlie Adler dio su primer paso en su nueva carrera homicida. Había una astilla en el suelo que le estaba diciendo: “Seré tu primer obstáculo”. Charlie Adler la pisó. El dolor regresó y seguía siendo una sensación despreciable. Charlie Adler comenzó a saltar de un solo pie. Su pie se resbaló con el laguito de sangre y resbalo…

Cayó sentada en la panza del cadáver, como tenía el estómago abierto (por cortesía de Charlie Adler) fue como sentarse con fuerza encima de un globo de agua. Charlie Adler escuchó toda una gama de risas provenientes de toda la habitación, de todo el barco. Charlie Adler se puso de pie.

-          Oye, Charlie. El color rojo hace que tu trasero se vea más grande.

-          Monumental.

Charlie Adler se dio cuenta de la mancha enorme que había en su parte posterior. Se parecía al territorio de la Unión Soviética en un mapa, pero mucho más roja.

- ¡Cállense ya!- exclamó.

Las risas continuaron.

- No se olviden, malditos bastardos, que ustedes dependen de mí. Me necesitan para conseguir otros cuerpos, si yo fuera ustedes cerraría la boca y trataría a la bella Charlie Adler- se puso la mano en su pecho- con un poco más de respeto.

Las risas callaron.

- Así me gusta. Descuiden muchacho, no me voy a olvidar de ustedes. Volveré pronto.

Para evitar más complicaciones con sus pies descalzos Charlie Adler le quitó sus zapatos al príncipe y se los puso. Salió del barco. Estaba feliz y rebosante de energía. Feliz de haber matado a alguien. El príncipe Andrés será el primero de una larga cadena de asesinatos. “El asesino de la cabeza roja” había regresado, listo para continuar con una nueva ola de terror y muerte.

Se quitó la máscara y se la puso en su bolsillo. Salió de la playa. Sus pasos se volvían más confiados, había conseguido tomar el control de este cuerpo al 100%. Ya no había ningún rastro de Catherine, solo estaba Charlie. Charlie sonrió con maldad al escuchar un ligero llanto dentro de su cabeza mientras asesinaba al príncipe.

Charlie Adler llamó un poco de atención no requerida. Tal vez era por la ropa manchada de sangre.

- Es un disfraz.

Charlie Adler se dio cuenta que no era la única disfrazada. Un superhéroe desconocido (con dos “EMES” en su pecho) y un vampiro la saludaron. Ella correspondió al saludo. Un periódico voló hasta sus pantorrillas. Charlie Adler se dio cuenta que era el 31 de octubre del 2021. Una sonrisa de asesino apareció al ver la fecha. Charlie Adler estaba feliz por esa noticia. No tenía que preocuparse demasiado por conseguir ropa nueva.

- Oye, Rosa.- la llamó una voz juvenil.

Ella lo ignoró. Charlie no se acordaba que su nombre de viva era Rosa y siguió su camino. El vehículo se detuvo frente a ella cortándole el paso. Ella levantó la ceja ante el chofer (un pirara con un parche en el ojo)

Lo acompañaban Jason Voorhees, Iron Man (solo el casco) y una momia.

- Hola Rosa, ¿Qué estás haciendo por aquí?

Charlie conectó los puntos. Se acostumbró a moverse entre los vivos, pero todavía no se había acostumbrado a que la llamen por otro nombre que no sea Charlie.

- Nada. Paseando. Por aquí.-  Dijo ella avergonzada. La habían tomado por sorpresa porque usualmente podía hablar con mayor facilidad.

- ¿Vas a venir a mi fiesta?- preguntó el pirata Julio Muñoz.

La palabra “fiesta” activó algo en el cerebro de Charlie Adler. Adoraba las fiestas. Muchas de sus víctimas las sacaba de ahí, y la idea de volver a ir a una en su nueva vida la alegraba considerablemente.

- Por supuesto.

- ¿Dónde está Andrés?- preguntó Iron Man.

Andrés, Andrés, Andrés. Carajo. ¿Quién era ese tal Andrés? En su antigua vida tuvo un jefe llamado Andrés. No se refería a él porque murió de un infarto. Cuando era amigo un niño llamado Andrés le hacía bromas pesadas. Tampoco se refería a él, desapareció misteriosamente. Se le acabaron los “Andreses”.

De repente por su cabeza pasó la imagen de un príncipe decapitado. ¡Ah, ese Andrés! Ya se acordó de quien era.

- Esta en casa. Me acompañará en unas horas. Esta muy ocupado en algo que lo va a hacer perder la cabeza.  

Hubo risas incomodas en el auto. Ninguno la recordaba como ese sentido del humor tan particular. Como dice el dicho: Uno nunca llega a conocer a una persona en su totalidad.

- ¿Entonces vas a venir a la fiesta?

- Claro. No tengo nada que hacer esta noche.

- ¿Quieres que te lleve?- preguntó Julio Muñoz.

- Será un placer.- dijo Charlie Adler. Se subió al auto apenas abrieron la puerta.

Aceptó el ofrecimiento sin dudarlo porque no tenía la más perra idea de cómo llegar a su casa. Se acomodó en el asiento, blanco próximamente rojo, y esperó a que el auto arrancara.

-          ¿De qué se supone que estas disfrazada?- preguntó Jason Voorhees.

-          Pensaba que tú no hablabas- respondió Charlie Adler-. Soy Blancanieves, como podrás ver.

Antes de que alguien pudiera hacer una pregunta más. Charlie Adler añadió.

-          Pero dirigido por Wes Craven.

El auto arrancó con todos riéndose de la broma de Charlie Adler.

Una esfera blanca y brillante, como un foco ahorrador, salió del pecho del cuerpo decapitado de Julio. El fantasma de Julio vio ese lugar desolado, vio su cuerpo su cabeza. Se estremeció tanto que se fue corriendo fuera del barco. No se había percatado de la basta compañía que había dentro.

Diez minutos después un auto amarillo se estacionó donde no debía. 

miércoles, 1 de mayo de 2019

Pelicula de medianoche



Bart: ¿Quién ve televisión a las tres de la mañana?

Homero: Los alcohólicos, los desempleados, los solitarios…

No es mi chiste favorito de Los Simpson, pero si uno de los que más me define, sobre todo ahora. Tengo un poco de las tres características mencionadas. Hay días en los que resalta uno en comparación con los demás.

Caminé arrastrando los pies hasta el refrigerador más grande que pude comprar. Tiene el tamaño de ese enano que todos se burlan en ese programa cómico del canal 2. Al igual que el enano funciona a la mitad de su capacidad. Saqué una botella de cerveza, fría pero no helada. Era suficiente para mí. Tengo flemas en la garganta y con el frio de la noche bastaba para un diagnóstico de gripe.

También agarré un vaso de vidrio. No me gusta tomar directamente de la botella. Ese y todos los pocos platos que tengo están lavados. No solo eso; todo mi piso está impecable. Que sea un vago sin futuro no quiere decir que tenga que vivir en un cuchitril.

No son las tres de la mañana.

Es medianoche y es hora del ciclo de películas: Horror de medianoche. Todas las noches el canal 5 pasa un ciclo de películas de horror que transcurre entre la medianoche y las cinco de la mañana.

Son películas antiguas de horror, en su mayoría muy malas, pero al mismo tiempo, muy divertidas. Son clásicos del cine de explotación ochentero donde la violencia, las tripas y el sexo carnal tienen más peso que la historia y la caracterización de los personajes.

Me senté en mi sillón viejo. Uno de los resortes me golpeó el trasero. Me acomodé para al menos pretender que estoy cómodo y encendí la televisión.  La televisión se quemaba. Había fuego en la pantalla, llamas del infierno. En el centro apareció el título: Horror a medianoche, escrito con sangre digital.

Una voz parecida a la de Vincent Price en Thriller nos explicó acerca de nuestro próximo viaje al infierno. Era una película sobre un grupo de adolescentes que va a un cementerio a celebrar una fiesta sin saber el horror que les espera.  

Es todo lo que necesito saber.

La película comenzó con una canción de Rock, un auto rojo y cinco adolescentes (dos chicas y tres chicos), interpretados por adultos de 30 años. Se dirigen al cementerio mientras hacen todos los chistes sexuales posibles. Todos dieron en el blanco, me estaba riendo de lo lindo. Me serví un vaso de cerveza y bebí la mitad.

Llegaron al cementerio. Todos entraron trepando la reja, a los chicos les resultó más fácil que a las chicas. Uno de ellos saltó como si fuera el Capitán América en una de sus películas, no recuerdo cual.

Eso fue estúpido, me encantó. Los jóvenes adultos armaron una fiesta improvisada con música Rock, bocadillos, cerveza y baile. Una de las chicas se quitó la blusa revelando un sostén rojo sangre. Se besaba apasionadamente con uno de los chicos.  
El chico de lentes, apuesto cinco soles a que es el primer en morir, vomitó en una tumba. El vómito era tan verde que me recordó a El exorcista, ¿No estará poseído por algún demonio?

La explosión de hedonismo, sexo y alcohol duró diez minutos. No podía estar más contento. Es muy aburrido ver a la gente divirtiéndose y no participar en ello. La chica del sostén rojo les dijo que este cementerio guardaba un tesoro invaluable. Su abuelo, que estaba sepultado ahí, tenía un medallón valioso que habían encontrado en unas ruinas en Perú.

Me gusta la idea de ser representado en una película de terror de hace más de 30 años. Me hace sentir especial. La chica del sostén rojo les dijo que dicho medallón podría valer un número de 6 cifras. Si lo venden a la persona indicada podrían tener el suficiente dinero para ir a Europa.

Convenció a todos. La chica se volvió a poner la blusa, no va a profanar una tumba en ropa interior. Fueron a un mausoleo más cutre que he visto en mi vida, era un rectángulo de piedra con una puerta cerrada, a medias. El lugar parecía más grande por dentro que por fuera. La tumba estaba en el centro del mausoleo, otro rectángulo de piedra.

Uno de ellos removió el polvo con su palma, para ver de quien se trataba: Richard Edison Smith 1889 – 1980.

Los hombres fueron los responsables de quitar la tapa.

El cadáver de Richard estaba en proceso de descomposición. La mitad de su cara era hueso, le faltaba uno de sus parpados. Ese ojo muerto observaba a esos profanadores. Era un alto, un gigante. De los pocos ancianos físicamente conservados. No llevaba un terno negro, como suele ocurrir con los cadáveres. 

Llevaba puesto unos pantalones café y una camisa Beige, encima de su cabeza tenía un sombrero Fedora. Era el cadáver de Indiana Jones. Michelle, la nieta, nos explicó que su última voluntad era que lo enterraran con su ropa de arqueólogo.

Nada de eso importaba. El medallón era lo crucial, colgaba en su cuello.

Michelle quitó el medallón fácilmente. La cuerda que lo sostenía cooperó y no causó problemas. Ella lo limpió usando su blusa, dejando una mancha en la parte inferior. 

Era un medallón con forma de estrella, con un rostro que indicaba divinidad.

Una mano pegajosa tocó la muñeca de la otra chica. Ella chilló de miedo. Los demás se alejaron, ella se puso a centímetros de la puerta. Quería escapar.

Richard abrió el otro ojo. Me era imposible determinar el color de ojos de Richard, no solo por la calidad de mierda de mi televisión, sino también porque sus ojos eran dos huevos blancos que lloraban sangre negra. El cuerpo se fue levantando poco a poco.

Las chicas gritaron, y los chicos llenaron el mausoleo de groserías.
-          - Mi medallón.- dijo el muerto con voz cadavérica. Sonaba como la clásica voz de ultratumba que uno escucha en las películas viejas en blanco y negro.
     
     Michelle abrazó el medallón en su pecho. Todos salieron del mausoleo. Estaban tan asustados que corrieron hacia distintos lados del cementerio. Era un gravísimo error por su parte, además de un cliché muy usado. Ahora el asesino, un abuelo zombie, los va a cazar un por uno.

El chico de los lentes corrió rápidamente. Será la persona que más ve pero no consiguió ver una de las tumbas. Se tropezó y se golpeó la cara con una roca. Se rompió la nariz, comenzó a sangrar. Era una sangre rara, rosada. Eso no fue lo más desafortunado que le pasó. Sus anteojos se rompieron en pedazos. El muchacho los buscó a rastras, cuando los encontró se llevó una gran decepción.  

Se los puso. Su visión no mejoró. El ambiente borroso seguía ahí. Una mano le agarró el cabello. El chico dijo: “Mierda”. No era necesario voltear para “ver” quien le agarraba. El zombie volvió a golpear su rostro contra la pierda, el golpe fue más fuerte que la caída involuntaria.

Repitió el proceso varias veces.

Debo darle crédito al encargado de la edición de sonido. Hizo que los golpes se sintieran más dolorosos.  Terminé revisando mi propio rostro en busca de deformaciones a base de golpes. Los había pero la película no tenía nada que ver.

Después del décimo golpe el rostro del muchacho había quedado irreconocible. 

Perdió todos los dientes, su nariz estaba tan hundida que solo pude ver la punta, y uno de sus ojos estaba fuera de su órbita. De su boca solo salía escupitajos de sangre. La roca estaba manchada de sangre y trocitos de cráneo. El zombie le golpeó por última vez. Su cara quedó pegada a la roca.

La segunda víctima fue la otra chica, no recuerdo como se llama. Todos los personajes de esta película son tan olvidables que solo puedo recordar como mueren. La otra chica usaba pantalones rojos, que parecían ser dos tallas más grandes, y una blusa blanca con el dibujo de una flecha en el centro. La moda de los 80 sí que es rara.

Un trago más.

Pudo ver la puerta del cementerio, una celda metálica, oxidada, de garrotes delgados que terminaban en punta. Un primer plano de su rostro mostrando una sonrisa aliviada. Por fin esta pesadilla había terminado. Jamás irá a un cementerio en su vida. Ni siquiera a los funerales de sus amigos, a los que piensa abandonar sin resentimiento alguno.

El zombie la perseguía. Para ser alguien muy viejo, según la película, corría muy rápido. Me recordaba a esos zombies que corren en las películas actuales.
¿Esta película habrá creado esa tendencia?

No creo. La que creó esa tendencia fue la película 28 días después. “coincidencia” fue la primera palabra que pasó por mi cerebro. De todas maneras estas películas solo las vemos yo y otros tres sujetos más que sufrimos los mismos problemas que menciona Bart y somos demasiado cobardes para empezar a consumir drogas.
La puerta era de lo más descuidado de todo el cementerio, y eso ya era decir mucho. La chica vio la cerradura, su piel palideció más de lo que debía.  Estaba cerrada, había cadenas y el candado más grande que había visto.

Esto me hizo recordar que debo comprar una cerradura nueva para mi casa. Me han “robado” dos veces en lo que va del mes. En realidad solo vinieron de visita. Soy tan pobre que no hay nada que valga la pena robar. Dudo mucho que los ladrones se vayan a romper la espalda por levantar un televisor pesado y anticuado. Lo compré por menos de 100 soles, es probable que lo vendan por mucho menos.

El zombie se acercaba más y más a su víctima. La chica no dejaba de gritar, se podía sentir el terror en sus expresiones. Era la mejor actriz de la película. Era la primera vez que sentía algo de empatía por un personaje. Lloraba desconsoladamente, se le corría el maquillaje y su voz se quebraba con las palabras: ¡Ayúdame!, ¡Auxilio!

El asesino la alcanzó. Como dije antes el zombie era altísimo, le superaba a la chica por una cabeza. El zombie sostenía una barra de acero, no me pregunten de donde la sacó. No lo sé. La chica suplicaba piedad, la expresión de asesino no cambió. Seguía teniendo esa perpetua sonrisa cargada de sadismo. En sus tiempos de vida debió ser una persona horrible.

Esa persona horrible clavó la barra de acero en el pecho de la chica, la hizo retroceder. El asesino avanzo mientras la barra se introducía más adentro. La sangre escapaba del cuerpo de la chica. No solo de la herida, sino también de la boca. El asesino no se contentó con apuñalar a la chica con la barra, eso es solo el principio. 

La levantó hacia arriba. La chica, quien estaba agonizando, dio el último grito de dolor.

Los efectos especiales son increíbles. Esta es una de las escenas de asesinatos más realistas que he visto en mi vida. Casi tanto como la chica empalada en Holocausto Caníbal. Diablos, ¿Esta no será una de esas películas en las que matan a sus víctimas con la intención de crear escenas de muerte más realistas?

Espero que no.

Espero que solo sea la magia del cine.

El cuerpo de la chica fue descendiendo lentamente. La barra de metal ennegrecía más y más a medida que el cuerpo bajaba. Hace tiempo que se murió. Es la primera que no me muestro apático, o me rio a carcajadas por este tipo de escenas. Pueden ser tan exageradas que no producen ningún impacto, o solo risa.

La víctima número tres era el más fuerte del grupo. El asesino tendrá alguien con quien luchar. Era el sujeto de la cabeza afeitada, era el más extrovertido del grupo. 
Siempre lanzaba bromas a los demás miembros de la familia.

Se le veía más decidido que asustado. No quería escapar de ese monstruo, quería darle una emboscada y volverlo a mandar al infierno, de donde nunca debió haber salido.

Mientras corría miraba constantemente hacia atrás, cosa que era un error porque nunca saber lo que te puedes encontrar adelante. Me refiero a una pared de madera. Se golpeó con dicha pared y cayó al suelo.

Se limpió la sangre de su nariz con su playera negra, de algún grupo de Heavy Metal desconocido, pudo ser inventado por producción.

Se chocó con un cuarto de herramientas. Debía pertenecer a uno de los trabajadores, que se dedica a pulir las lapidas, cavar tumbas y otras cosas necesarias para hacer que los muertos tengan un mejor descanso.

El chico entró. Los dos nos quedamos maravillados por las herramientas: serruchos, sierras, palas, martillos, etc. Era una maldita ferretería, tendría éxito si tuviera otra ubicación.

Lo que captó su atención, y la mía, era una motosierra eléctrica, con dientes bien afilados. Las demás herramientas eran superfluas por comparación. Agarró la motosierra y sintió un placer sadista, de esos que yo siento cuando las victimas mal actuadas sufren en un slasher. La encendió, el ruido fue una delicia.

¿Quién sabe cuánto tiempo no ha sido utilizada? El óxido era una evidencia delatante. El instrumento que desea con toda su alma metálica servir de algo y empezar a cortar madera. En este caso cortar extremidades, cabezas y torsos.

Por suerte el asesino apareció. Era hora de una escena de acción.

Terminé mi cerveza. Dejé la botella y el vaso en el sillón, al lado. Goteaba un poco de cerveza en el cojín.

El asesino se movía lentamente, cosa normal en las películas de terror. Lo hacen para imponer terror en sus víctimas. Incluso aunque estas estuvieran armadas. La victima numero 3 levantó la motosierra, dispuesto a atacar. La sierra hizo un ruido despiadado. Lista para cortar y yo, para disfrutar. Eso pasaría si mi cuerpo no fuera tan cruel conmigo.

Me entraron ganas de ir al baño. Era urgente. Si me aguantaba un segundo más mis pantalones no lo contarían.

Fui corriendo al baño para orinar. Me tomé mi tiempo, no porque pensara que el acto de orinar era sagrado y uno tiene que hacerlo con calma. Sino porque el meado salía como una ducha abierta en su máxima capacidad.

El ruido de la “ducha” le ganaba al de la película, la puse en bajo volumen para no despertar a nadie. Suelo ser considerado con las personas que trabajan y tienen que dormir sus ocho horas.

Aun así se escuchó un grito, salpicado de dolor. Esperé a terminar porque no quería ensuciarme los pantalones. Dejé caer las últimas gotas. Me acomodé los calzoncillos y me subí el cierre. Regresé para darme cuenta de que la pelea terminó. Me desplomé en el sillón. Uno de los resortes me golpeó con fuerza en las nalgas.

El zombie sostenía la cabeza del chico fuerte, lo hacía agarrándole del cuello. Mejor dicho; agarrándole de la mitad de su columna vertebral. Parecía una pelota amarrada a una cuerda, el asesino comenzó a darle vueltas a la cabeza encima de la suya. Era la versión macabra de un juguete para niños.

La columna se rompió y alejó la cabeza lejos de su decapitador.

No pude evitarlo. Me perdí la escena de pelea pero me divirtió mucho ver al villano jugando con ese juguete grotesco, fabricado a mano.

Si alguien me hubiera tomado una foto y la hubiera subido a internet la mayoría de los comentarios hablarían de mi sonrisa de asesino. Los demás de mi fealdad y un poco de mi peinado. Me aconsejarían que me corte el cabello. Tomaría ese consejo en consideración.

De la cuarta víctima solo recuerdo su peinado, un afro horrible, que le queda mil veces peor a alguien que no es negro.

Los realizadores de la película se percataron de lo efectivo que era ese afro para el humor más oscuro. El asesino agarró su afro con sus manos, con uñas muy largas y muy negras. Lo arrancó como si fuera la envoltura de un tarro de leche dejando el cráneo al descubierto.

El chico estaba muerto. Un hilo de saliva sangriento salía de su boca. El asesino golpeó con fuerza su cráneo rompiéndolo en pedazos. Mostrando el cerebro de su víctima. Era blanco.

Como si fuera plastilina el zombie lo moldeaba con sus dedos sucios. Con cada movimiento de manos el sujeto movía la boca. Era el control remoto más cruel de la historia.

Ahora el muchacho se convirtió en un juguete. Un juguete que le aburrió demasiado rápido porque dejó de jugar con él y comenzó a comerse su cerebro.

Pasó de ser su juguete a su comida. El cerebro, seguramente gelatina, se veía muy viscoso y ver como trozos del mismo se escapan de sus labios me dio mucho asco. La escena fue muy generosa con su duración: cinco minutos.

La película estaba a punto de terminar. Solo faltaba una víctima. La nieta, la chica final. Creo que se llamaba Michelle.

El medallón se movía al ritmo de sus pasos. Constantes primeros planos al invaluable objeto, que valía un viaje a Europa. El medallón de plástico no me interesaba, lo que captaba mi atención eran esos pechos juveniles moviéndose de arriba hacia abajo.

Una sonrisa lasciva apareció en mi rostro. La sonrisa se sentía sola así que la acompañó una erección y una respiración agitada.  

El asesino se teletansportó frente a ella. La chica del medallón se chocó con él. Su rostro se pegó con el pecho del monstruo. La chica retrocedió a pasos torpes. Un primer plano a los labios del monstruo, estaba sonriendo.

 -          ¡Mierda!- exclamó Michelle. 

El zombie sostenía la silla eléctrica, la levantó y gruñó de manera familia. Me recordó a Leatherface de La matanza de Texas, mi película de horror favorita. La chica del medallón comenzó a correr hacia el otro lado. Hubo un plano general que nos mostraba lo enorme que era el cementerio, todo el espacio que tenía Michelle para huir. Maldita sea, que lugar tan enorme.

¿Cuánta gente se muerte en este lugar de ubicación desconocido?

Una piedra, puesta por un guionista despiadado, se topó en el camino de Michelle haciéndola caer. Algo parecido a lo que le pasó al chico de los lentes. La única diferencia es que no le destrozaron la cara, solo se rompió un tobillo. Soltó un grito de dolor abismal. Con un eco incluido y unos pájaros volando hacia el norte en busca de un lugar donde puedan dormir más tranquilos.

Unas manos fuertes la agarraron de los hombros. No era su padre, o alguien que la pueda confortar. Era su asesino. La volteó, poniéndola boca arriba. Quería que le viera la cara antes de matarla.

 -          Tómalo. Toma el maldito medallón.- dijo la chica. 

El zombie entendió el mensaje a pesar de que le faltaran ambas orejas. Le quitó el medallón y se lo puso. La chica se mostró aliviada. Todos sus amigos estaban muertes, pero ella no. Ella era la chica final y la chica final siempre sobrevive.

O no.

Esta vez no. El guionista se sentía inspirado y deseaba hacer una subversión de género y romper todos los clichés posibles.

El abuelo era un asesino malvado, asesinó a cuatro personas sin piedad. Dudo mucho que le importe la vida de su nieta. Encendió la sierra eléctrica. Michelle solo pudo gritar y tratar de cubrirse el rostro. Fue inútil porque su abuelo la partió por la mitad, se tomó su tiempo en hacerlo. Quería disfrutar el proceso. Personalmente siento que alargaron la escena a niveles absurdos, haciéndola tediosa al instante.
Murió. Eso quiere decir que la película se acabó. A esperar los créditos y que la voz de Vincent Price nos diga que va a empezar otra película, que no voy a ver porque tengo sueño.

Los créditos pasaron mostrándonos cientos de nombres americanos genéricos (por ejemplo: Mark Smith). El abuelo debería regresar a su mausoleo y volver a dormir, esperando que otro pariente quiera robarle su medallón.

El zombie deambulaba por un cementerio vacío, ¿Qué diablos está ocurriendo? (ahora que lo pienso esa pregunta debí guardármela para después). Tal parece que el asesino está buscando más víctimas. Ha probado el sabor de la carne, literalmente, y ahora quiere más.

Pero ¿De dónde la va a conseguir?

El medallón comenzó a brillar, era el brillo de una luciérnaga. El brillo fue aumentando en intensidad hasta cubrir toda la pantalla. Era un brillo amarillento. Era como mirar al sol. El brillo era tan fuerte que hizo que me ardieran los ojos.
El brillo se fue tan rápido como llegó y la película continuó con su transmisión habitual. El zombie miraba fijamente a la cámara. Sus ojos blanquecinos tenían un nuevo objetivo: Yo.

Esto es una alucinación provocada por un año de mi vida decidido exclusivamente a las películas de terror.

El zombie se acercó a la pantalla, como si estuviera consciente de que hay una.
Su mano salió del televisor. El olor a muerto llegó a mi nariz, dispuesto a darle un puñetazo a mi sentido del olfato. El olor se intensificó cuando salió la otra mano. Usó ambas manos para impulsarse y sacar la cabeza hasta el cuello. Su rostro era más asqueroso cuando lo tienes cerca de ti. Vomitó en el suelo de mi puso, mi pequeño lugar en este mundo. Eran gusanos blancos bañados en un líquido amarillo de origen desconocido. Los gusanos se arrastraron tan rápido como pudieron alejándose de distintas direcciones.

Yo estaba temblando de terror. El muerto puso sus manos marrones en el suelo, aplastando a uno de los gusanos. Las movía hacia adelante lentamente. Estaba tratando de salir del televisor.

Ya tenía la mitad de su cuerpo en mi habitación. No quería seguir viendo esto. Apagué el televisor y toda la pesadilla había acabado.

Más o menos.

El televisor se apagó, la transferencia se interrumpió pero el avancé no desapareció. La mitad seguía ahí, conmigo. El monstruo chillaba agonizante. El corte fue perfecto como si en lugar de un televisor se tratase de una guillotina.

Levantó su cabeza, me miró. La persona responsable de partirlo a la mitad. La persona que jamás en su vida había estado tan asustada.

 -          Tú.- dijo. Su voz fue débil, pero seguía dando miedo. 

Grité de terror.

Grité hasta que mis pulmones dijeron basta.

Grité hasta que mi vecino me dijo que me callara, que estaba tratando de dormir.

El vecino.

Salté del sillón. Escapé de sus garras. Salí de mi piso dejando la puerta entreabierta, corriendo al piso de al lado. Nuestros pisos se diferenciaban por unos pasos. La puerta de si habitación era igual a la mía, salvo por una señal que decía: “No molestar” ¿Qué es esto? ¿Un hotel?

Toqué la puerta con impaciencia. Al diablo con su señal. La puerta quedó entreabierta, todo gracias a una cadenita. Pude ver el ojo cansado de mi vecino, Fernando.

 -          ¿Tienes idea de que hora es?

 -          Solo sé que es muy tarde.- Le respondí. Soné muy calmado pero estaba al borde de la desesperación. 

-          Es tardísimo. Lárgate que quiero dormir. 

Le conté todo lo que pasó. Lo hice con detalle. Si seguíamos teniendo la conversación de antes no íbamos a llegar a ningún lado.

Fernando iba a cerrar la puerta. Al parecer estaba cansado de mis estupideces. Si invirtiéramos los papeles y un loco me visitara y me contara una historia de esa naturaleza. Yo lo invitaría a pasar y a tomar un café (si es que aún me queda). Le pediría que me contase cada detalle de esa historia. Podría servirme de algo, para un libro por ejemplo.

-          Sé que no me crees, pero…

-          Creo que eres un idiota. Solo vete. 

-          Al menos podrías prestarme tu cuchillo eléctrico. Es para un bocadillo de medianoche. 

-          Con tal de que dejes de molestarme.- cerró la puerta.

Me entregó el cuchillo eléctrico. Era azul y el metal tenía rastros de óxido y unas manchitas de comida a medio lavar.

-          Gracias. 

-          Ojala te cortes un dedo.- cerró la puerta definitivamente, impidiendo cualquier oportunidad de una respuesta. 

Luego le diré lo que pienso. Ahora tengo problemas más importantes. Regresé a mi habitación y cerré la puerta. Mi invitado sigue ahí. Se había movido hacia adelante sin tener una dirección clara. La sangre se había acumulado considerablemente en el suelo de madera. La madera absorbió la mayoría de la sangre. Qué bueno que no compré alfombras.

Conecté el cuchillo eléctrico. Lo encendí. Ronroneaba como un gatito. Me acerqué a la criatura con la intensión de hacerle daño.

-          Esto no te dolerá. 

Salí de mi piso con un paquete en la mano y el cuchillo eléctrico en la otra. Toqué la puerta de Fernando. Esta vez fue un poco más civilizado. Quitó la cadenita y me abrió la puerta. Creo que quería golpearme en la cara por despertarlo tres veces. Retrocedí al verlo.  

-          ¿Por qué retrocedes? No te voy a hacer nada.- su voz estaba cargada de odio. 

Un odio provocado por la falta de sueño. 

El paquete lo escondí en mi espalda. Más que un paquete era una sorpresa.

-          Vine a devolverte tu cuchillo eléctrico. 

-          ¿Tan rápido?- me preguntó. Le entregué el cuchillo.

-          ¡Sorpresa!

El paquete era la mano del zombie. Fernando retrocedió al verla, se tropezó con su sillón y se cayó en la suave superficie.

-          ¿Qué diablos te pasa?

Entré al piso riéndome y sosteniendo la mano.  

-          ¿Ahora me crees?

-          Por favor dime que es una mano falsa, no me obligues a llamar a la policía. 

-          No, no es real. Bueno si es real… sobre la historia que te conté. 

-          Esa del zombie que salta de una película al mundo real. 

-          Si esa, es real y quería que me creyeras. Por eso te traje una prueba. 

-          A lo mucho eso es una mano de plástico que… ¡Dios mío!

Los dedos marrones de esa mano se movieron y no eran animatronicos. Sus uñas se clavaron en mi piel. Solté la mano. Está se movió por todos los rincones del piso, que no era un gran espacio. 

-          Cierra la puerta. 

Eso hice y empezamos la búsqueda.

Mientras dos hombres adultos buscan una mano zombie. El abuelo zombie, ahora manco, sigue arrastrándose. Resulta que el zombie si tenía una dirección, mejor dicho un objetivo: el control de mi televisor. Vio lo que hice y los poderes de extraño aparato.

Araño la base del sofá dejando salir su relleno. Consiguió agarrar el control con su garra. Tuvo que agarrarlo con la mano izquierda porque yo cercené la derecha, y lo volvería a hacer. Presionó todos los botones en busca de un resultado. Lo consiguió presionando el botón rojo, el televisor se encendió. El cementerio seguía ahí, baldío y deprimente. La mitad del cuerpo zombie seguía ahí. Unas piernas acompañadas de un torso bien rebanado.

Arrojó el control, ya no le servía de nada. Este rebotó levemente y sus baterías se fueron a diferentes direcciones. El medio zombie levantó su medallón, volvió a brillar. 

El brillo fue hacia una dirección: el televisor. Se cambió de plano mostrando un infinito número de tumbas. El zombie dijo unas palabras extrañas, en un idioma raro, 
posiblemente muerto.

Algunas manos salieron de sus tumbas, solo pocas tenían los cinco dedos completos. Varios cuerpos salieron de sus tumbas. No todos tenían ojos pero vieron hacia donde tenían que ir. Un gigantesco cuadrado que les invitaba a un nuevo mundo, uno donde la carne es abundante.

Cruzar fue fácil, esta vez no había nadie quien apagara el televisor.

-          Apuñálalo con ese destornillador.- me dijo Fernando, mientras agarraba la mano. Trataba de hacer maravillas para no soltarla. Esta no dejaba de mover sus dedos hacia todas las direcciones. 

-          ¿Por qué tengo que hacerlo yo?- Sentía que el destornillador se resbalaba por todo el sudor que mi mano expulsaba.

-          Porque tienes experiencia en esto, ¿No le cortaste la mano al muerto con un cuchillo eléctrico?

-          Buen punto. 

-          Por cierto recuérdame que no te vuelva a prestar nada en mi vida. 

-          Aquí vamos. 

Apuñalé a la mano repetidas veces. Después de la décima me cansé, al menos me aseguré de que la mano dejara de moverse.

-          Lo logramos.- jamás en mi vida me había sentido tan cansado, siento como si hubiera luchado una batalla con cientos de miles de criaturas mitológicas. 

-          ¿De qué estás hablando? Tenemos que ir a tu casa y matar a ese muerto. 

Quería decirle que estaba siendo redundante. No lo hice. Tenía razón.

-          No vaya a causar una infección o algo peor. 

-          No recuerdo que haya un apocalipsis zombie en la película. Puede ocurrir, la película no explica nada. 

Fernando agarró un bate de baseball, el arma de todos los vecinos del complejo de apartamentos para defendernos de los ladrones. No vivimos en un barrio amigable. 

Yo era el único que no tenía un bate de Baseball, pero si una navaja que rara vez uso.

La puerta de mi habitación estaba cerrada. Saqué mi llave y la abrí.

Desearía no haberlo hecho.

-          ¿Qué demonios?- Fernando hablaba como si tuviera un bulto en la garganta- ¿No dijiste que solo había uno? La mitad de uno. 

Moví la cabeza de arriba hacia abajo. Esa era mi forma de decir: Eso era lo que creía.
Toda mi habitación estaba repleta de zombies. En diferentes tipos de putrefacción y tipos de olores desagradables. Rostros sin ojos se enfocaron en mí. Estaba paralizado. Voltee a la derecha para ver si tenía algo de ayuda. Eso era pedir demasiado. Fernando había desaparecido, probablemente regresó a su habitación.

No lo culpo, solo diré: “Cobarde de mierda”

Varios zombies corrieron hacia mí, dispuestos a devorarme. Estaba desarmado. Mi plan era ir por la navaja mientras Fernando le abría la cabeza a base batazos. Fernando no me dejó su bate. Se tomó en serio eso de que no me iba a prestar nada en su vida.

Los zombies se me echaron encima. Retrocedí hasta que mi espalda chocó con la barandilla. Al igual que todo el edificio la barandilla estaba en mal estado y podría romperse con cualquier cosa.

Como el repentino aumento de peso.

Se rompió en pedazos. Los zombies y yo caímos varios pisos hasta el suelo. La caída dura menos de lo que uno se limpia la nariz. Fue tan corta que no tuve tiempo de ver toda mi vida frente a mis ojos. Solo mi primer recuerdo: Cuando vomité el primer día de la escuela.

Lo último que vi antes de morir fueron unos dientes negros mordiéndome las mejillas. El golpe llegó. No sé cuentos se fueron conmigo, espero que hayan sido muchos.

Y pensar que todo comenzó con una película.