domingo, 25 de julio de 2021

El mordaz cadaver de Armando Joy. Capitulo 2


 

La chica estaba escondida detrás de un anuncio que mostraba a dos personas guapas, saludables y bronceadas sosteniendo una lata de cerveza. Las enormes caderas de la mujer bastaban para esconderla. Ella vio a Alejandro salir de la casa. Esta tenia el cabello mojado y una nueva muda de ropa. Alejandro sacó su celular y se puso a hablar con alguien. La chica no entendía de que hablaban.

La chica esperó a que la figura esbelta de Alejandro desapareciera de su vida. Alejandro era demasiado delgado para esa ropa. Era a lo mucho, tres tallas más grandes. Alejandro tuvo que acomodarse los pantalones (y los calzoncillos) varias veces para vitar que se caigan.

La chica entró a la casa, tenia en su poder una copia de la llave. Encontró botellas, una jeringa y un camino de cosas rotas que la llevaron al sótano. La chica bajó las escaleras y se encontró con el cadáver de Armando Joy, alias Hammer Galbright. El cadáver tenia un corte en el estomago tan preciso que le recordaban a sus días trabajando en el matadero, los intestinos en el cuello y varias marcas en la, antes preciosa, cara del escritor. Palabras en hebreo, Sumerio y árabe. Palabras que eran un canto en honor al diablo y su llegada en las próximas semanas.

La chica silbó de admiración.

- El laberinto del terror. Me dejaste asombrada. Te luciste, querido amigo. Conseguiste imitar a la perfección el estilo de “El asesino satánico”. Te felicito.

Alejandro bebió un poco de agua.

- ¿Cómo sabes todo eso? ¿Conoces los libros de mi padre?

- ¿Conocerlos?- la chica soltó una carcajada retorcida. Como si se estuviera riendo de la hambruna mundial-. Yo, Verónica Santana, soy la fan numero 1 de tu padre. He leído todo lo que ha escrito. Incluso leí su tesis universitaria sobre el papel del horror en el arte. Tu padre es mi escritor favorito. Su muerte me alegra y me entristece al mismo tiempo.

Alejandro no entendía esa lucha de emociones contradictorias que batallaban dentro de la cabeza de Verónica Santana. ¿Cómo algo le puede alegrar y entristecer al mismo tiempo?

­- ¿Qué quieres decir?

- A tu padre quiera matarlo yo. Para eso fui a su casa. No quería imitar su trabajo, ni mandar un mensaje. Solo un balazo en la cabeza y listo. Y tú te me adelantaste. Me quitaste mi venganza.

El “me quitaste mi venganza” lo dijo con una rabia asesina. Alejandro había estado nervioso desde que conoció a Verónica, pero la forma en la que dijo esas palabras bastó para ponerlo en una situación de histeria. Verónica hablaba muy en serio.

­- ¿Qué vas a hacer conmigo? ¿Vas a matarme?- preguntó un Alejandro aterrado.

­- Si.- respondió Verónica como si le hubieran preguntado: ¿Quieres una hamburguesa? Aunque si alguien le hubiera preguntado eso Verónica hubiera respondido mucho más animada.

- ¿Qué te hice yo para que quieras matarme?

- Interrumpiste mi venganza. No es nada personal. Tal vez si nos hubiéramos conocido en otra ocasión seriamos buenos amigos. Mi yo de antes mataría- Verónica soltó una risita siniestra- por conocer al hijo de su escritor favorito.

- ¿De qué te quieres vengar de mi padre? ¿Qué te ha hecho?

Los recuerdos salieron como una cascada después de destruir una presa. Todo comenzó en una firma de libros. El señor Hammer firmaba los libros de sus admiradores. A su lado estaba la portada de su nueva novela “El meteorito purpura” en el que se veía como una mano morada, venosa y aguada clavaba sus uñas en la cabeza de un pobre calvo. La cola era larga y Verónica esperaba impaciente.

Cuando le tocaba no pudo contenerse.

- Su libro es una obra de arte de lo macabro.

El escritor le tocó la mano, estaba caliente y sudorosa. No le importó a Verónica. Hammer usaba unos lentes oscuros que le daban un aspecto vampírico. No te molestes con chuparme la sangre, con gusto te la regalo; pensó Verónica.

- ¿Te gustaría conocer los secretos del horror?- le preguntó con una ambigüedad que hizo que Verónica dijera que si de inmediato.

 “Los secretos del horror” eran pasar una noche entera haciendo el amor utilizando todas las posiciones del Kama Sutra. Hammer volteó una foto mientras cogía con Verónica. Era la foto de una familia de cuatro conformada por él; Jordana Martínez, su esposa que tiene cáncer de mama; y sus dos hijos (Alejandro y Karen).

Hammer y Verónica salieron varias veces durante meses. El sexo era increíble. Para ser un hombre de sesenta años con un marcapaso si que sabia satisfacer a una mujer. Verónica era una mujer 30 años mas joven que el escritor, pero no tenía ningún problema en pasar el resto de su vida con él.

Y la felicidad no terminaba ahí para Verónica. Hammer le había prometido que apenas su esposa muriese se casarían. La relación a escondidas terminaría. Jordana estaba apunto de morir. El cáncer la devoraba a una velocidad acelerada.

- Ya no me atrae.- confesó Armando. Le mostró una foto a Verónica. La imagen de la foto era perfecta para una historia Cyberpunk. Jordana era una mujer calva, encogida y en los puros huesos. Esta cubierta de cables y conectada permanentemente a una maquina de diálisis. Era tan delgada que las maquinas acaparaba todo el espacio de la foto-. Además, que su tratamiento me esta costando un ojo de la cara.

Verónica arrugó la nariz. Encontró un defecto en su hombre perfecto, y apestaba. Verónica quería seguir con él, pero tenia que hacer algunos cambios: dejar de fumar, dejar de beber, comer saludable, dejar los dulces, hacer ejercicios dos horas diarias. Iba a hacer lo posible para evitar contraer esa enfermedad. Lo último que quiere es que alguien como Hammer Galbright la esté cuidando en una situación tan vulnerable.

­- ¿Cuándo nos vamos a volver a ver?- le preguntó Verónica queriendo cambiar el tema.  

- Pronto cariño. Muy pronto. Ahora mismo estamos con el tratamiento. Cuento los minutos que le quedan. Espero que tú también lo estés haciendo.

Ella le mostró su reloj a Hammer. Eran las seis y cincuenta y nueve. Las siente.

- Un minuto menos en este mundo.- le dijo con una sonrisa diabólica.

La esposa de Armando Joy y madre de Alejandro murió dos semanas después. 20,160 minutos. Verónica los contó todos. El día de la muerte de Jordana Martínez había sido uno de celebración para Verónica.

Lamentablemente Armando Joy no pensaba lo mismo

No contestaba sus llamadas. Verónica no sabía si era una buena idea ir a confrontarlo. Esperó un par de días. Verónica arrojaba el juego de llaves y lo atrapaba. Se las había quitado mientras hacían el amor. Les había sacado cuatro copias, regresó las originales a su sitio (encima de una canastita sin que se diera cuenta).

Verónica abrió la puerta de la casa de playa de Armando Joy, su futuro esposo. Ella admiraba la casa. El famoso escritor de terror tenia buen gusto. Las paredes estaban pintadas de color crema, había cuadros de famosos escritores latinos como angloparlantes, los muebles parecían nuevos de lo bien cuidados que estaban. Caminó de puntillas por la sala. Verónica sostenía una botella de vino y un paquete de jamón del país, el favorito de Armando. No le alcanzaba dinero para el pan, el queso y los condimentos. Estaba segura que él tenia esos ingredientes para preparar un delicioso sándwich.

La cocina. La sala. El baño. Vacíos. Verónica encontró unos calzoncillos encima de una mesa. Hombres, siempre tan desordenados, pensó divertida. Ella se hubiera escandalizado si hubiera visto el condón usado y los calzones debajo de la cama. Verónica siguió recorriendo la casa sintiéndose culpable al respecto. Aunque fueran novios no debería recorrer su casa sin permiso.

Solo faltaba el dormitorio y el sótano. Optó por el dormitorio primero, un lugar muy conocido para ella. Le faltaría dedos (en las manos y los pies) para contar las veces que estuvo ahí.

Abrió la puerta; vio algo que se quedará con ella el resto de su vida, marcado con hierro ardiente. Entre tanto desorden estaba el famoso escritor de terror en cuatro patas mientras una mujer en topless que usaba una mascara de payaso le estaba dando por el culo.

Cada vez que movía su cuerpo para introducir el pene de goma mas adentro del cuerpo de Armando sus tetas se movían de arriba hacia abajo.

Verónica se quedó mirando el espectáculo por un minuto completo. Pensó en sacar su celular y tomar unas fotos. Descartó la idea, tristemente su celular estaba en casa cargando. Armando Joy usaba una mascara de Hockey. Sus ojos se dilataron al ver a Verónica, ¿Cuánto tiempo estuvo ahí? Armando Joy se levantó haciendo que la mujer perdiera el equilibrio y cayera de espaldas en la cama. La mujer agarró una almohada y se la arrojó molesta al escritor. Le dio en la espalda.

- ¿Qué estás haciendo aquí?- preguntó Armando-. ¿Cómo entraste a mi casa?

Verónica no dejaba de mirar el pene erecto del escritor. Era tan grande que sobresalía de su panza. Una vez había salido con un hombre obeso y su pene se escondía como una tortuga asustada.

- Yo debería hacerte la misma pregunta- dijo Verónica, tratando de no mirar el miembro de la persona con la que estaba discutiendo-. La primera, no la segunda.  

Armando Joy esbozó una sonrisa juguetona. Verónica no pudo verla por culpa de la mascara de hockey.

- Estoy divirtiéndome. Celebrando una de las despedidas mas grandes de mi vida. Mi esposa se ha ido y soy libre.

Verónica no sabía que decir al respecto. Decidió continuar por lo sano.

- ¿Por qué no respondiste mis llamadas?

Armando Joy desapareció esa sonrisa juguetona. Se rascó los huevos antes de responder.

- Nos hemos divertido mucho, Vero y te quiero. Pero al ver el cuerpo podrido de mi esposa, quien era menos de la sombra de la mujer hermosa de la que me enamoré, pensé en ti- Verónica no encontraba nada de eso halagador-. Vi tu rostro mezclándose con la cara cadavérica de mi esposa- sonrió diabólicamente-, mejor dicho, mi ex esposa y me dije a mi mismo: ¿Quiero repetir el proceso? Encontrar otra alma gemela, cansarnos, tener más hijos, que le de cáncer y que se muera. Pues no. No quiero. Lo siento cariño, el sexo fue placentero, pero creo que es el momento que cada uno vaya por su propio camino. 

- ¿Qué quieres decir?- preguntó Verónica con los ojos bañados en lágrimas.

- Que te estoy mandando al carajo. Eso es lo que quiero decir. Perdona que sea tan brusco, es que no entiendes y eso me molesta.

Armando Joy pasó sus manos por los labios de Verónica y le formó una sonrisita.

­ - No te pongas así. Sonríe. Fueron maravillosos los meses que estuvimos juntos. Pero hemos terminado y quiero que te largues de mi casa.

Verónica le arrojó la botella de vino. Armando Joy se agachó. La mujer con la mascara de payaso la atrapó y la arrojó con mas fuerza de regreso a Verónica. La botella explotó contra la pared llenándolo de champan muy caro.

- Es campeona nacional de lanzamiento de jabalina, ¿A que no es increíble?

Verónica le dio una cachetada, se lastimó la mano. La mascara de Hockey era demasiado dura. Antes que se fuera Armando Joy le ordenó que le entregara las llaves. Verónica sacó las llaves de su bolsillo y las arrojó al suelo.

Se fue de la casa dando un portazo que hizo temblar las ventanas.

- Loca.- susurró el escritor.

Pasaron meses en los que Verónica estuvo llorando a moco tendido. Lo amaba y él la mandó a la mierda. Pensó en una forma de chantaje, se arrepintió de no haberle tomado una foto mientras estaban en esa posición tan comprometedora. Internet hubiera explotado con un solo clic.

Verónica tuvo una idea.

Le tomó una foto a la panza de su prima Fernanda, quien estaba embarazada de ocho meses. Le mandó la foto por wasap a Armando con el mensaje: ¿Qué vas a hacer al respecto?

Armando le respondió unos minutos después:

“Mándame el numero de tu cuenta bancaria para depositarte el costo del aborto. Conozco a un amigo, lo hace a mitad de precio, pero te saca a medio bebé.”

Verónica recordó un relato corto suyo titulado “Las pinzas”, sobre una mujer embarazada que quería abortar, pero el feto se negaba. Verónica supuso que hizo ese amigo durante la investigación. Verónica arrojó el celular por la ventana. Vivía en el sexto piso de un edificio de apartamentos. No le importó su celular. Lo único que le importaba era la venganza. Iba a matar a ese infeliz. Si no era de ella, no era de nadie.

- Vaya…- comentó Alejandro después de escuchar semejante historia.

Un par de lágrimas se le escaparon de los ojos a Verónica. Se las limpió de inmediato.

­- Yo también salí en su libro.

- No sabía que papá tuviera esos fetiches tan extraños. Debiste tomarle unas fotos.

- El mayor error de mi vida; después de haber conocido a ese cerdo.

Armando bebió otro poco de agua y se acomodó en el asiento. No le importaba que alguien llamara “Cerdo” a su padre. Era verdad.

- Era más justo que lo mataras tú. Se que esto no va a cambiar la situación, pero disculpa. Lo siento por haberte quitado tu venganza.

- Yo voy a obtener mi venganza, te gusto o no. Por cierto, ¿Por qué mataste a tu padre? Es un cerdo asqueroso, pero no pensé que fuera serlo con sus propios hijos.

Alejandro se sintió avergonzado. Si lo decía en voz alta sonaba demasiado estúpido, sin embargo, consideraba que era una razón valida para matar a alguien.

- ¿Leíste “El laberinto del terror”?

- Por supuesto. Fue la primera novela de tu padre. Un policía persigue a un asesino que mata de formas horribles en nombre de satanás. Se llama “El laberinto del terror” porque el clímax final transcurre en un laberinto, ¿Qué hay con eso?

Alejandro tenía la boca seca a pesar de haber tomado agua.

- Pagina uno.

Verónica lo recordó todo. La primera victima del asesino satánico era un joven fotógrafo llamado “Alejandro Martínez”. Murió de una forma horrible. Muy parecida a la forma en la que Alejandro mató a Armando Joy.

Verónica chasqueó los dedos. El sonido despertó a Alejandro.

- Como no me había fijado- dijo ella-. Tú eras la primera victima en la novela. Tu padre usó tu nombre en una muerte tan grotesca. Siéndote sincera no es para tanto. Yo también fui un personaje en uno de sus libros. Durante un tiempo lo consideré un honor hasta que me di cuenta de las implicaciones que traían un personaje llamado: Vero, la reina de las putas.

Ambos se rieron al mismo tiempo.

- Esa maldita escena me jodió la adolescencia. Tuvo que escribirla cuando tenia quince años. Cuando le confesé que quería ser fotógrafo. Varios de mis compañeros de colegio eran unos fanáticos de los libros de Hammer Galbright y al percatarse del parecido entre yo y el Alejandro de la novela comenzaron los insultos y las palizas. Lo peor fue cuando me quitaron la cámara y la arrojaron a una carretera transitada. La cámara se enrolló con una de las ruedas causando un accidente.

Los dos se quedaron en silencio.

- Me hubiera gustado tener mi cámara para inmortalizar esa escena. Durante años estuve planeado la muerte de mi padre. Recién tuve el valor hace una semana. No podía dejar que se saliera con la suya. Ese hombre es un desgraciado.

- Estoy de acuerdo.

- Se que no tengo salvación, puede que solo me queden unas horas de vida- Alejandro hablaba como si los minutos que le quedaban avanzaran de dos en dos-. Lo tengo que preguntar, ¿Cómo te vas a vengar?

Verónica se demoró en responder, cosa que molestó a Alejandro. Se molestó aun mas con la ventana permanentemente abierta. Intentó cerrarla, pero no podía. El viento entraba como Pedro por su casa. La ropa negra de Verónica la protegía del frio hasta cierto punto. Alejandro se dio un abrazo a si mismo para darse un poco de calor. No fue suficiente. Deseó haber traído una manta. Otra cosa mas en su lista de malas decisiones.

- Pienso ir a su funeral y matar a una persona de ahí. Quiero que lo veas, cuando hayas visto a dicha persona morir (puede ser cualquiera) te llevaré muy lejos y te mataré. Tan simple como eso. 

Buena punteria. Capitulo 2: Un acto heroico



Dos sujetos encapuchados tenían amenazada a Sandra. Ambos tenían un cuchillo en la mano. Uno lo tenía cerca de su cuello mientras que con la otra mano levantaba su cabeza. Mientras que el otro presionaba su vientre.

- ¡Auxilio!- gritó Sandra.

Sin pensarlo dos veces Alejandra saltó a su rescate. Tuvo que bajar por una pendiente arenosa. No fue tan rápida con esperaba. Apenas llegó al suelo se escondió detrás de un arbusto para pensar que hacer. Alejandra miró por encima de la hierba. Los asaltantes seguían de pie, uno había dejado el estómago de Sandra para revisar sus cosas.

Alejandra tenía que hacer para ayudarla. Por muy mal que le cayera no iba a dejarla morir.

- Piensa Alejandra. Piensa.

No tuvo que pensar mucho. La respuesta estaba muy cerca de sus pies. Una roca tocaba su zapato.

- Excelente.- dijo con una sonrisa.

Alejandra no solo era buena en los dibujos. También tenía otra habilidad, que servía más para iniciar una conversación que otra cosa: Tenia muy buena puntería. No importaba el objetivo o la distancia Alejandra siempre daba en el blanco.

Alejandra descubrió su habilidad cuando a los cuatro años. Arrojó su envoltura de jugo casi vacía al tacho de basura. Este cayó dentro del tacho. Alejandra estaba separada a diez metros del tacho de basura.

Recién estuvo consciente de su habilidad a los cinco años. Arrojaba sus muñecas, Legos e incluso libros al tacho de basura. Se acercará o alejara siempre caían dentro del cesto. Su madre pensaba que su hija odiaba sus juguetes porque siempre los encontraba en el tacho de basura.  

A los once años decidió hacer un experimento con su nuevo/mejor/único amigo Roberto. Roberto tenía una manzana en la boca y Alejandra tenía un cuchillo de cocina en la mano. Arrojó el cuchillo y este cayó en el centro de la manzana. Roberto se desmayó en el proceso. Roberto dibujó un círculo rojo en el centro de una sandía. Alejandra arrojó el cuchillo hacia arriba, este hizo curvo y cayó clavado en el centro de la fruta.

Luego de que su madre la castigara por arruinar una semana de frutas y verduras Alejandra se compró un juego de dardos y una diana. Arrojaba los dardos y todos caían en el centro de la diana. Se vendó los ojos y ocurrió el mismo resultado. Pero primero tenía que ver el blanco antes de taparse los ojos.

Alejandra amaba las ferias que se instalaban cerca de su barrio una vez al año. A Alejandra no le importaban las atracciones o el circo con los leones más flacos que había visto en su vida (Nada que ver con El rey León, pensaba cada vez que los veía). Ella estaba interesada en los juegos donde tenías que arrojar una bola al centro de un aro o tirar algunas botellas apiladas y ganas un premio.

Alejandra ganó una inmensa cantidad de peluches y muñecas Barbie de baja calidad. Su habitación estaba repleta de peluches y juguetes. Ella marcaba con un circulo el día que venía la feria.

Incluso le servía en los videojuegos, siendo el Shooter su género favorito por obvias razones.

Alejandra esperó que esa habilidad pudiera servirle para algo más que ganar peluches y humillar a su amigo en los videojuegos (aunque él la humillaba en, literalmente, cualquier otro género). Tomó la piedra y salió del arbusto. Sus ojos se enfocaron en el objetivo.

Arrojó la roca con todas sus fuerzas.

La roca chocó con la cabeza del encapuchado que tenía la navaja cerca del cuello de Sandra. El encapuchado cayó desmayado. Sandra no se movió de su lugar. El otro encapuchado dejó las cosas de Sandra y fue corriendo a atacar a Alejandra. Este levantó el cuchillo listo para cortarla, pero Alejandra pudo esquivarlo. Alejandra corrió y tomó todas las piedras que pudo. Resultó ser más rápida que asaltante, se mantuvieron separados a una distancia prudencial.

Alejandra le arrojó todas las piedritas que recogió. Todas caían en el rostro del asaltante, pero no le causaban daño alguno. Este causó que se riera a carcajadas, debido a los eximios empeños de Alejandra por detenerlo. Dejó de reírse cuando un piedron le cayó en la cara. El segundo asaltante cayó al suelo, desmayado.

Sandra se alejó de los encapuchados y corrió hacia Alejandra. Alejandra recibió un abrazo por parte de una persona a la que había considerado su enemiga.

- Mi heroína.- dijo Sandra poniendo más presión en las vértebras de Alejandra.

Alejandra pataleaba al aire, intentó liberarse, pero Sandra era mucho más fuerte. Cualquier movimiento solo aumentaba la presión.

- Mi heroína.- repitió Sandra mucho más emocionada. Un par de lágrimas cayeron de sus ojos.

Alejandra tomó un poco de aire antes de responder:

- Tu heroína no puede respirar. ¡Suéltame!

Sandra la soltó. Alejandra cayó al suelo, ensuciando su uniforme. Alejandra trató de limpiar su ropa, pero solo terminó por distribuir la suciedad por territorios blancos.

Sandra se disculpó, estaba notoriamente arrepentida.

- Descuida. Las lavadoras se inventaron para algo.- Alejandra no estaba enojada al respecto.

- Gracias Ale.- dijo Sandra. Pensó que “Ale” era un apodo tierno. Esperaba que le gustase.

En realidad, a Alejandra le daba igual como la llamase. Es muy probable que no vuelvan a hablar nunca.

- No hay de que- Alejandra se dio cuenta que la conversación estaba agonizando. Era hora de matarla-. Adiós. Nos vemos el lunes, supongo.

Alejandra se dio la vuelta. Su falda pasó de ser gris a marrón.  Alejandra se volvió a refugiar en sus pensamientos y a caminar de manera automática. Eso funcionó por unos segundos hasta que se golpeó con un muro de carne. Sandra.

- ¿Qué ocurre?

- Quiero compensarte con algo.

- La lavandería debe costar unos veinte soles - dijo Alejandra. Vio el rostro preocupado de Sandra-. Es una broma. No tienes que compensarme con nada. Solo vi a alguien que necesitaba ayuda y decidí intervenir.

- ¿Cómo los héroes?

Alejandra sonrió ante esa palabra.

-          Supongo que sí. Adiós. Nos vemos el lunes.- Alejandra se despidió un poco más animada.

Sandra se alivió de no tener que pagar por la lavandería, aunque tenía dinero.

- Quiero hacerlo. Hoy voy a almorzar pollo a la brasa en mi casa y si quieres puedo invitarte.

Alejandra lo pensó. Por un lado, solo conocía a Sandra por unas horas, no sabía si tenía otras intenciones más allá de comer pollo juntas. Por el otro lado el pollo a la brasa era uno de sus platillos favoritos, rechazar esa invitación sería un crimen. Lo más problema es que termine almorzando algo con más vegetales que carne en su casa.

Además, que tenía que decirle a su madre que tenía que hacer un hueco en su agenda apretada para ir a la escuela y hablar con el director. El solo pensarlo la aterraba. Era algo que no tenía ningún problema en posponer.

- De acuerdo. Vamos.

- ¡Excelente!- Sandra aplaudió con fuerza y Alejandra saltó de forma involuntaria-. Vivo muy cerca.  

Después de caminar por más de media hora Alejandra llegó a la conclusión que ambas tenían una definición diferente de la palabra “cerca”. Durante la caminata Sandra y Alejandra conversaron. Alejandra estuvo más que complacida de contarle todo lo relacionado a su vida.

Toda su vida duró exactamente media hora en palabras. Le contó sobre su familia, amigos (amigo), sus hobbies, sus sueños, sus problemas en la escuela, etc. Sandra escuchaba con mucho interés, cosa que Alejandra encontró halagador. Su mejor amigo Ricardo le confesó que se aburría cada vez que le contaba sobre sus problemas o sobre cualquier cosa que no fuera videojuegos.

Pero Sandra escuchaba con sumo interés, como si quisiera aprender todo lo necesario sobre Alejandra Gabriela Bustamante Mendoza.

Fue la misma Alejandra Gabriela Bustamante Mendoza la que decidió romper con la clase.

- Hemos estado hablando sobre mi durante la última media hora, ¿Qué me dices de ti? ¿De donde vienes? Porque estoy segurísima que no vienes de por aquí.

- Hemos llegado.- dijo Sandra esquivando exitosamente las preguntas.

Sandra se tranquilizó al saber que Alejandra no insistía con sus preguntas. Era algo que, si quiera responder, pero no sabia como ni cuándo. En el caso de Alejandra, ella no tenía un insano interés en aprender todo sobre su compañera. Solo quería el pollo a la brasa.

La casa de Sandra era de dos pisos. Parecía estar comprimida entre dos casas más grandes y bonitas: una casa amarilla y otra azul. La casa de Sandra era verde.

Sandra revisó entre las rocas que estaban al lado de una alfombra (que decía “Bienvenidos”). Tomó una de ellas, debajo había una llave.

- Roca falsa.- le explicó Sandra.

- No deberías hacer eso - le aconsejó Alejandra-. Tengo un tío que es policía y me ha dicho que los robos a casas han aumentado un 25% por este barrio.

Sandra abrió la puerta.

- Tampoco es que haya algo que robar por aquí.

 “Esta chica tiene problemas mentales”, pensó Alejandra al ver el interior de la casa. La sala era hermosa, pintada del mismo color que la casa (verde), con una alfombra roja que cubría todo el suelo. Había dos estanterías repletas de vasijas extrañas (con diseños que Alejandra no había visto en su vida), parecían estar hechas de barro, pero con un toque elegante. Los muebles son tan rojos como las alfombras, y nuevos.

En las paredes estaban colgados varios cuadros de una familia de tres.

- ¿Son tus padres?- preguntó Alejandra tomando uno de los cuadros. Sandra compartía el color del cabello de sus progenitores, el cabello de los tres era tan largo que les cubrían las orejas. La nariz de su padre, y los ojos de su madre.

- Si.- le respondió Sandra. Alejandra no notó el ligero tono de pena de su voz. Sandra sentía que se le formaba un nudo en la garganta.

Sandra lo desenredó y habló con un tono más alegre.

- ¿Quieres ir a mi cuarto mientras preparo el pollo?

- Claro- respondió Alejandra, quien estaba más interesada en el pollo que en cualquier otra cosa. Salvo por la suciedad de sus manos-. ¿Puedo usar tu baño? Quiero lavarme las manos.

Sandra la condujo al baño, que estaba frente a su habitación, que se encontraba al final del pasillo. El baño de Sandra tenía mayólicas blancas nuevas y una luz mucho más blanca. Esto le recordaba más a una sala de operaciones que a un baño.

-          No tenemos agua- le informó Sandra-. Pero hay un par de baldes en el suelo.

Alejandra vio dos baldes azules al lado del lavadero blanco. Con ellos y mucho jabón se lavó las manos. Entró al cuarto de Sandra. Las paredes estaban pintadas de rosado, con varios posters de películas taquilleras, actores famosos y bandas coreanas. La cama era de frazadas rosadas muy suaves (Alejandra lo confirmó cuando se sentó en ella). Frente a la cama estaba la televisión.

- Ponte cómoda mientras traído el pollo. No lo olvides, es tu casa.

Sandra desapareció dejando sola a Alejandra. Encendió la televisión y lo primero que vio fue a Rambo asesinando a un montón de vietnamitas. Alejandra se puso a ver la película. Un delicioso aroma pasó por los agujeros de la cerradura y envolvió toda la habitación. Llegó a la nariz de Alejandra. Era el olor de un pollo a la brasa recién horneado.

Lo que estaba viendo era extraño. No era una película. Era una recopilación de las escenas más impactantes sin ninguna coherencia narrativa. Solo se veían escenas de Rambo asesinando a los malos. Alejandra perdió el interés de golpe.

Lo que si le interesó fueron unos dardos que estaban al lado de la cama, en una mesita de noche que tenia una de las lámparas más bonitas que había visto en su vida. Alejandra tomó los dardos. La diana estaba encima del televisor.

Arrojó la primera diana. Cayó en el centro negro.

Arrojó la segunda diana. La primera diana tuvo que compartir el centro negro.

Arrojó la tercera diana. Apenas había espacio en el centro negro, pero pudo ingresar.

Alejandra encontró otro blanco: un poster del actor Robert Pattinson en su etapa más pálida. Arrojó el dardo, le dio en el ojo derecho. El segundo dardo, en el ojo izquierdo. El tercer dardo, en el corazón.

- Muerto.- dijo Alejandra con una sonrisa maliciosa.

Alejandra sacó su recién devuelto cuaderno de dibujos para hacerle un retrato a Robert Pattinson, con añadidos hostiles. Mejor dicho, le iba a quitar algunas cosas: como los ojos y el corazón.  Alejandra escuchó un golpeteo en la puerta y el olor del pollo a la brasa se hizo más intenso. Levantó la cabeza y vio con alegría como Sandra sostenía dos platos de un cuarto de pollo a la brasa cada uno.

Le entregó su plato a Alejandra y ella se sentó a su lado.

- ¿Y los tenedores?- preguntó Alejandra.

- Lo olvidé- Sandra pasó de la confusión a la aceptación en un segundo-. Espera aquí, que los traeré ahora mismo.

- Olvídalo. Solo comeré con las manos. Como decía mi padre: La mejor forma de disfrutar la comida es con la mano.

- Tu padre debe ser un genio.- dijo Sandra aliviada.

Ambas comieron en silencio. El pollo estaba delicioso y Alejandra lo había confirmado devorándolo sin piedad. Arrancaba trozos enormes, algunos casi tan grandes como su boca, y se los comía. En el caso de Sandra ella arrancaba los trozos de pollo y los separaba en su plato antes de empezar a comer.

Después de comer las dos se echaron en la cama con el estomago lleno. 

- Perdóname.

- ¿Qué?- preguntó Alejandra, quien trataba de quitarse un trocito de pollo de entre los dientes.

- Que me perdones por lo que te hice. Creo que te hice pasar un mal rato en el salón de clases. Lo siento.

Alejandra vio que Sandra estaba muy arrepentida. Se dio cuenta que no Valia la pena estar enojada con ella.  

- Olvídalo. Yo ya lo olvidé.

Lo más probable es que no se vaya a olvidar de esto hasta que se termine el año.

Lo más probable es que sus compañeros de clases le recuerden esta humillación por un buen tiempo.

Sandra se volvió a quedar callada. No estaba segura de que era lo siguiente que tenia que decir. No estaba acostumbrada a este tipo de conversaciones.

- ¿Entonces?- silencio funerario por unos larguísimos segundos-. ¿Somos amigas?

Alejandra respondió con rapidez a la pregunta.

- Claro. Seamos amigas.

Sandra le dio un abrazo estando echada. Alejandra la alejó de inmediato.

- Nada de abrazos, ni besos, ni cosas raras ¿Entendido? Ya tengo a una loca enamorada y obsesionada conmigo. No necesito a otra. Muchas gracias.

- Pero yo no estoy enamorada de ti.- le respondió Sandra con un tono muy ingenuo.

Alejandra suspiró.

- Solo no me abraces, ¿De acuerdo?

- Esta bien- Sandra se sentía más confiada-. ¿Qué es lo que valoras en una amiga? No tienes que responder si no quieres. Solo quiero saberlo para ver si no estoy haciendo mal las cosas.

Alejandra comenzó a reírse. Comenzó con una risita que podía ser opacada simplemente poniendo la mano en la boca; para que, en unos segundos, se convirtiera en una carcajada sonora.

- Solo sé tú misma. No tienes que hacer nada para complacerme o algo por el estilo. Si quieres una respuesta más concreta. Yo valoro mucho la honestidad. No me gusta que me mientan.  

Alejandra lo pensó. No hay ninguna persona en el mundo que le guste que le mientan.  

Sandra se rascó la barbilla para pensar y la cabeza porque la picaba.

-  Que bueno. Es que tengo algo muy importante que decirte y no sé por donde empezar.- confesó Sandra.

- Solo dilo- le dijo Alejandra despreocupada-. Si te guardas eso tan importante que tienes dentro te vas a enfermaras.

Sandra tomó aire y habló como si fuera una metralleta.

- Para comenzar mi verdadero nombre no es Sandra Martínez. Es Berry, si quieres puedes llamarme Sandra. No hay problema. No vengo de este mundo, vengo de otro llamado Desdemond y he venido aquí para encontrar a alguien que me ayude, un héroe para ser más exactos, a liberar a mis padres, que se encuentran capturados en la mansión de Mr. Altman. Justo la he encontrado el día de hoy, después de semanas de búsqueda. Tú. Tu eres el héroe que me dijo el sagrado pergamino que debía encontrar. Así que quiero llevarte a Desdemond conmigo para que me ayudes a combatir codo a codo contra el malvado Mr. Altman, ¿Qué me dices?

Sandra sonrió después de haberle contado todo. Se sentía más ligera, como si hubiera perdido una mochila repleta de piedras de la espalda.

- Tienes mucha razón Me siento más relajada. Muchas gracias por el consejo.

Alejandra continuaba echada en la cama, incapaz de levantarse. Sentía que tenia una mochila de piedras encima de su estómago. Se empezó a arrepentir de haber aceptado la invitación a almorzar. 

La quinta misión. Capitulo 8: El licantropo

 


Todas las chicas aplaudieron en un constante estado de júbilo. En ningún momento de sus vidas rutinarias se sentían felices, al menos no comparado como ahora; cuando le rinden tributo al licántropo.  

- Todas sabemos lo que vamos a hacer hoy, ¿Todas recibieron sus agendas?

Todas las chicas sacaron sus agendas de sus túnicas blancas.

- Bien. Primero haremos el sacrificio o recibiremos a un nuevo miembro a nuestro equipo. Eso depende de nuestro querido lobo. Si es lo segundo, siempre tenemos sacrificios para rato. ¿No es así, Rita?

Rita asintió. Estaba embarazada y estaba dispuesta a sacrificar a su hijo no nato con tal de satisfaces al lobo.

- Estupendo. El licántropo estará contento con tu sacrificio. Y recuerden no piensen en los sacrificios, piensen en las recompensas. Cuando las recibamos se darán cuenta que todo habrá valido de la pena.

Rita asintió con más vigor. Tenía lágrimas en los ojos. Lo que sea por el licántropo.

- Si la chica llegara a formar parte de nuestro grupo tendremos que seguir con el protocolo. ¿Doctora Carmen, trajo la indumentaria?

La doctora Emily Carmen era una veterinaria. Levantó una maleta. En ella había diferentes tipos de vacunas y venenos antipulgas. Pero no solo había medicamentos de su profesión, también llevaba consigo un libro que decía: “Hipnosis para Dummies”.

- Excelente. Como ustedes sabrán, chicas. Después de la iniciación sigue la diversión. Shelly, ¿Trajiste lo necesario para la orgia?

- SI, señora.- Shelly trabajaba como voluntaria en un albergue de animales. Era una abogada especializada en divorcios por infidelidad.

- Daremos por finalizada nuestra reunión con la sesión de películas. Ustedes mismas votaron entre Wolfen, Aullidos y Un Hombre lobo americano en Londres. Y tenemos un ganador indiscutible, con más del 80% de los votos a su favor. Hoy vamos a ver Un hombre lobo americano en Londres.

Todas aplaudieron de alegría, salvo por una que estaba en el fondo.

- Yo quería ver Aullidos.- dijo con pena y decepción.

- Para otra vez será, cariño- dijo la anciana solo para calmarla-. Ya no hay nada más que agregar. Que comience la ceremonia.

Todas las chicas se pusieron a aullar en honor al lobo blanco. Casi todas las chicas estaban felices, salvo por dos. Ambas retiraron las sabanas de la jaula. Los aullidos aumentaron ante la presencia de la criatura. Un enorme lobo blanco estaba de pie dentro de la jaula, como si estuviera esperando a que se retiraran las sabanas. El lobo blanco tenía las patas traseras más gruesas que las delanteras, y era mucho más grande que cualquier lobo blanco que uno encontraría en Google imágenes.

Tenía unos ojos amarilloso viciosos que causarían pánico a cualquiera que lo mirase por unos segundos. Un par de colmillos se dejaban ver en su boca semiabierta. Las luces de dos internas hicieron que el animal se ponga a rugir y aullar. Le faltaba un ojo y tenía un gran corte en diagonal en donde debería estar su ojo derecho.

El lobo blanco tenía un grillete de metal en su cuello.

La jaula se abrió y el animal salía con pasos curiosos, pero limitados. Ambas chicas (Carla y Agustina) eran las más fuertes del grupo. Jalaban las cadenas con todas sus fuerzas. El resto de las chicas se alejaron del lobo a una distancia prudencia, rompiendo el circulo momentáneamente para dejar pasar a la bestia.

El sacrificio estaba frente a él.

Agatha estaba parada en medio del círculo de mujeres. Sus muñecas estaban atadas de tal forma que sus manos formaban un puño gigante. Su tobillo derecho estaba atado a una gran roca. Huir era imposible. De todas maneras, Agatha no podría dar más de dos pasos coherentes sin caerse de cara al suelo y masticar tierra. Los efectos de la droga que le había dado María aún se mantenían en su sistema.

Agatha se frotó los ojos con su puño lo máximo que pudo. Eran los ojos que aparecerían en un anuncio de propaganda para evitar el consumo de drogas. Agatha veía a un perrito blanco en 144p de resolución. Sonrió ante la presencia del canino. Se puso a silbar para llamarlo. Agatha siempre había amado a los perros. Le hubiera gustado tener uno en su apartamento, pero el tener una vivienda tan pequeña y un compañero alérgico hacían que la tenencia de una mascota canina fuera imposible.

Problemas de compartir la habitación con alguien más.

El lobo blanco se acercó a Agatha. Ella se rio al sentir la humedad de su hocico chocando con sus brazos. El lobo blanco la olfateo por unos segundos.

El círculo de chicas se había vuelto a formar.

-          Vean chicas- explicó la anciana- como el licántropo está a punto de dar su veredicto. En unos segundos sabremos si será una de los nuestros o un delicioso bocado para el lobo. ¿Tienen la carne?

Una de las chicas levantó una bolsa de papel, con un fondo mojado.

El animal dejó de olisquear el cuerpo de Agatha. Abrió la boca para mostrarle una gama de dientes mortíferos y un aliento espantoso (un problema imposible de resolver, algunas chicas intentaron lavarle los dientes). Agatha todavía conversaba una expresión ingenua ante la presencia del animal. Dentro de su cabeza el animal era más pequeño, adorable y doméstico. Levantó el puño con la intención de acariciarlo, pero el lobo actuó primero. Le dio un fuerte mordisco en el cuello matándola de inmediato.

Agatha cayó de espaldas al suelo, esbozando media sonrisa

El lobo blanco comenzó a devorar el resto de su cuerpo.

- El licántropo ha tomado su decisión.

Ninguna reaccionó, no quería interrumpir al licántropo mientras come, eso sería descortés. El lobo blanco abrió el vientre de Agatha con los dientes desparramando el suelo con sus vísceras. Le mordió un brazo. Le mordió el otro brazo. Le mordió la pierna derecha. La izquierda. No se decidía.

Se comió parte del cuerpo de Agatha. Estaba satisfecho. Todas las chicas vieron el grotesco espectáculo con una emoción contenida. Una vez el lobo blanco este de regreso en su jaula, durmiendo gracias a las drogas, las chicas celebrarían, gritarían y aplaudirían. El ritual había sido un éxito y el lobo había recibido su ofrenda.

-          ¿Tienen la carne?- preguntó la anciana.

El lobo escuchó la palabra “carne”, tenía la suficiente inteligencia como para saber que significaba en este contexto. Miraba con odio a las mujeres: lo capturaron, torturaron y llenaron de todo de drogas que lo mantenían cansado y aletargado. Cualquier comida que le daban le provocaba sueño.

Esperaba el momento de escapar y poder vengarse.

El escape comenzó con un estornudo. Una pequeña ráfaga de viento apareció, acompañada de un poco de polvo. No fue ningún problema para las chicas, estaban bien abrigadas. Salvo por Carla, quien era alérgica al polvo. Comenzó con un estornudo y le siguieron otros diez más. Sin querer soltó la cadena.

El licántropo se dio cuenta. Agarró la cadena y jaló con todas sus fuerzas haciendo que Agustina perdiera el equilibrio, cayera y también soltara la cadena. Estaba libre y no iba a desaprovechar esta oportunidad. Se lanzó encima de la anciana, la lideresa del grupo. Para ser la lideresa nadie se atrevió a defenderla. Su boca era tan grande que la cabeza de la anciana cupo en ella fácilmente. Le arrancó la cabeza de un mordisco. El cuerpo cayó al suelo como si le hubieran arrancado la batería de golpe.

 El lobo arrojó la cabeza hacia el otro lado; donde estaba paradas algunas mujeres, congeladas por el miedo.

El lobo aulló con fuerza. Las chicas lo interpretaron como un: “En sus marcas, listos, FUERA”. Todas corrieron en diferentes direcciones. El lobo persiguió a las que estaban más cerca. Tenía en su mente matar a la mayor cantidad de mujeres que podía. Era mucho más rápido que ellas.

A una le dio un fuerte arañazo en la espalda.

La cacería había comenzado. Las que poseían un vehículo, que eran pocas, se subieron a sus respectivos autos y dejaron subir a las que podían. Arrancaron. Algunas consiguieron llegar a la carretera; otras aprendieron que el miedo no era un buen acompañante a la hora de conducir y chocaron con el primer árbol y vehículo que tuvieron al frente.

Julia revisaba su bolso, repleto, desesperada. Estaba buscando sus llaves. Dejó de hacerlo cuando se dio cuenta, con horror, que las llaves se encontraban dentro del auto. Al intentar abrir la puerta una poderosa alarma, recién instalada sonó. Esta llamó la atención del lobo que se lanzó encima de ella.

María estaba en el suelo. Su mano presionaba su cuello con la intención de detener la salida de la sangre. El licántropo le había dejado su firma en el cuello con sus poderosas garras. Levantó la cabeza y vio el cadáver de Agatha.

 “Cadáver”

Se quedó asombrada al ver como movía los pies.

A pesar de que algunas consiguieron huir el licántropo se cobró a un generoso número de víctimas. Era mucho más rápido, fuerte y despiadado que cualquiera de las chicas. Los cuerpos estaban esparcidos en el suelo, había matado a casi todas las chicas.

Rita, la embarazada, se había escondido dentro de su camioneta, en compañía de unos perros. Tenía la puerta cerrada. Buscaba las llaves, pero estas se habían caído después de todo este pandemonio. Estaba atrapada.

Pero podía defenderse.

Buscó entre sus herramientas y se topó con una vieja navaja. Abrazó a uno de sus perros y este le devolvió el saludo con una lamida en la cara.

- Lo siento amiguito.- le dijo al animalito y lo dejó salir.

El perrito caminaba por territorio desconocido, mirando por todas partes y guiándose por el olor. El olor era una mala guía, solo se encontraba con un olor a muerte. Un fuerte olor a sangre se le acercaba a suma velocidad. Antes de que tuviera tiempo de voltear, mucho menos huir, el perrito ya se encontraba dentro de las fauces del licántropo.

Rita vio por la ventana como el lobo se devoraba al perrito. Escuchaba como los dientes de la bestia masticaban la carne del perrito y pulverizaba sus huesos. Ella abrió la puerta de la caravana suavemente. Se acercó al animal con lentitud con la intención de apuñalarlo cuantas veces sea posible.

Solo lo apuñaló una vez.

Enterró el cuchillo en la espalda de la bestia. El licántropo aulló de dolor, algunos restos del perrito se cayeron de su boca. El lobo se puso de pie, su sombra cubrió por completo a una encogida Rita. El mango del cuchillo se sostenía en su espalda, Rita había usado todas sus fuerzas en esa puñalada. El licántropo sacó el cuchillo de su espalda y miró con ojos furiosos a Rita.

El lobo era mucho más fuerte que ella. La decapitó con el mismo cuchillo, para él fue como cortar un trozo de mantequilla ligeramente duro. Solo tenia que ponerle un poco de maña. La mujer embarazada se desplomó en el suelo. El licántropo vio el monumental vientre. Lo primero que pasó por su cabeza fue: Estupendo. Más comida.  

Varias chicas murieron ese día. Algunas consiguieron escapar, pero el licántropo se dio por satisfecho. Era libre. Vio el cadáver de Agatha, ella movía los pies como si estuviera escuchando una canción que le gustaba. Tenia arañazos y mordeduras en todo su cuerpo. Su estomago estaba abierto y sus entrañas, fuera.

El licántropo se acercó al cuerpo de Agatha. Lamio su rostro y se fue. Desapareció en los bosques.

Agatha abrió los ojos dos horas después. Sus entrañas habían regresado al interior de su cuerpo. La herida estaba casi cerrada, salvo por una marca roja bajo el vientre. Le costó mucho levantarse, no sentía dolor alguno. Debería sentirlo y mucho. Su cuerpo seguía estando destrozado, varias partes estaban al rojo vivo y otras tenían el hueso al descubierto.

Ella vio los cadáveres. Levantó las manos. Tenia ocho dedos, dos en construcción. Le faltaban como veinte dedos para contarlos con la mano. Bostezó y caminó por un camino de muerte. Sin querer pisó la mano de María. No escuchó ninguna queja, pero bastó para alertarla.

- Lo siento.- dijo Agatha.

Se puso de cuclillas y le tomó la mano lastimada.

- Buena reunión. Me divertí mucho.

Se alejó del lugar. Sus heridas se fueron cerrando hasta que no pudieran considerarse como “heridas”. Caminó un poco. Estaba desnuda y no se había dado cuenta hasta que sus nervios se pusieron a trabajar. Un ventarrón le puso la piel de gallina. Ella lo sintió como un latigazo en la espalda. Agatha llegó a una casita que tenía algo de ropa tendida. Sacó unos pantalones y una camisa a cuadros.

Con la ropa nueva fue a la carretera más cercana y esperó al primer vehículo que pase por ahí. Agatha se movía en piloto automático, como si estuviera programada para sobrevivir. La recogió un auto verde. El viaje fue corto. Agatha no lo notó porque se había quedado dormida al instante. El auto se detuvo cerca del edificio de apartamentos. Agatha le dio las gracias al conductor.

-          No fue nada.- respondió este.

Lo primero que hizo al llegar a su apartamento fue abrir la puerta, o mejor dicho pedirle al encargado que la abriera por ella. Lo segundo fue desmayarse dentro de la vivienda. Se quedó dormida al instante.

Agatha abrió los ojos y pegó semejante grito que hizo que Anthony perdiera el equilibrio del auto. Ambos sintieron como el auto ascendía unos milímetros del suelo. Anthony frenó con brusquedad. Estaba pálido.

- ¿Qué pasó?- preguntó Agatha sin percatarse que casi todo había sido su culpa.

- Esa pregunta debería hacértela yo. ¿Qué diablos te pasó? ¿Por qué gritaste de esa manera?

- Tuve una horrible pesadilla, Anthony.- dijo Agatha con una voz temblorosa.

- ¿Tienes idea de lo que acabas de ocasionar?- le preguntó Anthony.

Agatha levantó los hombros.

- Como te decía, ¿Recuerdas cuando…?

- Acabo de atropellar algo.- dijo un Anthony cada vez más desesperado. 

domingo, 18 de julio de 2021

El mordaz cadaver de Armando Joy. Capitulo 1

 


El escritor de terror Hammer Galbright (seudónimo de Alejandro Joy) fue encontrado muerto en su casa de playa ubicada en Asia. El autor de “El laberinto del terror”, “El despertar de la bestia”, “Monstruosa abominación”, entre otros fue asesinado. La policía lo encontró bocabajo con el estomago abierto y los intestinos rodeando su rostro desfigurado. La policía sospecha que el asesino es un fan acérrimo del prolífico escritor. Ya que su muerte es igual a la de Alejandro Martínez, el fotógrafo que muere en las primeras páginas de “El laberinto del terror”. La policía continua con las investigaciones.

Alejandro estaba echado en el asiento trasero de un auto blanco y sucio. El auto estaba en medio de la nada, al lado de un gigantesco poste de luz. Estaban en una carretera que parecía ir al infinito, a ese lugar Alejandro se dirigía. Alejandro había manejado mas de doce horas sin descanso. Su cuerpo no podía más. Cerró los ojos unos segundos y casi se choca con un camión. No encontró ningún hospedaje así que decidió tomar una siesta en su auto.

 “Solo serán unas horas”, se dijo. Alejandro durmió tranquilo pensando en que su huida había sido exitosa y que estaba a salvo. Se encontraba en medio de la nada. Nadie podía hacerle daño.

Eso creía.

Una persona estaba colgada debajo de su auto, viajando de polizón sin que el conductor se diera cuenta. Cortó los cables y se dejó llevar por la gravedad. Se golpeó la espalda. Dio un par de vueltas para salir del auto. No sentía los brazos ni las piernas. Era un tronco humano. La persona estuvo echada en medio de la pista durante media hora esperando a que el entumecimiento de sus extremidades desaparezca.

Rezaba para que ningún auto pase y la convierta en un tubo de pasta de dientes aplastada. Apenas recuperó la movilidad se puso de pie y caminó hacia el auto. Acercó la cara por la ventana para ver a Alejandro, quien dormía sin molestar a nadie.

Molestaba a la persona.

La persona usaba un pantalón negro, una chompa negra y un pasamontaña negro. Era una sombra. Pensó en romper la luna con una piedra cuando notó que esta estaba semiabierta. Uno de los varios defectos del auto, junto con el motor ruidoso y el exceso de humo que expulsaba el tubo de escape (eso ultimo lo sufrió la persona en carne propia). Metió la mano por la ventana y el quitó el seguro a la puerta. La abrió. Sacó un cuchillo y se introdujo dentro del auto.

Los asientos traseros eran demasiado pequeños para los dos.

Alejandro sentía una presión innecesaria en las piernas. Le incomodaba. Abrió los ojos y se encontró con unos ojos oscuros y una lengua humedeciendo unos labios sonrientes. La sombra tenia un cuchillo en la mano. Le persona intentó atacar a Alejandro, pero este consiguió evitar el ataque agarrando ambas manos. La empujó hacia atrás. La persona no dejaba de amenazarlo.

- Voy a matarte, me bañaré en tu sangre, devoraré tu carne y le daré de comer tus tripas a mi perro. Destruiré todo lo que amas, te arrancaré los ojos con los dientes, me orinaré en tu cadáver agusanado…- Alejandro me mostró un arma- te dejaré en paz, no te haré daño, me iré a ver si ya puso…

- Cállate.- le ordenó Alejandro.

­- No sabía que tenías un arma.

La persona comenzó a reírse. Su era macabra, propia de alguien que amenazaba a otra persona con darle de comer sus tripas a su perro.

­- Yo también tengo un arma. Lo olvidé.

La persona comenzó a revisar los bolsillos de sus pantalones. No había ningún arma. El pasamontaña se estaba humedeciendo por el sudor.

- No tengo ningún arma- levantó las manos y soltó el cuchillo-. Creo que estoy a tu merced.

- Quítate la máscara, quiero ver a la persona a la que voy a matar.

La persona se quitó la máscara. Era una chica con cabello corto negro, de mirada penetrante y una nariz aplastada. Alguien se la había roto de un golpe hace poco tiempo. Sus labios expresaban una eterna expresión de desagrado.

- No sé quién eres y no me interesa- Alejandro bostezó-. No me gusta que me despierten a mitad de la noche, en especial cuando no he dormido nada en 24 horas.

La chica estaba pensando en un plan.

- Sube al auto y conduce. Solo sigue de frente. Vas a ser mi rehén desde ahora.

La chica obedeció. El auto avanzó lentamente. Sintió una presión en la cabeza. Era el cañón de la pistola. Solo tenia una capa de hueso que protegía su cerebro de unas balas tan rápidas que apenas podía verlas.

- Intenta algo chistoso y te mato.

Alejandro odiaba a la chica, había interrumpido ese sueño que tanto necesitaba. Pensó en matarla y continuar durmiendo.

¿Dormir al lado de un cadáver?

No podía hacer eso. El olor sería insoportable. Obligar a la chica a manejar era una pésima idea. Ahora tenia que vigilarla, lo que significaba que debía mantenerse despierto.

La chica se puso a cantar una canción. Su voz había sufrido una metamorfosis, cuando lo amenazaba su voz era una tortura para los oídos, pero al cantar su voz se convertía en una belleza que lo relajaba.

- ¿Qué estás haciendo?

- Estoy cantando, ¿Te gusta?

- Cállate. Solo conduce.

- Siempre canto cuando conduzco- era una vil mentira-. Si no lo hago me pongo nerviosa y no te gustaría verme nerviosa mientras conduzco.

La chica soltó el volante y el auto se puso a patinar por el mismo carril. Alejandro abrazó su arma como si fuera un amuleto de la buena suerte. Estuvieron a punto de choca con una tumba de una persona desconocida, había varias en ambos lados de la carretera. La chica giró el volante con precisión regresando al auto a la carretera.

- ¿Qué diablos pasa contigo?- gritó furioso.

- Ya te lo dije, si no canto nos vamos a la mierda. ¿Puedo cantar?

Alejandro no respondió, solo se acomodó en el asiento trasero. La chica continuó con su canto. Era una canción de cuna que su abuela le cantaba todas las noches antes de dormir. Con su canto era suficiente para mandarla a dormir ocho horas diarias. Cuando su abuela murió de un paro cardiaco (muchos picarones con miel) la chica no pudo dormir mas de cuatro horas seguidas.

La presión en su cabeza desapareció. Escuchó el sonido del arma cayendo al suelo. La chica sonrió con malicia, se agachó y recogió la pistola. La chica siguió manejando. Tomó otro carril.

Alejandro estaba soñando que estaba en una playa soleada hasta que vino un tsunami y lo destrozó todo. Alejandro pudo sobrevivir, solo para ver que otra ola gigante se le venia encima. Alejandro sintió el agua golpeando su cara. Despertó viendo una escena familia: el cañón de su arma apuntando, esta vez en su cara. La chica sonrió, tenia unos dientes de conejo. Estaba comiendo una hamburguesa con mucho kétchup. Tenia la boca tan roja que daba la impresión que en lugar de comerse una hamburguesa le hubiera dado un mordisco a una vaca viva.

Alejandro se quedó quieto y callado al ver la pistola balanceándose en los dedos de la chica.

- He decidido tomar un desvío. Tu quieres salir del país y yo no quiero salir del país, simple- la chica le dio otro mordisco a su hamburguesa, no había comido nada en un día. A sus ojos esa hamburguesa venia del cielo y no de un restaurante barato con carne cuestionable-. Tú y yo vamos a ir a un funeral.

 Por un segundo Alejandro pensó: “Tú y yo iremos juntos a un funeral: al tuyo. BANG”

La chica terminó su hamburguesa y arrojó la envoltura por la carretera. Los postes de luz eran pilares que alumbraba su camino a su perdición, y la chica era la mensajera que llevaría a Alejandro al infierno.

- Te pareces mucho a él.- comentó la chica. Esas cinco palabras bastaron para que Alejandro regresara a la realidad, prefería sus fantasías infernales.

- ¿De que estas hablando?

- A Hammer Galbright, el autor de horror. El que murió.

- Soy su hijo.- confesó Alejandro.

- Eso ya lo sé.- le dijo la chica haciendo que Alejandro levante la cabeza del asiento-. También sé que fuiste tu el que lo mató.

¿Cómo pudo suceder?

Alejandro se aseguró de que el crimen fuera seguro, que nadie pudiera verlo hasta que se fuera del país. Alejandro lo recordaba todo. Una astilla se le incrustó en su nudillo cuando tocó la puerta de madera de la casa de playa de su padre. Este le recibió con desdén, muy habitual de su parte.

Sin saludarle le preguntó:

- ¿Cuánto quieres?

Alejandro lo miró con odio.

- No me mires así. Habla rápido, ¿Cuánto quieres?

Alejandro no respondió.

- Tengo mucho trabajo. Si has venido para hacerme perder el tiempo entonces lárgate.

Antes de cerrarle la puerta en la cara susurró:

- ¿Cómo pude fallar dos veces como padre?

Alejandro se convenció con esas palabras. Su padre debía morir. Le mostró una pistola, eso bastó para que lo dejara entrar. Hammer se resbaló con su propia alfombra lastimándose la espalda. Los dos escucharon el crujir de sus vertebras. Alejandro sacó una jeringa. Intentaba mantener una carencia de expresión, pero una sonrisa despiadada se le escapaba. Le inyectó el liquido transparente en la pierna a su padre.

Hammer Galbright se quedó dormido en un sueño muy profundo. La fecha limite era en dos semanas y le faltaban 100 paginas por escribir.

Hammer despertó, le pesaban los ojos y le dolía la cabeza. No tenia idea de cuanto tiempo estuvo durmiendo. Pudieron ser minutos o horas. Se dio cuenta con horror donde estaba. Hammer Galbright estaba colgado bocabajo como un jamón, amarrado de los tobillos con unas gruesas cuerdas. El sótano se veía muy diferente cuando lo miraba de cabeza.

Su hijo estaba sentado en una silla vieja con un cuchillo en la mano. Era un cuchillo de cocina con escarchas de colores en la misma. Era muy parecido al cuchillo que usó el asesino de la novela “El laberinto del terror”. La máscara también era la misma.

- ¿Recuerdas esto papá?

- Desgraciado. Bájame de aquí.

- Así murió uno de tus personajes- dijo Alejandro con un odio ardiente. Le dolía la garganta de solo hablar-. ¿Cómo se llamaba tu personaje? Ya me acordé. Se llamaba Alejandro. Como tu hijo. ¿Cómo crees que…?

- Si te vas a poner a llorar porque le puse tu nombre a uno de mis personajes ve al cementerio. La tumba de tu madre debe estar por ahí. Si tanto quieres matarme hazlo de una vez. No me cuentes tus estupideces porque no me interesan.

­- Eres mi padre, mis estupideces deberían interesarte.

- No soy tu padre, maldito bastardo…

El cuchillo cortó las palabras de su padre. Alejandro cortó el cuchillo de su padre. La sangre bañó su cara. Hammer Galbright intentó hablar, pero cada intento solo llenaba sus pulmones de sangre. El padre de Alejandro murió quince segundos después de que su hijo dibujara una línea en su garganta.

Alejandro hizo distintos cortes en su cara. Le abrió el estomago y retiró los intestinos de su viejo. Con sus tripas amarró el cuello de su padre como si fuera una grotesca chalina.

Se dio una ducha, puso su ropa en una bolsa de basura y se cambió poniéndose algo de la ropa de su padre. Salió de la casa de playa mucho más contento, se había quitado un peso de encima.

Ahora tenía que hacer un gran viaje.

- ¿Cómo lo sabes?- le preguntó Alejandro con la boca reseca. La chica le pasó una botella de agua. Alejandro tomó un gran trago.

- Yo estuve ahí.- le contesto la chica.