domingo, 25 de julio de 2021

Buena punteria. Capitulo 2: Un acto heroico



Dos sujetos encapuchados tenían amenazada a Sandra. Ambos tenían un cuchillo en la mano. Uno lo tenía cerca de su cuello mientras que con la otra mano levantaba su cabeza. Mientras que el otro presionaba su vientre.

- ¡Auxilio!- gritó Sandra.

Sin pensarlo dos veces Alejandra saltó a su rescate. Tuvo que bajar por una pendiente arenosa. No fue tan rápida con esperaba. Apenas llegó al suelo se escondió detrás de un arbusto para pensar que hacer. Alejandra miró por encima de la hierba. Los asaltantes seguían de pie, uno había dejado el estómago de Sandra para revisar sus cosas.

Alejandra tenía que hacer para ayudarla. Por muy mal que le cayera no iba a dejarla morir.

- Piensa Alejandra. Piensa.

No tuvo que pensar mucho. La respuesta estaba muy cerca de sus pies. Una roca tocaba su zapato.

- Excelente.- dijo con una sonrisa.

Alejandra no solo era buena en los dibujos. También tenía otra habilidad, que servía más para iniciar una conversación que otra cosa: Tenia muy buena puntería. No importaba el objetivo o la distancia Alejandra siempre daba en el blanco.

Alejandra descubrió su habilidad cuando a los cuatro años. Arrojó su envoltura de jugo casi vacía al tacho de basura. Este cayó dentro del tacho. Alejandra estaba separada a diez metros del tacho de basura.

Recién estuvo consciente de su habilidad a los cinco años. Arrojaba sus muñecas, Legos e incluso libros al tacho de basura. Se acercará o alejara siempre caían dentro del cesto. Su madre pensaba que su hija odiaba sus juguetes porque siempre los encontraba en el tacho de basura.  

A los once años decidió hacer un experimento con su nuevo/mejor/único amigo Roberto. Roberto tenía una manzana en la boca y Alejandra tenía un cuchillo de cocina en la mano. Arrojó el cuchillo y este cayó en el centro de la manzana. Roberto se desmayó en el proceso. Roberto dibujó un círculo rojo en el centro de una sandía. Alejandra arrojó el cuchillo hacia arriba, este hizo curvo y cayó clavado en el centro de la fruta.

Luego de que su madre la castigara por arruinar una semana de frutas y verduras Alejandra se compró un juego de dardos y una diana. Arrojaba los dardos y todos caían en el centro de la diana. Se vendó los ojos y ocurrió el mismo resultado. Pero primero tenía que ver el blanco antes de taparse los ojos.

Alejandra amaba las ferias que se instalaban cerca de su barrio una vez al año. A Alejandra no le importaban las atracciones o el circo con los leones más flacos que había visto en su vida (Nada que ver con El rey León, pensaba cada vez que los veía). Ella estaba interesada en los juegos donde tenías que arrojar una bola al centro de un aro o tirar algunas botellas apiladas y ganas un premio.

Alejandra ganó una inmensa cantidad de peluches y muñecas Barbie de baja calidad. Su habitación estaba repleta de peluches y juguetes. Ella marcaba con un circulo el día que venía la feria.

Incluso le servía en los videojuegos, siendo el Shooter su género favorito por obvias razones.

Alejandra esperó que esa habilidad pudiera servirle para algo más que ganar peluches y humillar a su amigo en los videojuegos (aunque él la humillaba en, literalmente, cualquier otro género). Tomó la piedra y salió del arbusto. Sus ojos se enfocaron en el objetivo.

Arrojó la roca con todas sus fuerzas.

La roca chocó con la cabeza del encapuchado que tenía la navaja cerca del cuello de Sandra. El encapuchado cayó desmayado. Sandra no se movió de su lugar. El otro encapuchado dejó las cosas de Sandra y fue corriendo a atacar a Alejandra. Este levantó el cuchillo listo para cortarla, pero Alejandra pudo esquivarlo. Alejandra corrió y tomó todas las piedras que pudo. Resultó ser más rápida que asaltante, se mantuvieron separados a una distancia prudencial.

Alejandra le arrojó todas las piedritas que recogió. Todas caían en el rostro del asaltante, pero no le causaban daño alguno. Este causó que se riera a carcajadas, debido a los eximios empeños de Alejandra por detenerlo. Dejó de reírse cuando un piedron le cayó en la cara. El segundo asaltante cayó al suelo, desmayado.

Sandra se alejó de los encapuchados y corrió hacia Alejandra. Alejandra recibió un abrazo por parte de una persona a la que había considerado su enemiga.

- Mi heroína.- dijo Sandra poniendo más presión en las vértebras de Alejandra.

Alejandra pataleaba al aire, intentó liberarse, pero Sandra era mucho más fuerte. Cualquier movimiento solo aumentaba la presión.

- Mi heroína.- repitió Sandra mucho más emocionada. Un par de lágrimas cayeron de sus ojos.

Alejandra tomó un poco de aire antes de responder:

- Tu heroína no puede respirar. ¡Suéltame!

Sandra la soltó. Alejandra cayó al suelo, ensuciando su uniforme. Alejandra trató de limpiar su ropa, pero solo terminó por distribuir la suciedad por territorios blancos.

Sandra se disculpó, estaba notoriamente arrepentida.

- Descuida. Las lavadoras se inventaron para algo.- Alejandra no estaba enojada al respecto.

- Gracias Ale.- dijo Sandra. Pensó que “Ale” era un apodo tierno. Esperaba que le gustase.

En realidad, a Alejandra le daba igual como la llamase. Es muy probable que no vuelvan a hablar nunca.

- No hay de que- Alejandra se dio cuenta que la conversación estaba agonizando. Era hora de matarla-. Adiós. Nos vemos el lunes, supongo.

Alejandra se dio la vuelta. Su falda pasó de ser gris a marrón.  Alejandra se volvió a refugiar en sus pensamientos y a caminar de manera automática. Eso funcionó por unos segundos hasta que se golpeó con un muro de carne. Sandra.

- ¿Qué ocurre?

- Quiero compensarte con algo.

- La lavandería debe costar unos veinte soles - dijo Alejandra. Vio el rostro preocupado de Sandra-. Es una broma. No tienes que compensarme con nada. Solo vi a alguien que necesitaba ayuda y decidí intervenir.

- ¿Cómo los héroes?

Alejandra sonrió ante esa palabra.

-          Supongo que sí. Adiós. Nos vemos el lunes.- Alejandra se despidió un poco más animada.

Sandra se alivió de no tener que pagar por la lavandería, aunque tenía dinero.

- Quiero hacerlo. Hoy voy a almorzar pollo a la brasa en mi casa y si quieres puedo invitarte.

Alejandra lo pensó. Por un lado, solo conocía a Sandra por unas horas, no sabía si tenía otras intenciones más allá de comer pollo juntas. Por el otro lado el pollo a la brasa era uno de sus platillos favoritos, rechazar esa invitación sería un crimen. Lo más problema es que termine almorzando algo con más vegetales que carne en su casa.

Además, que tenía que decirle a su madre que tenía que hacer un hueco en su agenda apretada para ir a la escuela y hablar con el director. El solo pensarlo la aterraba. Era algo que no tenía ningún problema en posponer.

- De acuerdo. Vamos.

- ¡Excelente!- Sandra aplaudió con fuerza y Alejandra saltó de forma involuntaria-. Vivo muy cerca.  

Después de caminar por más de media hora Alejandra llegó a la conclusión que ambas tenían una definición diferente de la palabra “cerca”. Durante la caminata Sandra y Alejandra conversaron. Alejandra estuvo más que complacida de contarle todo lo relacionado a su vida.

Toda su vida duró exactamente media hora en palabras. Le contó sobre su familia, amigos (amigo), sus hobbies, sus sueños, sus problemas en la escuela, etc. Sandra escuchaba con mucho interés, cosa que Alejandra encontró halagador. Su mejor amigo Ricardo le confesó que se aburría cada vez que le contaba sobre sus problemas o sobre cualquier cosa que no fuera videojuegos.

Pero Sandra escuchaba con sumo interés, como si quisiera aprender todo lo necesario sobre Alejandra Gabriela Bustamante Mendoza.

Fue la misma Alejandra Gabriela Bustamante Mendoza la que decidió romper con la clase.

- Hemos estado hablando sobre mi durante la última media hora, ¿Qué me dices de ti? ¿De donde vienes? Porque estoy segurísima que no vienes de por aquí.

- Hemos llegado.- dijo Sandra esquivando exitosamente las preguntas.

Sandra se tranquilizó al saber que Alejandra no insistía con sus preguntas. Era algo que, si quiera responder, pero no sabia como ni cuándo. En el caso de Alejandra, ella no tenía un insano interés en aprender todo sobre su compañera. Solo quería el pollo a la brasa.

La casa de Sandra era de dos pisos. Parecía estar comprimida entre dos casas más grandes y bonitas: una casa amarilla y otra azul. La casa de Sandra era verde.

Sandra revisó entre las rocas que estaban al lado de una alfombra (que decía “Bienvenidos”). Tomó una de ellas, debajo había una llave.

- Roca falsa.- le explicó Sandra.

- No deberías hacer eso - le aconsejó Alejandra-. Tengo un tío que es policía y me ha dicho que los robos a casas han aumentado un 25% por este barrio.

Sandra abrió la puerta.

- Tampoco es que haya algo que robar por aquí.

 “Esta chica tiene problemas mentales”, pensó Alejandra al ver el interior de la casa. La sala era hermosa, pintada del mismo color que la casa (verde), con una alfombra roja que cubría todo el suelo. Había dos estanterías repletas de vasijas extrañas (con diseños que Alejandra no había visto en su vida), parecían estar hechas de barro, pero con un toque elegante. Los muebles son tan rojos como las alfombras, y nuevos.

En las paredes estaban colgados varios cuadros de una familia de tres.

- ¿Son tus padres?- preguntó Alejandra tomando uno de los cuadros. Sandra compartía el color del cabello de sus progenitores, el cabello de los tres era tan largo que les cubrían las orejas. La nariz de su padre, y los ojos de su madre.

- Si.- le respondió Sandra. Alejandra no notó el ligero tono de pena de su voz. Sandra sentía que se le formaba un nudo en la garganta.

Sandra lo desenredó y habló con un tono más alegre.

- ¿Quieres ir a mi cuarto mientras preparo el pollo?

- Claro- respondió Alejandra, quien estaba más interesada en el pollo que en cualquier otra cosa. Salvo por la suciedad de sus manos-. ¿Puedo usar tu baño? Quiero lavarme las manos.

Sandra la condujo al baño, que estaba frente a su habitación, que se encontraba al final del pasillo. El baño de Sandra tenía mayólicas blancas nuevas y una luz mucho más blanca. Esto le recordaba más a una sala de operaciones que a un baño.

-          No tenemos agua- le informó Sandra-. Pero hay un par de baldes en el suelo.

Alejandra vio dos baldes azules al lado del lavadero blanco. Con ellos y mucho jabón se lavó las manos. Entró al cuarto de Sandra. Las paredes estaban pintadas de rosado, con varios posters de películas taquilleras, actores famosos y bandas coreanas. La cama era de frazadas rosadas muy suaves (Alejandra lo confirmó cuando se sentó en ella). Frente a la cama estaba la televisión.

- Ponte cómoda mientras traído el pollo. No lo olvides, es tu casa.

Sandra desapareció dejando sola a Alejandra. Encendió la televisión y lo primero que vio fue a Rambo asesinando a un montón de vietnamitas. Alejandra se puso a ver la película. Un delicioso aroma pasó por los agujeros de la cerradura y envolvió toda la habitación. Llegó a la nariz de Alejandra. Era el olor de un pollo a la brasa recién horneado.

Lo que estaba viendo era extraño. No era una película. Era una recopilación de las escenas más impactantes sin ninguna coherencia narrativa. Solo se veían escenas de Rambo asesinando a los malos. Alejandra perdió el interés de golpe.

Lo que si le interesó fueron unos dardos que estaban al lado de la cama, en una mesita de noche que tenia una de las lámparas más bonitas que había visto en su vida. Alejandra tomó los dardos. La diana estaba encima del televisor.

Arrojó la primera diana. Cayó en el centro negro.

Arrojó la segunda diana. La primera diana tuvo que compartir el centro negro.

Arrojó la tercera diana. Apenas había espacio en el centro negro, pero pudo ingresar.

Alejandra encontró otro blanco: un poster del actor Robert Pattinson en su etapa más pálida. Arrojó el dardo, le dio en el ojo derecho. El segundo dardo, en el ojo izquierdo. El tercer dardo, en el corazón.

- Muerto.- dijo Alejandra con una sonrisa maliciosa.

Alejandra sacó su recién devuelto cuaderno de dibujos para hacerle un retrato a Robert Pattinson, con añadidos hostiles. Mejor dicho, le iba a quitar algunas cosas: como los ojos y el corazón.  Alejandra escuchó un golpeteo en la puerta y el olor del pollo a la brasa se hizo más intenso. Levantó la cabeza y vio con alegría como Sandra sostenía dos platos de un cuarto de pollo a la brasa cada uno.

Le entregó su plato a Alejandra y ella se sentó a su lado.

- ¿Y los tenedores?- preguntó Alejandra.

- Lo olvidé- Sandra pasó de la confusión a la aceptación en un segundo-. Espera aquí, que los traeré ahora mismo.

- Olvídalo. Solo comeré con las manos. Como decía mi padre: La mejor forma de disfrutar la comida es con la mano.

- Tu padre debe ser un genio.- dijo Sandra aliviada.

Ambas comieron en silencio. El pollo estaba delicioso y Alejandra lo había confirmado devorándolo sin piedad. Arrancaba trozos enormes, algunos casi tan grandes como su boca, y se los comía. En el caso de Sandra ella arrancaba los trozos de pollo y los separaba en su plato antes de empezar a comer.

Después de comer las dos se echaron en la cama con el estomago lleno. 

- Perdóname.

- ¿Qué?- preguntó Alejandra, quien trataba de quitarse un trocito de pollo de entre los dientes.

- Que me perdones por lo que te hice. Creo que te hice pasar un mal rato en el salón de clases. Lo siento.

Alejandra vio que Sandra estaba muy arrepentida. Se dio cuenta que no Valia la pena estar enojada con ella.  

- Olvídalo. Yo ya lo olvidé.

Lo más probable es que no se vaya a olvidar de esto hasta que se termine el año.

Lo más probable es que sus compañeros de clases le recuerden esta humillación por un buen tiempo.

Sandra se volvió a quedar callada. No estaba segura de que era lo siguiente que tenia que decir. No estaba acostumbrada a este tipo de conversaciones.

- ¿Entonces?- silencio funerario por unos larguísimos segundos-. ¿Somos amigas?

Alejandra respondió con rapidez a la pregunta.

- Claro. Seamos amigas.

Sandra le dio un abrazo estando echada. Alejandra la alejó de inmediato.

- Nada de abrazos, ni besos, ni cosas raras ¿Entendido? Ya tengo a una loca enamorada y obsesionada conmigo. No necesito a otra. Muchas gracias.

- Pero yo no estoy enamorada de ti.- le respondió Sandra con un tono muy ingenuo.

Alejandra suspiró.

- Solo no me abraces, ¿De acuerdo?

- Esta bien- Sandra se sentía más confiada-. ¿Qué es lo que valoras en una amiga? No tienes que responder si no quieres. Solo quiero saberlo para ver si no estoy haciendo mal las cosas.

Alejandra comenzó a reírse. Comenzó con una risita que podía ser opacada simplemente poniendo la mano en la boca; para que, en unos segundos, se convirtiera en una carcajada sonora.

- Solo sé tú misma. No tienes que hacer nada para complacerme o algo por el estilo. Si quieres una respuesta más concreta. Yo valoro mucho la honestidad. No me gusta que me mientan.  

Alejandra lo pensó. No hay ninguna persona en el mundo que le guste que le mientan.  

Sandra se rascó la barbilla para pensar y la cabeza porque la picaba.

-  Que bueno. Es que tengo algo muy importante que decirte y no sé por donde empezar.- confesó Sandra.

- Solo dilo- le dijo Alejandra despreocupada-. Si te guardas eso tan importante que tienes dentro te vas a enfermaras.

Sandra tomó aire y habló como si fuera una metralleta.

- Para comenzar mi verdadero nombre no es Sandra Martínez. Es Berry, si quieres puedes llamarme Sandra. No hay problema. No vengo de este mundo, vengo de otro llamado Desdemond y he venido aquí para encontrar a alguien que me ayude, un héroe para ser más exactos, a liberar a mis padres, que se encuentran capturados en la mansión de Mr. Altman. Justo la he encontrado el día de hoy, después de semanas de búsqueda. Tú. Tu eres el héroe que me dijo el sagrado pergamino que debía encontrar. Así que quiero llevarte a Desdemond conmigo para que me ayudes a combatir codo a codo contra el malvado Mr. Altman, ¿Qué me dices?

Sandra sonrió después de haberle contado todo. Se sentía más ligera, como si hubiera perdido una mochila repleta de piedras de la espalda.

- Tienes mucha razón Me siento más relajada. Muchas gracias por el consejo.

Alejandra continuaba echada en la cama, incapaz de levantarse. Sentía que tenia una mochila de piedras encima de su estómago. Se empezó a arrepentir de haber aceptado la invitación a almorzar. 

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