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domingo, 8 de agosto de 2021

Buena punteria. Capitulo 3: La familia Nelson



Mientras Alejandra y Sandra comían el delicioso pollo a la brasa la familia de al lado terminaban de almorzar. Vivian en una casa azul mucho más grande que la casa de Sandra; recién la habían terminado de construir, mientras que la casa de Sandra era mucho más vieja.

Los cuatro estaban muy contentos. Habían terminado un rico estofado, preparado por Gabriela Nelson, la madre y esposa. Cada uno había tenido un día precioso, pero había algo más significativo para celebrar. El padre, Claudio Nelson, había conseguido un nuevo trabajo. Había sido una decisión muy difícil el construir la casa. Pidieron varios préstamos a distintos bancos de la capital y se endeudaron hasta las cejas. Pero lo consiguieron. La casa estaba construida y era una preciosidad.

Tenían un cronograma de pagos que prometieron respetar religiosamente, y lo fueron cumpliendo hasta que Claudio perdió su trabajo gracias a un recorte de personal. Esto causó una crisis en la familia, ya que él era el que más dinero proveía. Durante varios meses no pudo encontrar otro trabajo y el cronograma de pagos se fue por el desagüe.

Hasta que una mañana, esta mañana, Claudio recibió una llamada diciéndole que había conseguido el puesto. Su salario iba a ser menor al que recibía en su primer trabajo, pero les ayudaría considerablemente a sobrevivir.

Los demás también habían tenido un día maravilloso. Los tomates del pequeño huerto estaban dando sus frutos. Andrés había recibido sus notas de sus exámenes. Había aprobado en todos los cursos con una calificación decente y Jonatan había sido seleccionado para formar parte del equipo de futbol.

Gabriela se levantó y fue al refrigerador. Sacó un envase con un litro de helado de fresa y una botellita de fudge de chocolate. Era hora de preparar el postre.

El huerto de Gabriela tenía tomates, zanahorias, papas y beterragas. Un portal morado se abrió en la pared posterior de la casa, dos figuras enormes atravesaron la puerta, que desapareció apenas pisaron un suelo sólido. Ambos estaban parados encima del huerto de zanahorias, pisándolas. Eran dos sujetos de casi dos metros, de hombros anchos y pecho abundante. Sus manos eran tan grandes que tenían el tamaño de una cabeza humana.

Era muy difícil saber si eran realmente enormes o si la armadura que llevaban puesta les ayudaba a mantener una apariencia colosal. El primer hombre miró el jardín asombrado, las plantas eran mucho más pequeñas aquí. Dio unos pasos y las enormes huellas se dejaban ver en el huerto. 

- ¿Es aquí?- preguntó el hombre número 1. Vio como una mariposa entraba al interior de una flor.

- Parece que sí.- respondió el hombre número 2-.Dejame revisar.

Ambos usaban dos cinturones, que tenían dos bolsas de cuero. El hombre numero 2 sacó un aparato que tenía la apariencia de una nariz. Una pequeña luz roja se encendió en la punta de la nariz.

-          Por aquí hay señales muy fuertes.

Ambos rodearon la casa para ver tres casas: una azul, una verdes y una amarilla.

- Tenemos dos opciones, ¿Cuál decides?

El hombre numero dos señaló la casa de la familia Nelson. Subieron que las dos escaleras que separaban el suelo de la entrada. Las dos escaleras eran testigos de las poderosas pisadas de esos hombres. Dejaban unas rajaduras en el concreto. La puerta estaba cerrada, lo comprobaron al mover la perilla.

-          Está cerrada, ¿Qué hacemos?

El hombre de metal numero dos le dio una buena patada. La cerradura se destruyó y la puerta se abrió.

-          ¿Cuándo fue la última vez que nos detuvo?

Los dos hombres metálicos entraron. Eran enormes y el pasillo, pequeño. Sin querer tiraron un florero que estaba cerca a la entrada, en medio del pasillo. El lugar se veía extraño y lúgubre para ellos. Pensaron que era una casa abandonada, pero los gritos de una familia asustada les hicieron ver de su error. La familia estaba comiendo el postre.

La familia vio a los dos desconocidos. Hombres que parecían sacados de un capítulo de Juego de Tronos. Los cascos de estos sujetos estaban cubiertos por espejos que reflejaban los rostros aterrados de la familia. Junto con las bolsas de cuero ambos llevaban unas espadas muy largas.

Sin embargo, lo que más llamaba la atención de estos hombres metálicos eran las insignias de sus pechos: Unos gusanos negros que se devoraban a una pobre silueta. Eran soldados orgullosos del magnánimo imperio de Mr. Altman, un ser que gustaba de consumir y gobernar todo lo que había a su alrededor.

- Son parecidos.- comentó el hombre número dos a su compañero.

- Pero no son ellos. Mira el aparato, apenas nos da una señal.- la nariz encendía y apagaba su lucecita cada dos segundos. La familia se preguntaba qué demonios está pasando.

- ¿Qué hacemos?

- Preguntar.

La familia se había acurrucado detrás de la mesa, como si esta pudiera protegerlo de estos dos despiadados soldados. El hombre numero 1 dio un paso al frente. El suelo tembló y la familia retrocedió aún más. El hombre metálico número 2 se rio entre dientes. Va a ser muy divertido asustar a esta familia.

- Damas y caballeros no se asusten. No vamos a hacerles daño - dijo el hombre número 1. La risa del hombre numero 2 fue más sonora. Este volteó en una señal de reproche haciendo que el hombre número 2 se callara-. Estamos buscando a una persona en particular. Solo dígannos donde está y nos iremos.

Claudio, la cabeza de la familia, dio un paso al frente. Su esposa trató de detenerlo, pero sus dedos se resbalaron en su camisa. Apenas le llegaba al pecho a los hombres metálicos, estando más cerca pudo ver algunos detalles de sus armaduras. Como el óxido que se formaba en varias esquinas. Esto les daban un aspecto más grotesco. De la misma bolsa de cuero el hombre metálico numero 1 sacó un trozo de papel y se lo entregó a Claudio.

Este lo desdobló con cuidado, como si fuera el trozo de papel más importante que había tocado en su vida. Si tuviera un cheque de un millón de dólares no lo trataría con tanta delicadeza. El papel era un dibujo. Una mujer, o al menos eso creía, de cabello corto castaño, ojos pequeños (puntitos), una nariz redondeada y una enorme sonrisa que abarcaba toda su cara.

- ¿Esto es una broma?- preguntó el padre con cautela. No quería hacer enojar a los hombres de armadura. Su vida y la de su familia dependía de ello.

- Estamos hablando en serio- respondió el hombre metálico-. ¿La has visto o no?

Claudio respondió con la absoluta y más sincera verdad.

- No, no la he visto. De hecho, ni siquiera sé quien es.

Claudio se sentía como si hablara consigo mismo, o con una versión más grande y cruel de si mismo, al verse reflejado en el espejo mientras hablaba.

- ¿Y ellos?

- A ellos déjalos en paz.- amenazó Claudio. Cualquier intento por sonar imponente fue erradicado por su voz quebrada.

- ¿De qué se trata, Claudio?- preguntó Gabriela.

Ella tomó el dibujo y lo vio con sus hijos. Después de verlo por unos segundos llegaron a la misma conclusión del padre. Al hijo mayor la imagen le recordaba a su ex. No dijo nada porque sabía que la visita de esos sujetos no iba a ser amistosa.

- ¿Nada? ¿Nadie?

Todos dijeron que no.

El hombre metálico numero 2 sacó su espada de su funda. Estaba manchada de un líquido azulado y tenía algunos dientes desiguales debido a los cortes excesivos que tuvo que hacerles a unos enemigos de piel dura.

- Tendremos que matarlos. No queda más remedio - dijo el hombre metálico numero 1-. No es nada personal…

- solo es diversión- completó el hombre metálico número 2, quien levantó su espada.

La masacre estaba por comenzar. La familia estaba abrazada, esperando el final, cuando Jonatan se salió del abrazo y se paró frente a ellos. Su madre trató de detenerlo, pero él se puso lejos de su alcance. Se le veía muy asustado en su reflejo. Temblaba. Era como hablar con los esbirros de los villanos de los videojuegos que solía jugar.

- La he visto- dijo con decisión-. Esta en la casa de al lado.

“Cualquier cosa por proteger a la familia”, pensó Jonatan.

- ¿Estas seguro?

- Segurísimo.

Los dos hombres metálicos se miraron mutuamente. Ambos levantaron los hombros al mismo tiempo haciendo un ruido robótico.

- Le creemos.- dijo el hombre metálico uno.

Claudio abrazó a su hijo, aliviado. El alivio se acabó cuando el hombre metálico uno le atravesó la espada por la garganta matándolo inmediatamente. Jonathan vio como asesinaban a su padre de primera mano. Fue lo ultimo que vio. Una espada le dio de lleno en la cabeza.

Gabriela y su otro hijo intentaron huir, pero una espada le atravesó la espalda y otra cortó la cabeza de su hijo. La muerte de la familia Nelson duró menos de un minuto.

- Vamos a la casa de al lado.- ordenó el hombre metálico número 1.

- ¿No olvidas de algo?

- ¿Qué cosa?

- Debemos destruir la casa para enseñarles una lección. Se me llena la cara de alegría cuando destruyo los juguetes de los niños frente a ellos.

- Mira a tu alrededor.- dijo el hombre metálico numero uno señalando todos los cadáveres-. Creo que ya aprendieron su lección.

- Es verdad- el hombre metálico numero 2 estaba algo molesto-. Salgamos de aquí.

Antes de irse destruyó un florero. 

domingo, 27 de junio de 2021

La quinta misión Capitulo 2: F.G.S.A

 


Gloria Beltrán comenzó a reírse señalando a Agatha, sus piernas temblaban de la risa. Se las podía ver perfectamente debajo de su falda gris. Gloria Beltrán era la versión envejecida de Agatha. Ambas tenían la misma estatura, rasgos faciales similares (nariz chata, mejillas pronunciadas y labios delgados) y un color de ojos parecidos (Agatha tenía los ojos castaños; Gloria también, pero con un toque más oscuro).

Aunque, ahora gracias al más reciente cambio en Agatha se había creado una nueva diferencia. Una diferencia que Gloria encontraba muy divertida.

-            ¿Qué diablos te hiciste en la cabeza?- preguntó Gloria Beltrán, quien estaba recuperando el aliento.

Agatha regresó un mechón de cabello a su lugar, le estaba afectando la vista.

-          Pareces una maldita antorcha.

Agatha se había teñido el cabello, de negro a un rojo vivo y sangriento. No era la primera vez que alguien la confundía con una persona que tenía la cabeza ardiendo. De hecho, una persona, pasada de copas, estuvo a punto de darle un buen chapuzón con un balde de agua helada para apagar el fuego que estaba achicharrando la cabeza de esa pobre mujer. Por suerte, para Agatha, el sujeto se puso los lentes y se dio cuenta que solo era un peinado pelirrojo.

-           Era una excentricidad mía. Una mañana me levanté y me pregunté: ¿Cómo sería tener el cabello rojo? Y aquí me tienes. ¿Te gusta?- preguntó Agatha con un poco de esperanza.

-          No.- respondió Gloria Beltrán con sinceridad.

Anthony golpeaba el suelo con su pie. Quería que la reunión comenzara de una vez. Cuando Agatha le preguntó su opinión acerca de su nuevo Look Anthony le respondió con un sencillo: “Te ves bien”. Honestamente le daba igual los cambios que se hiciera Agatha.

-          Deja de hacer eso. Estas ensuciando mi alfombra- le ordenó Gloria a Anthony. Este obedeció. Gloria suspiró-. Esos fantasmas, siempre se olvidan de pedirles que se quiten los zapatos antes de entrar. Van a tener que trabajar unas horas extras para tener la alfombra impecable. Quítense los zapatos ahora mismo.

Agatha y Anthony se quitaron los zapatos y los pusieron en una caja que decía: “Zapatos”. Agatha pensó que esta vez se iba a olvidar de esa parte de la rutina. Agatha, sin querer, se había puesto medias de diferentes colores. Anthony tenia los pies delgados. Sus pies parecían de los de alguien quince años más viejo que la edad natural de Anthony.

-        ¿Podrías dejar de mirarme los pies?

-         Lo siento. No puedo. Son dignos de estudio.

Anthony enrojeció ligeramente.

-          Ustedes dos. Siéntense. Ahora.- ordenó Gloria Beltrán señalando dos sillas de madera, que estaban cerca a la mesa.

La oficina de Gloria Beltrán era muy agradable a la vista. Las paredes estaban pintadas de un verde azulado placentero. Las paredes tenían libreros enormes repletos de libros de todo tipo (desde novelas hasta libros de ocultismo), eso incluía la colección total de las aventuras sobrenaturales de Gloria Beltry. Había una mesa redonda roja en el centro, junto a las sillas de madera (cuyos cojines apenas se podían ver) y dos plantas a ambos lados. La silla de Gloria Beltrán era la única silla de cuero ortopédica de toda la casa. Su trasero era el único digno del placer de la comodidad.

Agatha y Anthony vieron la bandeja llena de galletas, las tazas de porcelana fina y la tetera metálica que expulsaba un delicioso aroma a café recién hecho con unos ojos hambrientos. Estos querías salírseles de sus orbitas para devorar toda esa comida. Gloria nunca decepcionaba cuando se trataba de la comida. Una de sus fantasmas empleadas era una repostera profesional que murió gracias a un trozo de manzana que se atragantó en su garganta.

Su especialidad eran las galletas.

- Has una dieta te dijeron tus padres. Has una dieta dijo tu nutricionista. Estas a un paso de mosca de ser diabética. Empiezo una dieta y esto es lo que me pasa. Esa manzana era la primera comida saludable que había comido en años y mira lo que me pasa - Gloria la escuchaba con una atención compartida. Estaba viendo las noticias: “Un delincuente con narcolepsia fue arrestado por quedarse dormido cerca de un semáforo en verde”. Idiota, pensó Gloria-. Jamás volveré a comer otra cosa que no sea una galleta.

Gloria quería decirle que no volverá a comer nada en toda su nueva vida, pero se calló la boca. No quería incomodarla. Cocinaba tan bien que la quería a su lado para siempre.

- Sírvanse - dijo Gloria irritada al ver como manchas de baba se dejaban notar en su mesa de roble. Esos dos parecían jóvenes africanos que no habían visto una galleta en sus vidas-. Me están empezando a dar pena.

Ignoraron cualquier comentario hiriente. La comida era más importante que los sentimientos. Llenaron sus tazas de café (Agatha se echó cinco cucharadas de azúcar; mientras que Anthony, ninguna. Le gustaba el café negro) y agarraron la mayor cantidad de galletas que sus manos pudieron tomar.

Al lado de la bandeja casi vacía había una laptop y un proyector conectado. Gloria lo encendió y la pantalla blanca que estaba detrás se volvió negra. Apareció el logo de una silueta humana dándole la mano a un estereotipado fantasma (una sábana flotante con la cabeza puntiaguda). Debajo del logo estaba el nombre de la empresa: F.G.S.A (Friendly Ghost Sociedad Anónima)

- Como ustedes saben F.G.S.A fue fundada hace un mes- Gloria guardó silencio unos segundos-. ¿Recuerdan cuál es el propósito de nuestra pequeña empresa?

Ninguno de los dos pudo hablar adecuadamente porque tenían la boca llena de galleta.

- Ggagagagega…- dijo Agatha, un trozo de galleta se le escapó de la boca y cayó al suelo. Lo recogió, lo limpió y lo volvió a meter en su boca. Para ella la regla de los cinco segundos era sagrada.

- Grgrgrgrgr…- respondió Anthony, quien sonaba como un auto agonizante.

Gloria se frotó el puente de la nariz ante tal espectáculo tan absurdo. Le recordaba mucho a un relato corto que escribió cuando tenía 15 años. Se llamaba “Los Glorb”, que era la historia clásica de un niño que se hace amigo de dos extraterrestres peludos con un solo ojo. Tenían el doble de su tamaño y una antena rosada que terminaba en punta. Los seres extraterrestres hablaban a base de gruñidos; a lo que el niño, molesto por no entender nada de lo que decían, les preguntó:

- ¿Acaso ustedes son retrasados mentales? (el relato fue escrito en una época donde la palabra “retrasado” era bien vista. Si el relato hubiera sido escrito hoy en día el niño les hubiera preguntado: “¿Acaso ustedes son discapacitados mentales?”)

La amistad terminó y solo duró 10 minutos. Los extraterrestres tenían una misión de conquista. De sus antenas rosadas salió un humo invisible que contenía un virus mortal y muy contagioso que acabó con el 99.9% de la raza humana en un mes. Los que sobrevivieron fueron criados como esclavos por “Los Glorb”, entre los que se encontraban el niño.

Este tuvo que entender “retrasado” si quería acatar las órdenes con propiedad. Más trabajo implicaban menos azotes. Los látigos de los Glorbs estaban hechos con láser.

Por un segundo Gloria vio a dos criaturas peludas devorando sus galletas y bebiéndose su café (con Anthony no tuvo que pensar mucho; ese hombre odiaba afeitarse y lo había visto desnudo. Parecía que le hubiera arrancado la piel a un perro y se la hubiera pegado en el pecho). En el caso de Agatha veía a un extraterrestre rojo. Gloria no tenía una imagen muy positiva de su sobrina, ni de su amigo. Los necesitaba, pero no confiaba en ellos. Eran tan estúpidos que llegaban al nivel de la desconfianza.

Como si estuvieran actuando y tuvieran una agenda oculta muy oscura. Gloria se sirvió una taza de café, la cafeína era buena para aplacar su paranoia. Bebió un poco y continuó con la presentación.

- F.G.S.A fue creado con el fin de lograr que los espíritus consigan entrar al más allá, donde será juzgados por sus obras hechas en vida. Eso no es asunto nuestro. Si un fantasma vaga por la tierra es porque tiene algo que ha dejado sin terminar; y una vez lo haya hecho podrá ingresar al más allá. Nosotros les tendemos una mano.

Ambos asintieron al mismo tiempo.

- Durante este mes hemos tenido un total de cuatro trabajos.

La calma en la voz de Gloria, causada por el delicioso café selvático, se fue oxidando hasta convertirse en una voz seria y carente de alegría.

- Y todas fueron un puto fracaso.

Gloria Beltrán decidió renunciar a su carrera periodística porque sentía que ya no podía avanzar más. No le interesaba ser la editora jefa de ningún periódico, ni aparecer en la televisión comentando cualquier comentario estúpido que el presidente haya dicho. Lo suyo era el trabajo de campo, pero las mejores noticias se las daban a periodistas más jóvenes e inexpertos.

Además, que mientras más se involucraba en el mundo paranormal, menos se interesaba por el mundo físico.

Se jubiló de su trabajo periodístico, pero no de su trabajo de novelista. Gloria Beltrán estaba contenta de poder dedicarse a escribir a tiempo completo, cosa que era casi imposible teniendo en cuenta el mercado literario actual. Ella estaba consciente del secreto de su éxito, y ese era su basto talento.

Ella veía su propio talento como un pozo de agua cristalina, en el cual podía sacar agua limpia y pura y bebérsela ahí mismo. Sin la necesidad de hervirla.

Al menos eso era hasta que un día bebió un poco de esa agua. El desagradable sabor hizo que su rostro se tornara morado. Escupió una asquerosa sustancia negra, muy parecida al petróleo y que tenía un sabor igual de aceitoso.

El último libro de la saga de La Famosa detective sobrenatural Gloria Beltry había sido un fracaso en ventas y critica. Varios la tachaban de simplona y de repetir la misma trama de uno de sus libros más populares.

En “La medición de la pirámide” Gloria Beltry se enfrentaba a una momia egipcia que maldecía a las personas envejeciéndolas hasta convertirlas en cadáveres andantes incapaces de morir.

En “El ataque de la momia” Gloria Beltry se enfrenta a una momia encontrada en un templo Paracas que tenía la habilidad de rejuvenecer a las personas hasta convertirlas en fetos incapaces de morir.

¿Dónde están las similitudes?

Enojada Gloria Beltrán escribió en su página web un comunicado. Entendía sus críticas y se las agradecía, un escritor siempre aprende más gracias al feedback. Las había leído todas (no era cierto, Wendy se las había leído y Gloria castañeaba los dientes y hacia agonizar a una pelota antiestrés) y que se había dado cuenta de una verdad muy incómoda: Ya no tenía idea para Gloria Beltry.

 “El ataque de la momia” iba a ser el último, por ahora. Hasta que encontrara una forma más adecuada para terminar su historia. El final que Gloria Beltry se mereciera. La escritora estaba orgullosa de la evolución de su personaje, comenzando como una niña de diez años y terminando como una mujer adulta de 31 años, madre de dos hijos gemelos.

La quería mucho más que el hijo hipotético que nunca tendrá.

También anunció que iba a empezar una nueva serie, recorrería otros horizontes y probaría con otros géneros. Pero sin dejar de lado la trama sobrenatural, que era lo que la apasionaba de verdad.

Publicó el comunicado. Wendy era la encargada de administrar sus redes sociales así que le dijo que se hiciera cargo de los comentarios de sus fanáticos. Gloria se recostó en su silla, se puso sus audífonos y escuchó el tema principal de Los Cazafantasmas en busca de nuevas ideas. No pasó ni un minuto hasta que se le ocurrió una: Una empresa de fantasmas que, en lugar de cazar espectros, los ayudaría. Varios fantasmas le contaron lo mal que lo pasaban en este mundo.

Gloria Beltrán fue perfeccionando el concepto, pero le faltaba algo: una heroína.

¿Dónde encontrar una heroína? Gloria Beltry fue una auto inserción muy obvia. No pensaba seguir ese camino. Tenía que haber otra forma. Su celular sonó.

Era su sobrina Agatha. Gloria Beltrán bebió un poco de té antes de contestar.

- Hola Augie.- Gloria le había puesto ese apodo a su sobrina. Agatha lo odiaba. Pero nunca se le decía, aunque el tono de voz hablaba bastante. A Gloria no le importaba si le gustaba o no. Casi siempre la llamaba para pedirle dinero, que se aguante.

- Hola tía.- no encontró ningún problema en su tono. Carecía de expresión o reacción hacia el apodo. Esto es grave.

- ¿A qué se debe el honor de tu llamada?

- Estaba yendo a una entrevista de trabajo cuando me topé con un fantasma que quería que le dijera a su padre lo mucho que lo amaba. ¿Qué sugieres que haga?

Esa era una pregunta muy fácil para Gloria Beltrán, aun así, se tomó su tiempo para responder.

- Primero ve a la entrevista de trabajo y luego ayudas a ese sujeto. Si hay algo que los fantasmas tienen en abundancia es tiempo.

- Ahí está el problema- dijo Agatha muy nerviosa-. Fui a ver al padre del chico, que era un fantasma de 15 años, y cuando le dije lo mucho que su hijo lo amaba me cerró la puerta en la cara.

Obvio, pensó Gloria.

- Así que escribí una nota usando la letra del fantasma. Me salió perfecto, soy una fotocopiadora. Amarré la nota a un ladrillo y lo arrojé a la ventana rompiéndola en mil pedazos. El fantasma de quince años, llamado Iván, me había dicho que ellos se comunicaban de esa manera. Hay personas que se comunican preparando comida deliciosa y otros, arrojando piedras a las ventanas.

 “El padre leyó la nota y se puso a llorar a moco tendido. Al ver esto el fantasma desapareció. Fue tan tierno.”

- Lo es - dijo Gloria con una expresión que reflejaba cualquier cosa menos el estar conmovida. Fue una expresión de molestia. ¿Por qué la estaba llamando para contarle estas tonterías? Tenia mucho trabajo que hacer-. ¿Por qué me estas llamando?

Agatha se rio muy nerviosa desde el otro lado de la línea, como si fuera un mecanismo de defensa preventivo para lo que se venía.

- Es que perdí la entrevista de trabajo y… estoy en la comisaria. Después de llorar el viejo llamó a la policía. ¿Podrías venir? Mamá y papá no contestan mis llamadas.  

Gloria carraspeó al escuchar la pregunta: ¿Podrías venir? Ella estaba jugando con un viejo cenicero. Jamás en sus 65 años de vida había fumado un cigarrillo, pero ese cenicero se lo había regalado un reconocido periodista deportivo que fumaba como una chimenea. Era un adorno muy bonito que tenía varias pelotas de futbol a su alrededor.

Gloria quería colgar para partirse de risa por la historia que Agatha le había contado.

Eso es.

- ¿Sigues ahí, tía?

- Si, aquí estoy- respondió ella con una voz mas animada. El corazón de Agatha dejó de latir a excesiva velocidad, temía que su tía haya colgado y la haya dejado con semejante problema-.¿Podrías ayudarme?

- Claro que sí. Acabas de hacer un buen por alguien que murió hace tiempo. Eres una heroína.

Había encontrado a la protagonista definitiva para su historia. Gloria se preguntó mientras revisaba su cartera:

- ¿Cómo será escribir una comedia?

No lo sabía, pero con Agatha a su lado haciendo tonterías como esa la novela se escribiría sola.  Mientras salían de la comisaria Gloria le contó a Agatha sobre su nuevo proyecto: una pequeña agencia que ayudaría a los fantasmas y como ella podía ver y hablar con los espíritus podría ser una pieza vital para el funcionamiento de dicha empresa.

Agatha aceptó de inmediato.

Anthony se unió a la ecuación cuando Agatha se lo presentó. Le dijo que era un experto en medicina y un buen inventor, podría ser muy útil para la empresa, a la cual todavía no habían decidido un nombre. Después de acostarse con él durante una semana lo contrató.

F.G.S.A era un criadero de historias donde Agatha tenia que escribir un reporte sobre lo ocurrido para recolectar ideas para los futuros proyectos literarios de Gloria. El elefante en la habitación era que ninguno de los dos aquí presente estaba consciente de ello. Agatha y Anthony creían que estaban trabajando en una verdadera empresa de ayuda fantasmal.

Gloria golpeó la mesa con su palma. Agatha soltó una galleta sin querer y esta cayó al suelo. La regla de los cinco segundos.

- Vamos chicos, las cuatro primeras misiones fueron un rotundo fracaso. ¿Qué tienen que decir en su defensa?

Ninguno de los dos dijo nada. Era verdad que las cuatro primeras misiones no entrarían en la definición de “éxito” de ningún diccionario. Hasta que Agatha optó por defenderse.

- Todo depende de la perspectiva. Por ejemplo, en la primera misión.- Agatha presionó una tecla y el logo desapareció; un gatito moteado de nariz rosada que se encontraba encima de un árbol lo reemplazó. El animalito no podía bajar.

domingo, 25 de agosto de 2019

Pijamada parte 1


Jessica y Charlotte regresaban a casa después de un pesado día en la escuela. Era viernes. Para Charlotte era el comienzo de un fin de semana entero de actividades divertidas. Para Jessica era el único día en el que podía descansar y pensaba aprovecharlo.

Charlotte vivía a 30 minutos de la casa de la casa de Jessica. El largo trayecto colegio-casa les permitió hablar de muchas cosas: Las tareas, las notas, las series que estuvieron viendo.

Y lo más importante de todo: La pijamada que Charlotte había planificado para la noche. Cuando llegaron a la casa de Jessica se despidieron con un fuerte abrazo.

-          -            A las siete, no te olvides. 

      -          ¿Qué crees que soy?- preguntó Jessica con una indignación fingida. 

      -          Una olvidadiza.- respondió Charlotte sin dudarlo-. Te llamaré de todos modos. Chau. 

      Charlotte desapareció del mapa. Cuando la vio alejarse por completo Jessica le sacó la lengua. Abrió la reja como si fuera una ladrona a punto de entrar a una casa ajena. Revisó los bolsillos de su falda en busca de las llaves. Las encontró. Odiaba su llavero era una cruz, ¿Una maldita cruz? ¿Qué era una monja? Jessica sintió un poco de comezón en la palma de la mano. La ignoró. Abrió la puerta y entró. Ella no esperaba ningún ruido al entrar. Sus padres regresaban a casa hasta después de las 9. Sin embargo lo primero que escuchó fueron unos disparan y un hombre gritando:
Cuando Charlotte desapareció de su vista Jessica le sacó la lengua. Su casa tenía una reja con barrotes delgados y negros puestos en forma horizontal. Las odiaba porque hacían ver a su casa como si fuera una cárcel. Revisó los bolsillos de su falda en busca de las llaves. Tenía un sentimiento de amor-odio por su llavero: era una cruz.

Le gustaba por lo bonita que era. Tenía a un Jesús dorado crucificados en una cruz plateada. La odiaba porque siempre le daba comezón cuando la tocaba. A veces dejaba una marca en su palma, debía ser una reacción alérgica. Sus padres le decían que no se preocupara, que ya pasará, y era cierto.

Ignoró la comezón y abrió la puerta. La casa de Jessica tenía un pequeño jardín algo descuidado. La mitad de sus plantas estaban muertas. No esperaba ningún ruido al entrar a su casa. Sus padres regresaban a las 9 de la noche como mínimo.

Unos disparos la hicieron saltar y soltar las llaves, estos cayeron en la alfombra. Jessica los recogió sintiéndose avergonzada por haberse asustado. Esos fueron los disparos de una metralleta. Al menos que el ladrón se haya robado las armas del ejército para cometer robo a barrios de clase media esto no tenía sentido. Debía ser obra de la magia del cine.

-          Maldito.- dijo un Stallone furioso. 

Sus padres estaban en casa viéndolo escalar una montaña. Frente a él un mercenario negro tenía un arma y seguía disparando. Los dos estaban pegados a la pantalla viendo esa película de acción de los 90.

-          ¿Qué están haciendo aquí? ¿No deberían estar trabajando?

Jessica no obtuvo respuesta alguna. Sus padres salieron del trance explosivo cuando comenzó la tanda de comerciales. Como si de robots se tratasen sus padres voltearon al mismo tiempo para ver a su querida hija.

-          Hola Jessica.- la saludó su padre- ¿Cómo te fue en el colegio?

-          Bien.- Jessica repitió sus preguntas. 

-          Nos tomamos el día libre.-le respondió su madre. Llenó su mano de palomitas de un bol rojo y las comió. 

-          Ustedes no pueden hacer eso.- se quejó Jessica. Su plan de irse sin avisar y llamarlos luego se había ido por el caño. 

-          Si podemos.- intervino su padre-. No queríamos ir a trabajar y nos tomamos el día libre. Estamos viendo Máximo Riesgo, ¿Nos quieres acompañar? 

Jessica negó con la cabeza.

-          Eso quiere decir que si un día no quiero ir a la escuela simplemente digo que no quiero y ya. 

-          Tú solo puedes faltar cuando estés enferma o te hayan secuestras.- se formó una sonrisa burlona en el rostro de su madre cuando dijo eso. 

-          Solo los adultos podemos faltar cada vez que queramos.- apoyó su padre-. Los niños tienen que acatar las reglas.

-          ¡No soy una niña!- se quejó Jessica.

-          Las niñas y las jóvenes menores de 18 años tienen que obedecer las reglas de la casa. 

Jessica gruñó como un perro rabioso. Solo le faltaba ladrar. Detestaba que sus padres fueran más listos que ella. Debe ser por la diferencia de edad y mayor experiencia.

-          Como digan.- Jessica estaba enojada. 

-          Como siempre ha sido desde el inicio de los siglos. Los padres siempre tienen la razón. 

-          Amen.- terminó su madre. 

-          Voy a estar en mi cuarto.- les avisó Jessica. 

-          ¿No vas a almorzar? 

-          No tengo hambre.

No era cierto. Su estómago le exigía alimento después de un día difícil en el colegio. Jessica no le prestó atención. Quería tener la última palabra en esta discusión, que pareció haber venido de la nada.

-          Hay milanesa con papas fritas.- gritó su madre. 

Jessica estaba a punto de entrar a su habitación cuando oyó las palabras de su madre: “Hay milanesa con papas fritas”.

Al diablo con la última palabra. El milanesa con papas fritas era su platillo favorito. Bajó de dos en dos las escaleras y entró a la cocina. Su plato estaba tapado con una bandeja de metal. Lo abrió y encontró un plato que consistía en una milanesa tan grande que ocupaba todo el plato, las papas fritas cubrían la mitad de la milanesa formando una pequeña montaña de sabor. Había una insignificante pieza de lechuga que Jessica tiró a la basura. Comida de conejos. Guacala. 

El microondas sonó. Sacó su plato y volvió a subir las escaleras. La película estaba en pleno clímax con el protagonista y el villano enfrentándose cara a cara. Cerró la puerta de su cuarto con sus pies. Encendió su laptop y entró a la página de Netflix. Mientras comía veía un capítulo de Casa de Papel. Trató de no mirar el teclado, le daba asco, lleno de suciedad. Suciedad que provenía de los alimentos.

Jessica tenía unos modales en la mesa atroces, comía con las manos y masticaba con la boca abierta. Sus padres le advirtieron que mejorara sus modales en la mesa. No los escuchó. Charlotte le pidió que lo hiciera. Tampoco la escuchó (y eso que ella escuchaba más a su amiga que a sus padres en lo que a consejos se refiere).

En el caso de Charlotte también añadió un poco de crueldad a la negativa. Recordó una vez ella fue a almorzar a casa de Charlotte. Había pollo a la brasa. La oportunidad perfecta para comer sin recurrir a los cubiertos. Jessica agarró el muslo, las papas y la comida de conejos con las manos desnudas, recién lavadas. Charlotte le dijo:

-          Los cubiertos fueron inventados para algo. 

-          Si, para arrancarle los ojos a los demás.- Jessica le echó mayonesa a una papa y se la comió. 

Charlotte se convirtió en una estatua. Tenía un trozo pequeño de pollo en los labios. Ese trozo cayó en su rodilla, para luego caer cerca de sus zapatos. Lo aplastó.
Charlotte no sabía que responder ante semejante comentario.

-          Lo vi en un documental.- le explicó Jessica, quien notó el cambio de Charlotte ante su comentario. Para no discutir Jessica agarró los cubiertos y no los usó para arrancar los ojos. 

Cambiaron de tema.

Jessica se comía las papas con los dedos. Estaba en su casa, lo que significaba libertad para comer como se le viniera en gana. Cuando Charlotte la invite a almorzar usará los cubiertos y fingirá tener buenos modales.

Si la vuelve a invitar.

Cerró su laptop cuando terminó de comer. Solo vio 15 minutos del episodios, de los cuales solo prestó atención a cinco (su almuerzo era más importante y delicioso). Luego lo verá. 

Se puso un pijama rosa, el pijama que llevará a la pijamada con sus amigas. Fue un regalo de navidad de su abuela hace seis años. Jessica tenía 10 años. Su abuela le dijo:

-          Este regalo lo usarás el resto de tu vida. 

Sonaba a maldición de gitana de tenía razón. Su pijama era tres tallas más grande. La primera vez que se lo puso parecía la protagonista de una película en la que un adulto se convierte en un niño por una maldición o deseo de cumpleaños. Durante los tres primeros años usó el pijama con un cinturón.

El pijama le quedó a la perfección cuando cumplió 16 años. Era un pijama muy bonito. Los pantalones tenían varias estrellas negras y la parte superior tenía una transcripción que decía: “dulces sueños” escrito en el pecho. Puso el despertador a las 5:30 y se echó en la cama. Apenas cerró los ojos se quedó dormida.

El despertador sonó tres horas después. Una mano salió de la cúpula de almohadas para apagar el despertador. En lugar de golpearlo en la cabeza como siempre lo empujó hasta el borde la cómoda, cayó al suelo.  

El despertador era persistente a pesar de la caída siguió sonando. Jessica abrió los ojos con pereza. Todavía tenía sueño, obvio solo había dormido un par de horas. Salió de la cama. Era como una mariposa saliendo de su cúpula, estaba cansada y todavía debía que desenrollar sus alas. Jessica apagó el despertador. La pantalla está rota.

Se dio una ducha rápida para exterminar cualquier rastro de sueño de su sistema. Estaba tan cansada que no se dio cuenta de los cambios de su cuerpo. Sus energías se renovaron gracias a un chapuzón de agua. Jessica se vio en el espejo y los cambios se hicieron notar.

Solo fueron dos cambios.

Suficientes.

De hecho; sobraban dos.

El primero tuvo que ver con su cabello y el segundo con sus dientes.

Dos dientes resaltaban de los demás en la parte superior de su dentadura. Eran como los de un conejo. Hablando de conejos Jessica se revisó las orejas en busca de más pelo o que le hayan crecido más de la cuenta. No pasó nada, eran dos orejas normales. Humanas. 

Su dentista personal arreglará sus dientes, de alguna forma. Pero lo que realmente la sacó de sus casillas fue el cabello. Había crecido de un modo sobrenatural, no lo podía decir de otra forma. Hace solo unas horas su cabello era normal, corto.
El fondo de semana anterior se cortó el cabello. Le había quedado tan bien que abrazó a la peluquera. Ella no supo si debía devolver el abrazo o esperar a que la chica la soltara. Nunca nadie había resaltado su talento con un abrazo. Solo le pedían descuentos y fiados.

El largo cabello negro le cubría los ojos, también negros, ella los tuvo que retirar para verse mejor en el espejo. El cabello era tan largo que le cubría la espalda. Jessica encajaría mejor en Japón, asustando niños con peinados de tazón. 

Jessica comenzó a cepillarse el cabello para calmarse los nervios. Otra de las enseñanzas que su abuela le había dejado: cepillarse el cabello siempre ayudaba a una señorita a calmarse. Jessica se preguntó cómo aplica ese consejo su abuela. Su abuela era una mujer casi calva, que usaba una peluca que recordaba a los jueces de las películas americanas.

¿Cepillará la peluca?

Jessica perdió el interés encontrar una respuesta a esa pregunta.

Cepillarse el cabello estaba funcionando. Encontraba la calma. Aunque tendría que cepillarse unas diez mil veces más para que se calme por completo. El timbre de su celular la hizo soltar el cepillo. Este cayó en el inodoro. Un cepillo que jamás va a usar en su vida.

Contestó el celular.

-          ¿Quién es y qué quieres?- no era su saludo particular pero estaba enojada.  

-          Soy Charlotte. Ya te dije quién soy, ahora te diré lo que quiero. Quiero que vengas a mi casa. 

-          ¿Para qué?- preguntó Jessica. El tratar de acordarse para que solo le provocaba dolor de cabeza. 

-          La pijamada, ¿No te acuerdas? – La palabra “pijamada” la hizo recordar. 

-          Ya me acordé.

-          Te lo dije. Eres muy olvidadiza ¿Vas a venir o no? 

-          Llegaré en media hora. Olvídalo llegaré en una hora. Me acabo de levantar y necesito alistarme.  

-          Ven rápido.- eso fue lo que le dijo antes de colgar. 

Jessica pensó en ir a esa milagrosa peluquería de nuevo. No tenía dinero y no le iba a pedir dinero a sus padres. Jessica se prometió a si misma que ella misma se compraría sus cosas. Y lo ha estado cumpliendo. Trabajo cuatro días a la semana en una tienda. Atiende a los clientes y hace las labores de limpieza.

Se hizo una cola de caballo y la cortó por la mitad con unas tijeras. No tenía la elegancia de ese maravilloso corte de cabello pero tampoco estaba tan mal. Puso su pijama rosa en su mochila. Se cambió poniéndose unos pantalones negros y una blusa blanca con el dibujo de una abeja. 

Abrió la puerta de su cuarto.

Sus padres bloqueaban el camino de Jessica. Ella frunció el ceño. Los dos estaban nerviosos, y no hacían un buen trabajo en esconderlo. Los dos tenían las manos en la espalda. Esto no puede ser bueno.

-          ¿Qué le pasó a tu cabello?- preguntó su padre con una voz robótica. Su sonrisa también tenía ese estado.

-          Me voy, hablamos luego.- Jessica no quería hablar de su cabello. Le daba vergüenza. 

-          ¿Adónde vas?- su padre se acordó que era la máxima autoridad de la familia.

-          A casa de… ¿Qué es eso? 

El arma apuntaba a Jessica en la cabeza. Su madre la sostenía.

-          Mamá baja esa pistola.- dijo Jessica con la boca reseca. 

-          Lo siento cariño. Es por tu propio bien. 

Su madre disparó. En lugar de una bala salió un dardo. Este pasó por la oreja derecha de Jessica y siguió su camino hasta darle a una foto suya. Una foto en la que ella estaba con sus padres en unas vacaciones por Machu Picchu. El dardo se clavó en su rostro.

No se esperaba eso. En la mañana la despidieron dándole un beso en la mejilla cada uno (cosa que Jessica odiaba). En la tarde tuvieron una pequeña discusión y en la noche le disparaban.

¿Le disparaban por esa discusión?

Si no es por eso. Entonces, ¿Por qué?

La expresión de terror de Jessica se quedó grabada en los rostros de sus padres. Escrito con tinta indeleble tenían la expresión “monstruos” bien puesta en la cara.

-          Jessica nosotros…

Jessica se alejó de ellos dándoles un gran empujón. Bajó por las escaleras hasta llegar a la puerta. Escuchó los pasos de sus padres bajar por las escaleras. Otro dardo. No le dieron a Jessica, sino a una foto suya. Esta vez en una foto circular de Jessica a los 12 años con su uniforme escolar.

-          Rosario si vas a seguir disparando al menos dale.- gritó Jonathan. 

Jessica se fue sin cerrar la puerta. La puerta la retenía. No tuvo tiempo de buscar sus llaves, mucho menos de abrir esa puerta. Sin pensarlo dos veces saltó. Su plan era escalar las rejas como si de una ladrona se tratase. Pero el plan le salió bien, demasiado bien. Saltó hasta pasar la reja y aterrizó de pie en el otro lado.

-          Eso fue extraño.- fue lo primero que pasó por la cabeza de Jessica. 

No tuvo tiempo de pensar en rarezas. Siguió corriendo. El matrimonio Arrieta salió de la casa. Ambos preocupados. Rosario señaló al cielo. La noche había llegado.

Cuando la noche llega; llega la luna.

Cuando la luna llega; llega la transformación.

Cuando la transformación llega; llega la muerte.

Muertos que se pueden contar por docenas.

-          Hay que traerla Jonathan. 

-          Antes de que se transforme.

-          Pero sí salimos nos transformaremos. Necesitamos la caja fuerte para pasar la noche. 

Jonathan le mostró una expresión llena de confianza como si le estuviera diciendo: “No, no tendremos que hacer eso cariño. Tengo un plan”.

-          Sígueme. Tengo una sorpresa especial para ti.

Los dos bajaron al sótano. Era como cualquier otro sótano lleno de cajas, cuyo contenido vale poco o nada pero que tiene mucho valor sentimental. Lo que lo diferenciaba de otros sótanos era la puerta de seguridad, era parecida a la de un banco.

Jonathan marcó una clave de nueve cifras. La sabía de memoria. Se la aprendió con la ayuda de una canción que el mismo compuso. Dentro de la caja fuerte habían tres bolsas de dormir, algunos libro apilados, latas de comida y botellas de agua. Los Arrieta pasaban las noches de luna llena dentro de esa caja fuerte y su hija no sabía de su existencia. Siempre le ponían somníferos en el refresco para dormirla. Querían que esto fuera un secreto.

Salvo por esa vez que se olvidaron de planificarlo.

-          Las armas fueron una pésima idea. ¿En que estaba pensando? Debimos usar los somníferos como siempre. 

-          Se nos acabaron. Ahora pensará que somos unos locos asesinos. 

-          Que piense lo que quiera. Lo importante es traerla a casa, a salvo. 

-          ¿Y la sorpresa? 

Jonathan arrastró una caja y entre los dos la abrieron. Había tres trajes aislantes de químicos especializado en material radiactivo.

-          Con estos trajes nos vamos a olvidar de la caja fuerte. 

-          Pero me gusta la caja fuerte. 

-          Si, a mi también. Pero nos puede servir para salir y traer a nuestra hija de vuelta. 
 Se pusieron los trajes amarillos, que les cubrieron todo el cuerpo. Estaban listos para revisar el reactor nuclear y rescatar a Jessica de las garras de la luna llena. 

Caminaron hasta el auto. Rosario estaba avergonzada. Varias de sus amigas Vivian cerca ¿Qué pensarían si la vieran vestida así? ¿Por qué no tuvo que pasar esto en Halloween? Al menos ahí podía decir que se había disfrazado para la ocasión. 

-          ¿No pudiste haber comprado algo más discreto?

-          Por favor Rosario.- dijo Jonathan-. Estos trajes me costaron 500 soles cada uno.  
Los dos subieron al auto. Antes de encender el motor Jonathan le preguntó a su esposa:

-          ¿Tienes alguna idea de donde pudo haber ido?

-          Antes de darle un tiros dijo que se iba a casa de… y se fue. 

-          ¿A casa de quién? 

-          Una vez me contó, de mala gana, que tenía una amiga llamada Carlota, o algo así.

-          No, no se llamaba Carlota.- las voces del matrimonio Arrieta sonaban con un leve eco tras la máscara- se llamaba Charlotte- chasqueó los dedos- ¡Eso es! Se llamaba Charlotte. 

El matrimonio estaba contento de haber recibido su primera pista.

-          ¿Y dónde vive esa tal Carlota, digo Charlotte?- le preguntó Rosario. 

Era una pregunta de un millón de dólares. Había una respuesta pero ellos no la tenían. El matrimonio Arrieta dijo al mismo tiempo:

-          Mierda.